| |
Tecnología y solidaridad para el desarrollo humano
Hasta el momento no hemos tomadolas decisiones y acciones coherentes que posibiliten edificar un país capaz de generar oportunidades para todos
Magela Cabrera Arias
El 10 de julio de 2001, el administrador del Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD), Mark Malloch Brown, presentó en México y por primera vez desde un país latinoamericano, el Informe sobre Desarrollo Humano 2001, cuyo tema es “Poner el adelanto tecnológico al servicio del desarrollo humano”. Al igual que cada uno de los informes anuales anteriores, publicados desde el año 1990, el documento se dirige a encontrar nuevas y eficientes estrategias de desarrollo en beneficio de los pobres. En pocas palabras, analiza la forma de alcanzar el desarrollo humano, entendido este como el crecimiento de las capacidades esenciales de las personas: vida prolongada y saludable, acceso a educación y a recursos económicos suficientes para disfrutar de una vida digna, así como la obtención de otras capacidades, como ejercer las libertades públicas y sociales, el respeto por los derechos humanos y la oportunidad de ser productivos y respetados.
El informe hace énfasis en que los adelantos tecnológicos, desde la biotecnología agrícola, las nuevas generaciones de medicamentos, hasta la educación a distancia, pueden y deben ser usados para potenciar a las personas, otorgándoles el control de la tecnología para ampliar las opciones en su vida diaria. El informe explora el impacto de las nuevas tecnologías, considerando la inquietud que muchos sienten frente al grave riesgo de que esas tecnologías incrementen la brecha de las desigualdades entre los más ricos y los más pobres y, consecuentemente, se conviertan en herramientas de exclusión y no de desarrollo.
El documento hace referencia a la Cumbre del Milenio de las Naciones Unidas, celebrada el pasado septiembre, en la cual se logró un acuerdo entre los líderes mundiales para ser alcanzado en el 2015, a través de la fijación de metas relativas al desarrollo humano y la reducción de la pobreza. Las metas de la cumbre señalaron como sectores prioritarios: crecimiento sostenido, para llevar los beneficios de la globalización a todos los países en desarrollo; creación de oportunidades para los jóvenes, a través de la educación y la igualdad de oportunidad para los niños y las niñas; promoción de la salud y lucha contra el VIH/sida; eliminación de los barrios de tugurios; solidaridad de los países ricos hacia los más pobres, abriendo sus mercados a los productos, proporcionando un alivio de la deuda y prestando asistencia para el desarrollo; y puentes digitales, maximizando el acceso de la gente a las nuevas redes de información.
En ese marco, el Informe de Desarrollo Humano 2001 advierte, que si bien hay evidencias de que los adelantos que se han logrado permiten pensar que tales metas son alcanzables, es la gestión y ejecución de nuevas políticas tecnológicas el instrumento idóneo para estimular el progreso de los países emergentes y la consecución de las metas señaladas.
Aunque para muchos pareciera evidente que la bondad de los adelantos tecnológicos es suficiente para alcanzar progreso, es clave percatarse de que tales adelantos solo ayudarán al desarrollo si van de la mano de políticas públicas novedosas que aseguren que la gente se puede apropiar de ellas para su beneficio. Para que ello sea posible debe entenderse que las inversiones en tecnología y en educación dan a las personas instrumentos eficaces para mejorar sustancialmente su calidad de vida; y modificar la errada concepción de que estas inversiones son un gasto, pues en realidad constituyen caudales valiosos para alcanzar crecimiento y desarrollo humano sostenible.
Vicente Fox, durante la ceremonia de lanzamiento del Informe, mencionó que: “la meta es que no haya rincón y escuela del país sin acceso a la red mundial de información y comunicaciones”.
Destacó, igualmente, los acuerdos firmados entre México y compañías farmacéuticas para obtener las últimas novedades en medicamentos, incluyendo tratamientos contra el VHI/sida, que asegurarán su accesibilidad a los más necesitados. Estas parecen ser algunas de las acciones prioritarias que deben ser emuladas por todos los gobiernos que estén comprometidos seriamente a ejecutar proyectos de combate a la pobreza y de impulso al desarrollo humano.
No nos cabe duda de que este informe, al igual que los anteriores, provocará productivas polémicas. En este caso, sobre cómo lograr que la tecnología ayude a determinar las políticas y la gestión de las instituciones nacionales e internacionales para asegurar que los adelantes tecnológicos sean usados en beneficio de los más pobres, evitando al mismo tiempo los riesgos que conlleva. Estimulará, además, los cada vez más acalorados debates sobre cómo contrarrestar las desigualdades que genera el mercado global y el sistema de vida consumista, manteniendo simultáneamente las ventajas que ofrece la nueva tecnología, al tiempo que se respeta la diversidad cultural.
Quisiera pensar que también en Panamá el informe convocará a la reflexión, y llevará a políticos, líderes, medios de comunicación y ciudadanos en general a sumarse a los esfuerzos por aliviar la situación en el país, caracterizada por un grado de desigualdad en la distribución de la riqueza que está entre los más altos del mundo y una pobreza alarmante que abarca al 42% de la población; situación que evidencia que el actual modelo de desarrollo no es sostenible. Debemos ser conscientes que estos bochornosos niveles de pobreza son inadmisibles en un país con los recursos que tiene Panamá, y que constituyen la fuente de la inestabilidad social que a todos nos agobia.
Desde el retorno de la democracia al país y la reversión del Canal y a las áreas revertidas se escucha a muchos afirmar que Panamá avanza en un nuevo ciclo de su historia. No obstante, hasta el momento no hemos tomado las decisiones y acciones coherentes que posibiliten edificar un país capaz de generar oportunidades para todos, a través de una convergencia entre sociedad y gobierno que nos permita crear un proyecto colectivo.
La complejidad de los retos nacionales: eficiencia y transparencia en la administración pública, erradicación de la corrupción, promoción de la participación ciudadana, desarrollo de una economía de mercado con equidad social y sostenibilidad ambiental, consolidación del sistema de salud integrado y mejoramiento de la seguridad social, reestructuración de un proyecto educativo nacional, acceso a vivienda digna, impulso a la equidad de género y étnica y recuperación del hábitat urbano, por mencionar solo los más graves, hacen imprescindible un consenso y compromiso nacional para enfrentarlos.
Ese proyecto colectivo, que debe plasmarse en acciones estratégicas, debe dirigirse a lograr eficiencia productiva y económica sin menoscabo de la justicia y equidad social. Al gobierno le compete dar coherencia a sus planes, priorizar acciones e incentivos para mejorar el bienestar y la equidad, promover la capacidad individual a través de la educación y la promoción de la investigación y la tecnología, y garantizar la transparencia y eficacia de las instituciones gubernamentales.
No obstante, no podemos olvidar la importancia de la acción ciudadana, puesto que en definitiva, somos las personas las que decidimos la sociedad que queremos, o como muchos dicen, el país que queremos. Solo si los ciudadanos incorporamos a nuestras acciones cotidianas el respeto a la justicia, la libertad, la equidad y la solidaridad, podremos exigir al gobierno que cumpla con lo que le compete, para así alcanzar mayores niveles de desarrollo humano para todos los panameños.
La autora es arquitecta
Además
en opinión
-
Tecnología y solidaridad para el desarrollo
humano: Magela Cabrera Arias
-
¿Qué nos pasa?: Eudoro Jaén Esquivel
- El
hombre: animal político o político animal: Jesús
Veleiro Carballeda
-
Influencias rentables: Carlos M. Arango
-
El ‘fenómeno Milingo’: Edilia Camargo
|
|