Panamá, 30 de julio de 2001
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¿Qué nos pasa?

Mientras el Gobierno desgasta sus energías en polémicas improductivas, el país se ahoga en una crisis económica seria

Eudoro Jaén Esquivel

Los resultados de la última encuesta de opinión son devastadores: más de las tres cuartas partes, casi el 80% de los panameños encuestados, consideran la gestión del actual gobierno como mala y pobre. En un sistema de gobierno parlamentario esto equivaldría a un voto de censura y forzaría un cambio de gobierno, no de la Presidencia, ya que en esos gobiernos, contrario a nuestro sistema presidencialista, la Presidencia representa a la Nación y no es jefe de gobierno.

Aquí, probablemente, las cosas seguirán como si nada hubiera pasado. No habrá cambios en la estructura gubernamental. Se buscarán mil y una excusas para demostrar que las encuestas están terciadas, o que son producto de intereses creados, etc., etc., etc. Hay que admitir que el gobierno ha demostrado mucho ingenio en manejar noticias como estas, que involucran cuestionamientos de su labor; como también lo ha hecho bien eludiendo respuestas a las múltiples denuncias de corrupción, nepotismo y amiguismo. Hasta ahora, la estrategia le ha funcionado bien. Juegan con el apetito por sensacionalismo y corta memoria que caracteriza a nuestra sociedad. Producen nuevas situaciones que hacen que vayan quedando atrás sin respuesta o solución los verdaderos temas críticos. Ejemplo vivo de esta estrategia es la polémica vigente entre el ministro de Gobierno y Justicia y el Procurador.

Mientras el Gobierno desgasta sus energías en polémicas improductivas, el país se ahoga en la crisis económica más seria que hemos sufrido los panameños desde los últimos años de la dictadura militar y lo que es peor, no se ve solución alguna ni a corto ni a mediano plazo. Los panameños hubiésemos preferido que esas energías y ese ingenio utilizado en crear cortinas de humo, fuera canalizado en producir propuestas y soluciones serias para sacarnos del atolladero económico en que nos encontramos.

No son menos evidentes los síntomas de deterioro social, corolario lógico de la crisis económica. Todos los días nos enteramos de nuevos actos de violencia física. Sucede lo inaudito: un asesinato público en un café de conocida presencia diaria de personalidades de nuestro medio político y casi en las narices del jefe del instituto que brinda protección personal a los más altos personajes del Estado. Una muestra irrefutable de falta de temor del elemento criminal, si no desprecio, a nuestras autoridades de orden público. Solo apenas meses atrás sucedieron actos de violencia pública que enfrentó a las fuerzas del orden público con obreros y que hizo recordar los días negros de la dictadura norieguista. El robo, la proliferación de las bandas juveniles, el consumo de drogas, la violencia estudiantil, el fenómeno de histeria colectiva conocido como “rabia de carretera” —cada día más evidente en nuestras calles y carreteras—, la deserción escolar, la erosión de las buenas costumbres, son apenas unos ejemplos del deterioro social que aludo, resultado, sin dudas, del creciente aumento de frustración y rabia que sufrimos diariamente los panameños ante la ausencia de un panorama promisorio.

Unamos lo anterior al deterioro de los servicios públicos (salud, educación, agua, transporte y otros servicios básicos) y tendremos que convenir que existe una condición social peligrosa, algo así como estar sentados en un barril de pólvora.

Es un verdadero panorama sombrío. Hay suficientes elementos de preocupación. Sin embargo, no veo ningún esfuerzo concertado de ninguno de nuestros más importantes actores sociales por lograr contrarrestar el grado de deterioro económico y social que nos está llevando hacia un despeñadero. Hay muchas declaraciones públicas. Hay muchos llamados a diálogo. Hay mucha alharaca, pero en realidad nada concreto. Me pregunto: ¿Qué nos sucede a los panameños? ¿Somos tan insensibles a la realidad? ¿Estamos esperando que los gringos una vez más nos saquen las castañas del fuego o algún milagro? ¿Seré yo el único que detecta este panorama sombrío, ausente de soluciones? ¿Qué nos pasa?

Es el momento oportuno para que la sociedad civil despierte de su letargo; que todos abandonemos nuestra cómoda posición de espectadores, promoviendo un verdadero movimiento de rescate nacional, ya que pareciera que los grupos políticos tradicionales no tienen la capacidad de asumir esta responsabilidad. El tan cacareado diálogo nacional, me atrevo a pronosticar, no llegará a un fin productivo. Es mucho pedirle milagros a la Iglesia. Esto, en mi concepto, es otra manera de rehuir responsabilidades.

El autor es ingeniero agrónomo

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