Descubriendo a Elena
Daniel Domínguez Z.
ddomingu@prensa.com
Era
uno de esos mediodías calurosos, tan normales en Panamá. Me sentía
abatido por la tristeza, pensé que el mundo se me caía a pedazos
y que no había forma de recomponerlo. Buscando algo de alivio
eché a caminar, y al poco tiempo de andar me encontré con una
librería. Entré al establecimiento con la intención de ojear algunos
títulos y tratar de resolver los problemas que abatían mis pensamientos.
Y así fue.
Al poco rato de mirar y mirar me encontró (me gusta pensar que
los libros deciden con quién se van a casa) una obra titulada
Gabby Brimmer. Se trataba de la historia verdadera de una valiente
chica paralítica y privada del habla que cuenta su vida con la
ayuda de la escritora Elena Poniatowska.
El deseo de seguir adelante de Gaby, cuando parecía que tenía
todas las posibilidades de no lograrlo, me conmovieron tanto que
me puse a llorar y aprendí que las adversidades no son invencibles,
y que la única forma de conquistar los sueños es ir tras ellos.
De aquello han pasado casi 10 años y nunca pensé conocer a esa
mujer que fue el contacto de Gaby con el resto de la humanidad.
El lunes pasado, en un mediodía caluroso, hermosa coincidencia,
tuve el honor de estar un par de horas con Elena Poniatowska.
No podía creerlo, viajaba en el mismo vehículo en el que iba la
autora de La noche de Tlatelolco (sobre la brutal represión contra
el movimiento estudiantil mexicano el 2 de octubre de 1968 en
la Plaza de las Tres Culturas). Desde el momento en que nos estrechamos
las manos hasta cuando nos despedimos con un beso en la mejilla,
confirmé que era como la había imaginado: sencilla, inquisidora,
sarcástica, amable y graciosa.
Vino a Panamá con la intención de tener cuatro breves encuentros
con sus lectores y presentarles La piel del cielo, que ganó este
marzo el premio Alfaguara de novela 2001.
Panamá formó parte de una gira que le ha permitido conocer buena
parte del continente americano (alrededor de 20 países), en los
que ha participado en homenajes, lecturas de su obra galardonada;
pero, sobre todo, a darle rostro a la gente que conoce su faceta
de narradora y periodista excepcional.
La piel del cielo es la historia de Lorenzo de Tena, nacido en
la década del 20, hijo de una madre soltera, que sin una preparación
académica formal se convierte con los años en una figura relevante
no solo de la astronomía mexicana sino también a nivel mundial.
El gusto por preguntar
En el coche, Poniatowska estaba atenta al paisaje que la rodeaba.
Como buena investigadora le interesaron los aspectos sociales
de nuestro país como el salario de los trabajadores o si había
corrupción policial, pero también le llamaba la atención el procedimiento
del Canal de Panamá, el recién inaugurado ferrocarril (su siguiente
novela será sobre el sindicalista ferroviario Demetrio Vallejo),
sobre el contraste climático entre estar en la calle a 32 grados
centígrados e ingresar a cualquier oficina pública o privada y
toparse con el Artico (añoraba la brisa fresca de su hogar en
Chimalistac, a las afueras del Distrito Federal), y faltaba más,
también averiguaba si podía conseguir un vestido de marca para
lucir en una de sus dos últimas paradas por razones de promoción
literaria: San Salvador y Madrid.
Después de esos encuentros impostergables volvería a ser libre,
ya no estaría como estrella de rock entre aeropuertos, hoteles
y actividades públicas (asistía a pocas cuando era una escritora
sin galardón a cuestas).
Ansiaba alejarse de los fotógrafos y perder su condición de atracción
para propios y extraños. Quería retomar su relación con sus tres
hijos (Emanuel, Felipe y Paula) y sus sietes nietos, que casi
no vean a la abuela desde que esta dama de 69 años de edad recibió
la llamada del escritor andaluz Antonio Muñoz Molina, presidente
del jurado que dio como vencedora a La piel del cielo, que le
informaba su triunfo por encima de más de 580 obras mandadas a
la competición.
Los 175 mil dólares del premio Alfaguara no se le han subido a
la cabeza. Cuenta que en México esta cantidad de dinero es importante,
para qué negarlo, pero que tampoco te resuelve todos los problemas
financieros, ya que el costo de la vida es muy alto, y puso como
ejemplo que en su país cuesta el triple de lo que se consigue
en Panamá una casa o un automóvil.
Uno de los certámenes en lengua castellana más importante no le
ha quitado el don de gente a “esa niña de Balthus”, a esa “Shirley
Temple sin hoyuelos”, a esa “Alicia en el País de los Testimonios”,
como la describió en una ocasión su compatriota Carlos Fuentes.
Le incomoda que la asocien con sus orígenes nobles (es descendiente
de María Leszczyinska, la segunda mujer de Luis XV de Francia).
“Sí yo no soy rica. Mira que tengo un carro de 1986 que es un
desastre y que de lo viejo no lo puedo vender”.
Poniatowska te conversa como si fueran viejos conocidos. A pesar
de estar cansada de dar tantas entrevistas en cada nuevo destino
al que llega, te recibe con una amabilidad que asombra; de seguro
porque sabe lo que es ser reportero y no fuente de información.
Pronto destaca lo lindo que es Panamá y lamenta que sus visitas
siempre sean tan cortas como esta (llegó en la tarde del domingo
pasado y partió el miércoles a las 2:00 p.m.).
Desde que era chiquita leyó emocionada los hechos que rodearon
los intentos de Ferdinand de Lesseps por construir un canal en
estas tierras. El tema le era muy cercano, ya que la creadora
de Tinísima nació en Francia y en el salón de clases escuchaba
de estas aventuras.
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