Panamá, 29 de julio de 2001
RESEÑA
RAICES
RECETAS
HOY EN LA RED
PORTADAS DEL DÍA
REPORTAJES ESPECIALES
DIRECTORIO DE
E-MAIL
TITULARES POR
E-MAIL
EDICIONES ANTERIORES
¿QUIENES SOMOS?
TRANSPORTE
EMPLEOS
SERVICIOS
ANUNCIOS VARIOS
BIENES RAICES
ALQUILER
VENTA
ARTÍCULOS VARIOS
FINANZAS
JUDICIALES

 

   
 

Liberación

Guillermo Sánchez Borbón

Esta crónica se publicó en La Prensa el 4 de setiembre de 1983. La reproduzco porque no ha perdido actualidad: Había (y hay todavía, pues se ha conservado hasta hoy como una severa advertencia a quienes toman literalmente los lemas totalitarios) en la entrada del campo de concentración de Dachau, situado en las afueras de Munich, un letrero que pregona el lema de ese infierno Arbeitmacht Frei, esto es, “El trabajo libera”, que debe de haber resultado tan ofensivo para los Schutzshafts y para los bifós, como las pateaduras que regularmente les propinaban los sádicos de la S.S., el trabajo forzado, el hambre crónica, las torturas, los asesinatos.

El sitio es hoy un museo. Al regreso de una excursión por uno de los parajes más bellos de la Tierra (la montañosa región que se prolonga y pierde en Austria), en uno de cuyos picos tenía Hitler su casa de campo, fuimos a visitar aquel monumento a la crueldad humana. Estaba lleno de estudiantes alemanes de secundaria, que habían ido por su cuenta a avergonzarse de las hazañas de sus seguramente cariñosos padres y abuelitos.

Tan pronto traspusimos la entrada, la puerta del infierno, cesaron las conversaciones. En silencio inspeccionamos las hileras de camarotes en que dormían y morían los prisioneros. Tocamos la lijosa tela de sus uniformes, examinamos con reverencia los objetos de artesanía que, con toscas e improvisadas herramientas, habían hecho nuestros hermanos desconocidos como una forma de conservar, a pesar de todo, su dignidad humana. Les arrebataron cuantos atributos nos diferencian de los animales, salvo la habilidad manual y la capacidad de crear belleza aun en medio del muladar físico y moral del campo de concentración.

Caía una llovizna de verano, tibia, insistente. De pronto sentí que el aire, impregnado por el aroma de las coníferas cercanas, se cargaba de voces, de reproches únicamente audibles para mí, que pronunciaban mi nombre en alemán como un grito de auxilio. Alguien me preguntaba dulcemente qué hacía yo mientras ellos entraban en el tramo final de su agonía. En vano traté de explicarles que entonces yo era un niño que vivía y jugaba en una isla del Caribe, a miles de kilómetros de distancia. Mis excusas caían en un vacío de incredulidad: Dios me había hecho guardián de mi hermano, de todos mis hermanos sin excepción, aun de los anónimos autores de aquellos tangibles testimonios del espíritu que sobrevive a todas las humillaciones. La guía con la —para mí— estupefaciente perspicacia femenina, me tomó por el brazo y me sacó del laberinto.

A continuación nos encaminamos a la galería de fotos de los reclusos, ordenadas cronológicamente desde el momento de su arresto, con un desproporcionado despliegue de fuerza y de brutalidad, hasta que la consunción y los sufrimientos los habían reducido a siluetas. Lo único visible eran los ojos, que nos seguían a todas partes, vigilando cada uno de nuestros ademanes y gestos, por si nos disponíamos a golpearlos. Y en ninguna foto, ni en un sola, vi a nadie sonriendo. Este, que es otro de los rasgos tipificadores de nuestra especie, se había borrado de los rostros de mis hermanos encerrados en Dachau.

“El trabajo libera”'. En los países comunistas los campos de concentración han sido bautizados con nombres igualmente pomposos, igualmente hipócritas: “fincas de rehabilitación”, “campos de reeducación”. Y en los unos y en los otros menudean las palizas persuasivas, el trabajo forzado que ``libera”. Pero, en los unos y en los otros, el invencible espíritu humano derrota a los criminales construyendo furtivamente taburetes, componiendo poemas o canciones, himnos a la vida: terribles testimonios acusadores contra quienes pretenden rebajarnos a su nivel de subhombres.

Hace tiempo ya que se pudrieron las sogas con que colgaron a los verdugos del campo. Pero los taburetes, las vasijas de madera o de barro, labrados por las manos de los reclusos, se alinean intactos en las barracas de Dachau. Victoria póstuma, que cerró con una nota de optimismo la experiencia más sombría de mi vida.


Además en opinión

  • De acuerdo con artículo: Edgar Tejada
  • Liberación: Guillermo Sánchez Borbón
  • A mí me trae la botella: Lourdes de Obaldía
  • Una decisión acertada: Alvaro González Clare
  • Por cierto...: Betty Brannan Jaén
  •  
    .