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Los antiguos griegos creían que la política evolucionaba
en forma de ciclos y que la democracia y la autocracia
eran estaciones que iban y venían con una fuerza inevitable
que la voluntad de los hombres no podía controlar. La
dictadura militar peruana, que se inició en el mismo mes
y año que la panameña, terminó en 1980 cuando los civiles
retornaron al poder por vía del sufragio popular. En medio
de una inmensa crisis social -y mucha efervescencia política-
Alan García asumió la máxima magistratura del país andino
en 1985 acompañado por la esperanza de muchos, pero la
corrupción rampante devoró su quinquenio. Alberto Fujimori
-que le siguió- prometió poner orden y acabar con la guerrilla,
lo que consiguió al preció de violaciones de los derechos
humanos, atentados contra la libertad de prensa y la consolidación
de poderes nocivos que crecen a la sombra del Estado.
27 millones de peruanos buscan ahora reverdecer los laureles
de su democracia, tras el desmoronamiento del régimen
fujimorista que duró diez años y el inobjetable triunfo
de Alejandro Toledo. ¿Es este el comienzo de un nuevo
ciclo de esperanza, frustración y arrepentimiento? Para
que Toledo rompa con la ruta viciada de la política, se
requerirá de la determinación de toda una nación y la
claridad visionaria de sus dirigentes.
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