Panamá, 29 de julio de 2001
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Los antiguos griegos creían que la política evolucionaba en forma de ciclos y que la democracia y la autocracia eran estaciones que iban y venían con una fuerza inevitable que la voluntad de los hombres no podía controlar. La dictadura militar peruana, que se inició en el mismo mes y año que la panameña, terminó en 1980 cuando los civiles retornaron al poder por vía del sufragio popular. En medio de una inmensa crisis social -y mucha efervescencia política- Alan García asumió la máxima magistratura del país andino en 1985 acompañado por la esperanza de muchos, pero la corrupción rampante devoró su quinquenio. Alberto Fujimori -que le siguió- prometió poner orden y acabar con la guerrilla, lo que consiguió al preció de violaciones de los derechos humanos, atentados contra la libertad de prensa y la consolidación de poderes nocivos que crecen a la sombra del Estado. 27 millones de peruanos buscan ahora reverdecer los laureles de su democracia, tras el desmoronamiento del régimen fujimorista que duró diez años y el inobjetable triunfo de Alejandro Toledo. ¿Es este el comienzo de un nuevo ciclo de esperanza, frustración y arrepentimiento? Para que Toledo rompa con la ruta viciada de la política, se requerirá de la determinación de toda una nación y la claridad visionaria de sus dirigentes.

 
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