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La UNESCO fue creada con nobles propósitos, como
un organismo dedicado a la difusión de la educación, la
ciencia y la cultura, pero no siempre ha estado a la altura
de los propósitos que la inspiraron. Durante las décadas
setenta y ochenta del Siglo XX, la UNESCO cambió de agenda,
particularmente en lo relativo a los medios de comunicación
social. Comenzó a proclamar la supuesta necesidad de un
nuevo orden informativo, lo que poco después se convirtió
en una verdadera campaña sobre sandeces tales como la
soberanía sobre la información, la colegiatura obligatoria
para los periodistas, el régimen de idoneidades para ejercer
el derecho a obtener y difundir informaciones, y muchas
otras restricciones que afectaron a los medios de comunicación
social en lo que se suele denominar el tercer mundo. Por
supuesto, muchos gobiernos, especialmente las dictaduras
de todos los signos políticos, acogieron con entusiasmo
la idea de convertir en leyes los consejos de la UNESCO.
Así ocurrió en Panamá, y por desgracia todavía sobreviven
resabios de aquellos tiempos. Por eso son refrescantes
las declaraciones del representante de la UNESCO, en las
que censura la confidencialidad con la que el MEF y la
Contraloría pretenden ocultar la información pública a
la que todos tenemos derecho.
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