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La fresa
Ana Alfaro
Especial para La Prensa
revista@prensa.com
Nosotros
la elegimos como símbolo de nuestra separata gastronómica sobre
las tierras altas de Chiriquí (La Prensa, miércoles 11 de julio
de 2001), pero es mucho más que eso: bien puede ser la fruta más
internacional del mundo, ya que la fresa, como la conocemos nosotros,
es un híbrido de varios continentes. Las fresas silvestres son
autóctonas del nuevo y el viejo mundo por igual.
El género Fragaria, al que pertenece la fresa, se refiere a la
fragancia (fraga, en latín) de la fruta, la que originalmente
crecía silvestre en Europa. La fresa que conocemos nosotros, hoy
en día, es un cruce entre la baya pequeña, originaria de las zonas
más cálidas de Europa y Asia, la Fragaria vesca, y dos especies
oriundas del continente americano: la Fragaria chiloensis, que
aunque lleva el nombre de Chile, crece a lo largo de todo el litoral
del Pacífico, de Norte a Sur América y la Fragaria virginiana
o fresa escarlata, que proviene de Virginia, Estados Unidos.
La historia (occidental) de la fresa se remonta a los romanos
y tal vez los griegos, pero ya que no fue hasta el descubrimiento
de América y la evolución del híbrido moderno, no tenemos muchas
referencias históricas de ella: de los cuatro romanos que escribían
sobre la agricultura, Cato, Varro, Columela y Paladio, ninguno
la cita. Aunque Virgilio y Ovidio sí la mencionan, es únicamente
en asociación con otras frutas silvestres y Plinio fue el último
escritor en muchas centurias que la mencionó, como uno de los
productos naturales de Italia. Luego de una breve aparición en
los escritos de un médico griego, Nicolás Myrepsus, la próxima
referencia que (según los estudiosos de la fruta) hay es que Carlos
V de Francia mandó a su jardinero, Jean Dudoy, a plantar mil 200
matitas en los jardines del Louvre, en París (Francia).
No
fue el único rey aficionado a la fresa silvestre europea, ya que
en los papeles de Enrique VIII de Inglaterra consta que el gordo
Tudor pagó diez chelines por media pinta de fresas en 1530 y el
médico de Luis XIV, el Rey Sol, le prohibió su consumo tras que
el Luchito se pegó una “real” atracada. Pero fue durante el reinado
del siguiente Luis (XV) de Francia en que un muchachito llamado
Antoine Duchesne comprendió la correlación entre la frutilla europea
y las variedades americanas, y plasmó sus observaciones en su
Histoire naturelle des fraisiers a la tierna edad de diecinueve
años, en 1766. Como miembro de la corte real, estuvo entre los
primeros en conocer las variedades de acá a mediados del siglo
dieciocho, cuando un oficial de la marina francesa apellidado
Frézier (cuyo nombre sugiere al fraisier o el plantón de la fresa)
llevó plantas de la variedad chiloensis a la corte real (ya alguien
había llevado a Europa la variedad virginiana).
La hibridización natural de estas especies produjo la fresa que
conocemos hoy en día, la F. x ananassa. No tardó mucho para que
la nueva especie híbrida fuera portada de vuelta al nuevo mundo,
y es natural que entre los muchos cultivos de nuestras tierras
altas chiricanas traídos por sus inmigrantes europeos, prime la
favorita de los monarcas.
La
estructura de la fresa
Una característica muy especial de esta fruta es su estructura.
Técnicamente, se conoce como una “fruta falsa”, ya que lo que
nosotros creemos que son las “semillas”, esos puntitos chocolates
que vemos en su superficie, son realmente las frutas. La parte
roja, carnosa, es un receptáculo que corresponde al pequeño cono
blanco que queda adherido al tallo de la mora cuando se quitan
las pequeñas frutas.
Combinaciones perfectas:
Fresas y crema
Fresas
y chocolate
Fresas
y naranjas
Fresas
y champaña
Fresas
y helado de vainilla
Fresas
y bananas
Ponche de champaña y fresas
1/3 taza de azúcar
1
paquete de diez onzas de fresas congeladas en almíbar (si usa
fresas frescas, aumente la cantidad de azúcar)
1/2
taza de jugo de limón
1/2
taza de brandy
1/2
lata de club soda, fría
2
botellas de cava, frías
Disolver el azúcar en un cuarto de taza de agua, dejar enfriar
por completo. Licuar las fresas con el jugo de limón y la mitad
del sirope de azúcar, y luego transferirlo a una ponchera; puede
colarlo si desea remover las “pepitas”. Añadir el brandy y el
club soda. Enfriar la mezcla, cubierta, hasta que esté fría. Añada
la champaña (lentamente, para que no se desborde) justo antes
de servir en tazas de ponche. O si quiere un toque más elegante,
sirva en copas de champaña.
De esta forma, está sirviendo un aperitivo elegante sin quebrar
el banco.
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