Panamá, 25 de julio de 2001
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A Dios lo que es de Dios...

...y a la ciencia lo que es de la ciencia. Sería lo justo. Pero, ¿cuánto le toca a cada uno? Depende de quién sea el repartidor

Ernesto Endara

Mis limitaciones me invitan a cerrar filas con los que consideran que es imposible tratar de repartir gajos de fe, paquetitos de razones, globos de piedad y leyes de quimeras a los displicentes del mundo.

Durante la época de mi primera ebullición mental, amigos muy diferentes, pero inteligentes todos, hicieron girar por primera vez la calesita de mis pensamientos. El moderado giro se hizo vertiginoso cuando hombres de gran vigor intelectual se unieron al empuje. No pude resistir a la fuerza centrífuga que le imprimieron los Tomás de Aquino, los Marx (tanto Carlitos como Groucho), Nietszche, Charles Schultz, Voltaire y Jardiel Poncela, y salí despedido por la tangente. Desde afuera pude ver mis pensamientos girando. Para decir la verdad, resultó una posición menos arriesgada y más divertida. Me gustó ver pasar tantas ideas formidables sin marearme con ellas. ¿Sabe qué quiero decir con eso? Que coqueteaba con el eclecticismo cuando aún no conocía el significado de esa palabra. Resultó ser lo que mejor se ajustaba a mi carácter, más cómodo y perezoso que un diván otomano. Como si fuera poco, el prodigioso abanico de la calesita consiguió refrescar las ardientes ideas que me ponían a sudar como un galeote.

¿Qué saqué en limpio de mi precoz eclecticismo?

Nada, excepto un gramo de tolerancia y la sólida convicción de que hay ídolos y estrellas en todos los equipos. En lo que se refiere a “entendimiento de la vida”, sigo dando tumbos y resbalando como iguana en piso de mosaico; muchas veces caigo de bruces (por suerte es blando el tremedal del ¿quién soy, qué es la luz, cuándo comenzó el tiempo?).

Los que tratan de caminar al lado de Dios, se apoyan en el indefinible báculo de la fe. Los seguidores de las ciencias descansaban en sofisticadas patinetas de leyes y teorías. La fe exige una entrega, una rendición que no todos entendemos; por otro lado, es notable que innumerables leyes científicas quedan despanzurradas por el camino. A mi entender, las únicas que permanecen imbatibles (hasta ahora) son las referentes a la Termodinámica: la Primera y la Segunda Ley, que, a su vez, se pueden condensar en una sola: “La energía total del Universo es constante mientras la entropía total aumenta”. Nicolás Léonard Sadi Carnot (físico francés 1796-1832) fue quien inició el despeje de estas leyes (que luego afinaron Mayer, Joule y Kelvin). Aprovecho este párrafo para tratar de responder a la pregunta que me hizo Toño Robira durante un almuerzo: “¿Qué es la entropía?” A mi entender, la entropía es energía que ya no es utilizable. Es un desgaste del calor o, como dijo Carnot: “una degradación de la energía”. Al creer en esto, aceptamos que la expansión del universo continuará hasta que su energía inicial esté repartida al máximo. Al no haber más transferencia de calor, no habrá más movimiento.

¿Y entonces? Por mi parte, aceptaré gustoso la proposición de Jeremy Rifkin: “Si bien la ley de la entropía ayuda a gobernar el mundo del tiempo, el espacio y la materia, la ley es gobernada a su vez por la fuerza espiritual primordial que la concibió.

Sospecho que en la economía del universo la verdad es la moneda con que la ciencia quiere sobornar a Dios para que muestre su cara.

La fe cierra los ojos y silba Gott ist mein König.

No disimulo mi rechazo por lo sectario, lo dogmático, ni por los que dicen que es así porque sí (sea en ciencia, religión, política, cocina o amor). Tampoco oculto mi admiración por los escasos idealistas verdaderos. Pero, si bien me dejan frío los preceptos científicos —cuando no los entiendo—, sigo con atención a los que se fajan con los misterios del universo. Leyendo a Rifkin, subrayé una cita del antropólogo Marx Gluckman que me parece injusta: “una ciencia es cualquier disciplina en la que el tonto de esta generación puede llegar más allá del punto alcanzado por el genio de la generación anterior”.

Registrando los archivos de mi vida, llego a la conclusión de que no he podido, ni remotamente, acercarme a la excelencia en nada de lo que he intentado. Sin embargo, lo sigo intentando. Me temo que al final tendrán que escribir sobre mi tumba ¡Calla, hombre! (qué vas a hablar de tumba si lo que quieres es que dispersen tus cenizas a los pies de un corotú); o mejor, que al momento de cerrar mi última página, la persona que crea amarme más, parodiando las palabras que una vez leyó Curzio Malaparte en una lápida, exclame en tono solemne: “Adiós, Neco Endara —eterno preguntón—, la muerte interrumpió tus dudas para enseñarte la verdad”.

El autor es escritor

Además en opinión

 
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