Panamá, 24 de julio de 2001
RESEÑA
RAICES
RECETAS
HOY EN LA RED
PORTADAS DEL DÍA
REPORTAJES ESPECIALES
DIRECTORIO DE
E-MAIL
TITULARES POR
E-MAIL
EDICIONES ANTERIORES
¿QUIENES SOMOS?
TRANSPORTE
EMPLEOS
SERVICIOS
ANUNCIOS VARIOS
BIENES RAICES
ALQUILER
VENTA
ARTÍCULOS VARIOS
FINANZAS
JUDICIALES

 

   
 

El elogio de la duda

Del pensamiento nace la duda, y de la duda, la necesidad de investigar, de hacer preguntas y de avanzar

María del Carmen Cabello
ccabello@prensa.com

En esto de ir por la vida como seres que piensan, cada quien se las arregla como Dios le da a entender, o lo que es lo mismo, haciendo uso de su inteligencia. Y cuando Dios no se explica con claridad meridiana, entonces hay que arreglárselas como buenamente se pueda.

Pensar parece un acto sencillo, pero no lo es, porque del razonamiento suele surgir la duda, y de la duda, la necesidad de elegir, necesidad que nos conduce, ni más ni menos, que a la libertad.

Ser libre, sin embargo, aparte del valor que conlleva, no deja de ser un riesgo, porque lo menos que puede pasar es que uno se equivoque en la elección y cargue con las consecuencias, y lo más es que las manifestaciones del libre albedrío provoquen una sarta de enemigos. Por estos motivos, y para reducir el sentido de responsabilidad o librarse de malquerencias, la mente humana recurre a los más variopintos recursos en lo que a la toma de decisiones concierne.

Los más religiosos acuden a un director espiritual que guíe su camino, método que tiene sus ventajas, no digo yo que no, porque el confesor hace las veces de sicólogo gratuito, y de paso minimiza la responsabilidad del confesado a la hora de rendir cuentas. La diferencia entre los confesores y los profesionales de la sicología es que los primeros inoculan poco a poco los principios de una doctrina de la que uno termina por ser esclavo, mientras que los segundos incitan a sus pacientes a encontrar en su interior los recursos que le permitan liberarse de los conflictos.

Los menos devotos buscan en los libros de autoayuda lo que no encuentran en sí mismos, sistema que a la larga resulta un tanto precario. Buscar en el manual de conducta una respuesta a cada revés de la existencia no siempre es eficaz. Supongamos, por ejemplo, que se levanta uno un día con la manta arrastrando. Solo el autodominio, o lo que es lo mismo, la educación esculpida a cincel y martillo, puede impedir que nuestro mal humor amargue la jornada de otro, pero si no se posee ese raro don, de nada servirá que unas frases más o menos elaboradas nos inviten a levantarnos cada mañana con una sonrisa en los labios. ¡Como si fuera posible alcanzar la felicidad por decreto ejecutivo!

Y con el fin de escabullirse del riesgo de ser libres, los hay, al fin, que se acogen a una disciplina férrea, lo que les permite marchar por la vida en fila de dos en fondo y con las anteojeras puestas para no sucumbir a las tentaciones. Y si además se consigue que los demás caminen al mismo paso, miel sobre hojuelas.

Pocos son los privilegiados que aceptan vivir a pecho descubierto, asumiendo los riesgos y llevando como bagaje las referencias que da la formación humanística o la formación científica. Pocos son, en definitiva, los valientes que actúan con criterio propio, los que enfrentándose a la duda, a la inseguridad y a la zozobra propias de la especie, dejan atrás las cadenas.

Por obra y gracia de la duda, ha sido posible la investigación y en consecuencia, el avance del género humano. Todavía estaríamos en la época de los mitos si el hombre no se hubiera preguntado alguna vez el porqué de los fenómenos naturales, y aún creeríamos que la Tierra es el centro del Universo, si alguien no se hubiera atrevido a desafiar, con la teoría heliocéntrica, un postulado erróneo. Muy a pesar de que tal desafío fuera considerado, en un momento dado, una soberana herejía.

Todo esto viene a cuento porque cada vez me sorprenden más los políticos y funcionarios que parecen no equivocarse nunca y que pase lo que pase, se mantienen en sus trece. Su terquedad es en ocasiones tan acentuada, que me he preguntado si no será que el grueso de la población estamos equivocados. Es decir, dudo, y como dudo, pienso, y pienso sobre todo en el procurador Sossa, y en las rabietas que coge contra los periodistas que descubren corruptelas, y contra los ministros que lo invitan a que se estrene de una vez por todas como jefe del Ministerio Público, y contra los ciudadanos que le dan pistas para hacer más fácil su labor. Y pienso y recuerdo casos como los de Banaico o Marc Harris, por dar algún ejemplo, y mis dudas se disipan. Es fácil llegar a la conclusión de que el procurador está encadenado a unos atavismos o inconfesables o incomprensibles que no le permiten ni tan siquiera dudar de si está o no en lo cierto.

Y lo grave es que su cerrazón, su falta de valentía y su incapacidad para hacer uso del poder que le confiere su cargo, mantiene a la nación en un estado de inmovilidad en lo que a justicia concierne, que hubieran querido para sí los libre pensadores a los que las doctrinas más recalcitrantes convirtieron en herejes.

La autora es correctora de La Prensa


Además en opinión

 
.