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El asesinato del licenciado Roque Pérez ha consternado
a la opinión pública nacional. En primer lugar, el hecho
en sí, la forma, la hora, el lugar y las circunstancias
en las que ocurrió, lo hacen poco menos que inverosímil.
Ninguno de los agentes del Servicio de Protección Institucional
(SPI) presentes en el lugar, hizo nada por impedir la
fuga del asesino, cosa que solo puede explicarse por falta
de entrenamiento suficiente. La reacción, ante un caso
de esa naturaleza, debe ser una especie de reflejo condicionado,
inmediato y efectivo. No ocurrió así, y los funcionarios
cuya protección depende del SPI, harían bien en cerciorarse
de la competencia de los encargados de su seguridad. Pero
el colmo es que el director de la Policía Nacional trató
de justificar la pasividad de quienes podían y debían
hacer algo para detener al victimario, culpando a la víctima.
En declaraciones a un canal de televisión, dijo que deberíamos
“tratar de cuidarnos nosotros mismos, en el sentido de
no involucrarnos con grupos que no son los mejores”. Y
para que no quede duda alguna, agrega: “Esos son los resultados
de malas compañías o de malas situaciones”. Esas declaraciones,
hechas por cualquiera, son ofensivas, pero si quien las
dice es el director de la Policía Nacional, constituyen
una aberración, por la cual debería pedir disculpas a
la familia de Roque Pérez y a la opinión pública en general.
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