| |
Abogados de la pobreza o tergiversadores de ideas
Es increíble que la gente que presumiblemente predica el bien, trate de lastimar la reputación de aquellos cuyas ideas rechazan
Xavier Sáez-Llorens
Las inmediatas respuestas a mi artículo “La maldición de ser pobre” no se hicieron esperar y qué bueno que fue así. El debate público de temas polémicos enriquece la inteligencia humana y moderniza el conocimiento en este mundo que cambia tan velozmente. No podemos quedar anclados en el pasado y desfasarnos de la contemporaneidad. Reconozco que, probablemente, con mis crudas y no óptimamente depuradas palabras, tuve alguna culpa en no propiciar un diálogo constructivo sobre el tema y empiezo este escrito pidiendo francas disculpas. Podemos aprender y mejorar a cualquier edad.
Desafortunadamente, las réplicas emitidas han estado cargadas de interpretaciones tergiversadas o acomodaticias. En primer lugar, quienes me conocen saben perfectamente que me encuentro a años luz de tener pensamientos neonazis y que mi vida personal y profesional se ha sustentado en una sincera y profunda solidaridad con las personas humildes y necesitadas. Nunca ha sido mi estilo dejar que mis palabras superen mis hechos, pero quisiera aclarar a aquellos que me atacan, sin conocerme, que jamás he dejado de escatimar esfuerzos, económicos o técnicos, para que los niños sumidos en la miseria vivan con mayor dignidad.
El señor Pezzoti no solo no aporta soluciones al problema en cuestión sino que utiliza tan importante tribuna pública de este periódico (diseñada para el desafío intelectual de los lectores) para disparar un ataque furibundo contra mi persona, cuyo único “pecado” ha sido adversar conceptos dogmáticos arraigados en nuestra sociedad. A pesar de sus ponzoñosas diatribas, La Prensa, de forma elegante, le ha permitido un espacio para emitirlas. Su prelatura personal, táctica similar a la empleada por los herederos de José María Escrivá, olvidó las letras como forma de enfrentar mis ideas (aduciendo premeditada intransigencia ideológica de mi parte) y, en su lugar, intentó desacreditar mi vida profesional (solo le falta ejercer su influencia para que me despidan del hospital). Estoy realmente anonadado; la gente que presumiblemente predica el bien trata, paradójicamente, de lastimar la reputación de otra persona y solamente por discrepar con sus pensamientos. ¿Qué relación existe entre la habilidad laboral de un individuo y sus ideas filosóficas? Es como arremeter contra los escándalos sexuales de Clinton y negarle, de paso, su brillante manejo de la presidencia de Estados Unidos.
El sacerdote Luis Arocena Pildain, en su artículo “La bendición de ser pobre”, se contradice al expresar que la pobreza es seguro de bendición y tendrá su recompensa posterior pero que, por desgracia, estas escenas de miseria son más comunes en nuestra sociedad actual. Además menciona, erróneamente, que yo predico la esterilización de todos los pobres. Sostuve que aquella persona pobre que razonablemente (bien instruida sobre el asunto) pida ser esterilizada, sea ayudada por los profesionales correspondientes, aunque no reúna todos los requisitos necesarios. A aquellas mujeres pobres con más de 3 hijos, se les debe educar y brindar toda la información y asesoría necesaria para que ella decida su propio destino. Apuntalé también que debía considerarse educar y ofrecer a las adolescentes la toma de la “píldora del día siguiente” y así potencialmente evitar los abortos clandestinos, con sus altas tasas maternas de morbilidad y letalidad asociadas (si de moralidad hablamos, resulta inmoral cegarse ante la cruda realidad de la muerte materna causada por el aborto clandestino). Finalmente, comenté que la paternidad irresponsable era frecuente en Panamá y que una manera de aminorar esa actividad “machista” sería considerando la esterilización masculina (o la cárcel para el hombre que no cumpla con sus obligaciones paternas). Lógicamente, todas estas sugerencias deben supeditarse a la decisión espontánea de las personas afectadas (basadas en sus ideas morales o en sus angustias reales) pero toca a toda la sociedad garantizar la educación y tener al alcance los medios para ayudar a todas las personas que soliciten la intervención profesional.
La señora Gloria Grifo, quizás obnubilada por sus rígidos conceptos o intolerante a las opiniones adversas, culpa a mi mano de letras jamás escritas por sus dígitos. Es realmente inverosímil cómo se puede falsear la ideología de una persona en pocos párrafos y hasta acreditarme un lema, tan distante de mis pensamientos como la pobreza de una solución inmediata. Su original frase “salva la Tierra, esteriliza un pobre” parece sacada de novelas maquiavélicas o de pasquines de humor negro. Para que me cite con objetividad en un futuro, le ayudo con la frase que mejor caracteriza mis deseos: “salva al pobre, edúcalo”. Dale la oportunidad a esa persona humilde y con poca escolaridad que disponga de un abanico de conocimientos y alternativas para que, de esa manera, tome la decisión que mejor se adapte a sus convicciones o ansiedades.
El problema de la pobreza es complejo y multifactorial. No se necesita tener muchas neuronas para saber que la solución no descansa únicamente en el aporte de técnicas anticonceptivas pero, sin duda, representa una estrategia efectiva y que puede brindar remedios precoces. ¿Cuáles son las otras soluciones? Es indispensable mejorar el nivel educativo de todos los panameños, eliminar el desempleo, incrementar los salarios mínimos y concienciar a los “pudientes” para compartir riquezas. No obstante, estas estrategias son relativamente difíciles de implementar a corto plazo y han permanecido inmutables o en declive a través de centurias. Nosotros, los que cursamos la quinta década de la vida, podemos recordar esa emotiva frase de la hermosa canción de John Lennon llamada Imagine que decía: “imagínate a la gente sin posesión alguna, me pregunto si tu podrías vivir así” (imagine no possessions, I wonder if you can?).
Por último, me gustaría diferenciar entre lo utópico (un bello idealismo) y lo real (lo que acontece día a día). Qué tierno y conmovedor, el pensamiento de que la gente pobre es feliz de ser así. Esto para mí resulta un concepto iluso y cruel. Estoy convencido (testificado por mi constante exposición a la gente pobre en los hospitales públicos y comunidades apartadas del país) que la inmensa mayoría de los pobres quisiera mejorar su status de vida y poseer solvencia económica para satisfacer sus apremiantes necesidades. Y si mejoramos su nivel educativo, estas aspiraciones serán aún mayores. En otras palabras, nadie es feliz de ser pobre (aunque hay que reconocer que la riqueza, por sí sola, no es sinónimo de felicidad). ¿Sería ético decirle a un niño africano, sumergido en el marasmo y con miles de moscas posándose sobre su transparente piel, que su pobreza es bendita? Lo que ocurre es que la gente se resigna a la pobreza y se refugia en lo espiritual para aliviar sus penas y superar sus pesares, basándose en la esperanza de un futuro mejor, ya sea en esta o en la otra vida (según las creencias individuales).
Qué fantástico es tener hijos, pero mejor aún si estos tienen acceso a salud y educación. La gente educada y solvente tiene acceso a la información y a las técnicas anticonceptivas y el promedio de hijos está entre 2 y 3. ¿Por qué negarle esta posibilidad a la gente pobre? Ayudémosles a salir del círculo vicioso de la pobreza (menos educación, más hijos, más pobreza y viceversa). En Panamá tenemos similar proporción de cristianos que en muchos países europeos; sin embargo, es triste reconocer que, en contraste con esas culturas donde la espiritualidad personal suplanta a la espiritualidad institucional, nuestra sociedad no ha madurado lo suficiente para salir del estancamiento ideológico que agobia a los países subdesarrollados.
El autor es médico pediatra
Además
en opinión
-
Ciudad gubernamental: Miguel A. Cárdenas
- Réplica:
Jorge de la Guardia
-
La responsabilidad es de todos: Edgardo
Lasso Valdés
-
Abogados de la pobreza o tergiversadores
de ideas: Xavier Sáez-Llorens
-
¿Más cumbres para la corrupción?:
Fernán Molinos D.
|
|