Panamá, 22 de julio de 2001
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El grupote está de fiesta

A la corrupción no se le ha hecho frente, solo se le ha bautizado

Jorge Eduardo Ritter

Al hablar enrevesado de los funcionarios —mal que ya era crónico— se suma ahora una preocupante afección visual que no les permite apreciar con precisión el número de elementos que integran un determinado conjunto (en este caso, el número de maleantes que integran el grupo). O es eso, o nos encontramos en presencia de una estratagema de relaciones públicas que busca concentrar toda la corrupción gubernamental en cabeza de cuatro personas, de un “grupito”, cuando la realidad es muy distinta: se trata de un grupote cuyo número ya no puede siquiera determinarse pues crece de manera silvestre al amparo de la impunidad de la que hoy disfrutan sus integrantes.

Al personificar el mal y reducirlo a cuatro individuos la solución se presenta tan sencilla, que ya se puede adivinar: un buen día la presidenta Moscoso anunciará, a bombo y platillo, que ha decidido alejar de su entorno a los cuatro jinetes del Apocalipsis y que, por lo tanto, la corrupción deja de existir. Los ministros la colmarán de elogios, la presentarán como epítome de la probidad, y hasta puede que el más ducho en el arte de adularla, en un nuevo alarde de zalamería, le añada a la “dama de la cumbre” un título nuevo. “La presidenta transparente”, por ejemplo (de nada, por la sugerencia). Dada experiencia pasada, ello nos entretendrá un par de meses, tiempo suficiente para inventar algo nuevo que distraiga a los medios y silencie a los quejosos.

Lo cierto es que después de casi dos años de denuncias sin respuestas, nos acaban de cambiar la forma del entretenimiento: ahora la corrupción cuenta con nombre y apellido. Aclaro: no se le ha hecho frente, solo se le ha bautizado. Sin embargo, los que ubican en el “grupito” el origen de todos los males no se han percatado de que la percepción general en el país no es que hay cuatro personajes misteriosos y siniestros realizando negocios millonarios, sino que la corrupción pulula y se pavonea por toda la administración pública, y que nada se hace para combatirla. No pasa semana sin que haya revelaciones de licitaciones amañadas, contrataciones intrafamiliares o pagos de dudosa ortografía.

¿Qué ha quedado del rosario de denuncias que se han formulado? Un rosario igualmente largo de excusas, cortinas y desvíos. Primero se iba a prevenir la corrupción desde una oficina especial que se encuentra acéfala casi desde su creación; después nos dijeron que no bastaba con denunciar, había que aportar pruebas; cuando estas aparecieron nos informaron que el único responsable de investigar era el Ministerio Público; y ahora, finalmente, los propios gobernantes han tenido la bondad de suministrarnos los nombres de aquellos allegados a la presidenta condenados por esos mismos funcionarios a arrastrar, en nombre de los demás, el lastre de la corrupción.

Todos los anuncios anteriores iban y van dirigidos a lo mismo: dejar impune la corrupción. Pues confinar la lucha contra ella a una oficina de tercera categoría en un ministerio constituye una manera muy fácil de decirles a los peces gordos: “Con ustedes no es la cosa”; exigirles pruebas a los ciudadanos, cuando por otra parte se les niega la información que solicitan, es por decir lo menos, una burla; centrar la responsabilidad en el Ministerio Público es darle a la corrupción un carácter delictivo cuando en realidad la más de las veces constituye un asunto de ética y moral (otorgarles concesiones generosas a familiares puede que no sea delito, pero ciertamente es una inmoralidad). En resumen, son pantallas de distracción para no combatir la corrupción diciendo que sí se está combatiendo.

Pero la forma más sofisticada hasta ahora inventada de amparar la corruptela, después de dos años de negarla, es ubicarla exclusivamente en un “grupito de maleantes” que —se enfatiza— no pertenecen a ningún partido, pues de esa manera, de un plumazo, quedan exculpados todos los inscritos en los partidos gobernantes. Así las cosas, mientras la atención de los medios se centra en un grupito, el grupote continúa de fiesta.

El autor es abogado y fue canciller

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  • Sombras en Bocas del Drago: Guillermo Sánchez Borbón
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