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El grupote está de fiesta
A la corrupción no se le ha hecho frente, solo se le ha bautizado
Jorge
Eduardo Ritter
Al hablar enrevesado de los funcionarios —mal que ya era crónico—
se suma ahora una preocupante afección visual que no les permite
apreciar con precisión el número de elementos que integran un
determinado conjunto (en este caso, el número de maleantes que
integran el grupo). O es eso, o nos encontramos en presencia de
una estratagema de relaciones públicas que busca concentrar toda
la corrupción gubernamental en cabeza de cuatro personas, de un
“grupito”, cuando la realidad es muy distinta: se trata de un
grupote cuyo número ya no puede siquiera determinarse pues crece
de manera silvestre al amparo de la impunidad de la que hoy disfrutan
sus integrantes.
Al personificar el mal y reducirlo a cuatro individuos la solución
se presenta tan sencilla, que ya se puede adivinar: un buen día
la presidenta Moscoso anunciará, a bombo y platillo, que ha decidido
alejar de su entorno a los cuatro jinetes del Apocalipsis y que,
por lo tanto, la corrupción deja de existir. Los ministros la
colmarán de elogios, la presentarán como epítome de la probidad,
y hasta puede que el más ducho en el arte de adularla, en un nuevo
alarde de zalamería, le añada a la “dama de la cumbre” un título
nuevo. “La presidenta transparente”, por ejemplo (de nada, por
la sugerencia). Dada experiencia pasada, ello nos entretendrá
un par de meses, tiempo suficiente para inventar algo nuevo que
distraiga a los medios y silencie a los quejosos.
Lo cierto es que después de casi dos años de denuncias sin respuestas,
nos acaban de cambiar la forma del entretenimiento: ahora la corrupción
cuenta con nombre y apellido. Aclaro: no se le ha hecho frente,
solo se le ha bautizado. Sin embargo, los que ubican en el “grupito”
el origen de todos los males no se han percatado de que la percepción
general en el país no es que hay cuatro personajes misteriosos
y siniestros realizando negocios millonarios, sino que la corrupción
pulula y se pavonea por toda la administración pública, y que
nada se hace para combatirla. No pasa semana sin que haya revelaciones
de licitaciones amañadas, contrataciones intrafamiliares o pagos
de dudosa ortografía.
¿Qué ha quedado del rosario de denuncias que se han formulado?
Un rosario igualmente largo de excusas, cortinas y desvíos. Primero
se iba a prevenir la corrupción desde una oficina especial que
se encuentra acéfala casi desde su creación; después nos dijeron
que no bastaba con denunciar, había que aportar pruebas; cuando
estas aparecieron nos informaron que el único responsable de investigar
era el Ministerio Público; y ahora, finalmente, los propios gobernantes
han tenido la bondad de suministrarnos los nombres de aquellos
allegados a la presidenta condenados por esos mismos funcionarios
a arrastrar, en nombre de los demás, el lastre de la corrupción.
Todos los anuncios anteriores iban y van dirigidos a lo mismo:
dejar impune la corrupción. Pues confinar la lucha contra ella
a una oficina de tercera categoría en un ministerio constituye
una manera muy fácil de decirles a los peces gordos: “Con ustedes
no es la cosa”; exigirles pruebas a los ciudadanos, cuando por
otra parte se les niega la información que solicitan, es por decir
lo menos, una burla; centrar la responsabilidad en el Ministerio
Público es darle a la corrupción un carácter delictivo cuando
en realidad la más de las veces constituye un asunto de ética
y moral (otorgarles concesiones generosas a familiares puede que
no sea delito, pero ciertamente es una inmoralidad). En resumen,
son pantallas de distracción para no combatir la corrupción diciendo
que sí se está combatiendo.
Pero la forma más sofisticada hasta ahora inventada de amparar
la corruptela, después de dos años de negarla, es ubicarla exclusivamente
en un “grupito de maleantes” que —se enfatiza— no pertenecen a
ningún partido, pues de esa manera, de un plumazo, quedan exculpados
todos los inscritos en los partidos gobernantes. Así las cosas,
mientras la atención de los medios se centra en un grupito, el
grupote continúa de fiesta.
El autor es abogado y fue canciller
Además en opinión
Me duele Panamá: Rafael L. Pernett y Morales
Sombras en Bocas del Drago: Guillermo Sánchez
Borbón
El grupote está de fiesta: Jorge Eduardo
Ritter
Cultura, S.A.: Juan Carlos Ansin
Por cierto...: Betty Brannan Jaén
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