Panamá, 22 de julio de 2001
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Sombras en Bocas del Drago

Guillermo Sánchez Borbón

Lo que paso a relatar debe de haber ocurrido en 1935. Mi padre, que tenía (amén de sus otros negocios) un almacén muy bien surtido en la cabecera de la provincia, enviaba todos los meses a mi hermano Carlos a llevarle los víveres a su primera esposa. Ella era la madre de nuestro hermano mayor, Temístocles, muerto en 1931 a los treinta y cinco años de su edad.

Pues bien, una mañana mi padre me permitió acompañar a Carlos. Había que darle la vuelta —en la lancha Olga— a la isla de Colón para llegar a la aldea de Bocas del Drago, donde mi padre nació y pasó su niñez y mocedades. A finales del siglo XIX, y un buen trecho del XX, la aldea era un lugar encantador y próspero, erizado de hermosas casas de madera. Para la época de que voy a hablar, había entrado en la fase terminal de su decadencia. Los jóvenes habían abandonado el lugar buscando otros pagos donde ganarse la vida. Quedaban unos pocos viejos. Pero así como en el rostro de una anciana que fue, hace mucho, una joven despampanante, por debajo de las arrugas y otros estragos del tiempo puede adivinarse la belleza que muchos años atrás sedujo a tantos hombres, aún podía discernirse, por entre las casas derrengadas, y la maleza que las cercaba, el esplendor de un pueblo donde la gente de dinero de Bocas del Toro iba a pasar sus vacaciones, y donde se juraron amor eterno, bajo la luna alcahueta, Dios sabe cuántas parejas.

La casa de la señora se hallaba en mejor estado que todas las otras. Siempre fui muy sensible a las ruinas, a los caserones que sus dueños abandonan a los fantasmas. Al rato caminaba detrás de Carlos como un sonámbulo, presa de la mayor angustia. Llamamos a la puerta. Nos abrió una señora de cabellos blancos y de edad indefinible. Tuvo que hacer un gran esfuerzo para reconocer al hermano de su único hijo. Al mediodía nos sentamos a la mesa del comedor. Noté que en lugar de tres platos, había cuatro. Supuse que en cualquier momento llegaría el otro invitado, pero no llegó. El cuarto comensal, para la mujer —enferma de dolor, de soledad y nostalgia— era Temístocles. Y mientras yo apuraba el riquísimo arroz con frijoles y coco, ella se dirigía solícitamente a la silla vacía: “¿Quieres más, Tem?”, y llenaba su plato. Casi no habló con nosotros dos. La conversación la monopolizaba el convidado invisible. Y a mí me fue entrando un miedo como pocas veces —antes y después de esa visita— he sentido en mi vida. El lector curioso podrá encontrar en El ahogado la visión inconsolable de Bocas del Drago que destilé de aquella experiencia.

Años más tarde mi padre me llevó, tres veces más, en bote de vela. Si no me engaña la memoria, tardábamos un par de horas en ganar la distancia que nos separaba de la aldea. De estos viajes recuerdo únicamente el placer inefable de la locomoción silenciosa (supongo que es lo que buscan también los aficionados al vuelo en planeador). Para entonces ya había muerto la señora que casi me mata de un susto. Creo que en nuestra última visita, Simón, el hijo de Temístocles, era una de las pocas personas que aún vivían en el pueblo.

Hoy, me alegra decirlo, Bocas del Drago ha resucitado ‘with a vengeance'. Como si hubiera concertado un pacto con Fausto, no sólo recuperó su juventud, sino también un lujo que nunca tuvo. En recientes visitas a la aldea que manó mi familia, me encontré con verdaderas mansiones, con casas de veraneo y con cabañas de alquiler tan buenas como las de cualquier parte.

Estos recuerdos se agolparon en mi memoria al escuchar el relato que, de su entrevista a Hugo Chávez, hizo por televisión un periodista francés. Cuando llegó a la casa presidencial, vio que, en la salita donde iba a mantener su conversación con el presidente venezolano, había tres sillas en vez de las dos que era natural que hubiese. Le preguntó al entrevistado: ‘‘¿Va a venir alguien más?” “No —fue la respuesta—, es la silla para Simón Bolívar”.

Las diferencias entre los dos casos saltan a la vista. La señora de mi familia no tenía poder ni, por tanto, la posibilidad de hacerle daño a nadie que no fuera ella misma, cosa que no puede decirse del ñame de Caracas. Repetí en voz alta palabras ilustres de Elías Canetti, que he citado mucho, demasiado tal vez: “No es que el poder enloquezca; es que sólo los locos buscan el poder. Y el poder, por su propia naturaleza maligna, únicamente gravita hacia los locos”. Busque el lector en su memoria, y encontrará abundantes ejemplos que ilustran la tesis del genial búlgaro.


Además en opinión

  • Me duele Panamá: Rafael L. Pernett y Morales
  • Sombras en Bocas del Drago: Guillermo Sánchez Borbón
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