Panamá, 22 de julio de 2001
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Por cierto...

Lo que el documento pareciera indicar es que Washington manipuló su sistema judicial para encausar penalmente a un hombre que era presumiblemente inocente

Betty Brannan Jaén

PANAMA, R.P. - El documento que La Prensa publica hoy —exculpando a Moisés “Monchi” Torrijos de los cargos de narcotráfico que en los años 70 se le imputaron en Estados Unidos— me parece verdaderamente asombroso. Si la carta es auténtica y su contenido veraz, ella confirmaría un nuevo nivel de duplicidad vergonzosa en el manejo que Washington ha dado a sus relaciones con Panamá, especialmente en torno al tema de las drogas.

Es decir, sumado al hecho —ya incuestionable— de que por razones políticas Washington encubrió los narcodelitos de Noriega en los años 80, lo que este documento pareciera indicar es que en la década anterior, y también por razones puramente políticas, Washington manipuló su sistema judicial para encausar penalmente a un hombre que era presumiblemente inocente.

Sin embargo, este documento genera muchas preguntas que por el momento están sin contestar. La primera, por supuesto, es si el documento es auténtico. Los primeros documentos que publicamos sobre este tema reposan en el Carter Library, lo que de por sí confirma su autenticidad. Este nuevo documento me fue enviado por Hugo Torrijos, con la explicación de que su familia lo ha tenido guardado todos estos años por razones que el mismo documento expone. Sin querer hacer insinuación alguna acerca de la honorabilidad de quienes proporcionaron el documento, cualquier historiador reconocería que la proveniencia de un documento es un factor importante al considerar su legitimidad. Por ello me pasé varios días llamando insistentemente a la DEA en Washington y considero que el hecho de que ellos hayan rehusado tomar mis llamadas es prueba de que el documento es auténtico. Si no lo fuera, la DEA se hubiera apresurado a denunciarlo.

Subrayo que solo me refiero aquí a la carta que en 1978 Peter Bensinger (entonces jefe de la DEA) le envió a Griffin Bell (entonces procurador general de Estados Unidos). También hay una carta que un funcionario estadounidense anónimo le envío a Monchi Torrijos, pero ese no es un documento oficial y no podemos sopesar su contenido sin saber quién la escribió.

Pasando al contenido del documento firmado por Bensinger, el libro Nuestro Hombre en Panamá informa que el gobierno de Nixon —notorio por sus “trucos sucios” contra adversarios políticos— ensayó varios “trucos sucios” contra Omar Torrijos que hasta incluían un plan para asesinarlo. Esta idea fue descartada, pero para un gobierno que contemplaba asesinatos sin pestañear, creo que falsificar un encausamiento penal hubiera parecido poca cosa. Es más, si así de veras ocurrió, ello explicaría por qué Washington se afanó siempre de prevenir que Monchi Torrijos fuera arrestado, por dos razones. Primero, porque para fines políticos era suficiente que el encausamiento existiera, aun si Monchi jamás era llevado ante los tribunales. Y segundo, porque un juicio conllevaba el riesgo de que saliera al descubierto que las pruebas contra Monchi eran inventadas.

Por otro lado, hay ciertos hechos que no cuadran con esa tesis. Si el gobierno demócrata de Carter tenía en mano la prueba de que el encausamiento contra Monchi era un “truco sucio” del gobierno republicano de Nixon, ¿por qué no divulgó esto durante el debate sobre los tratados? Robert Pastor me dijo esta semana que él jamás vio este documento y que hasta donde él recuerda, no fue presentado al Senado. Además, los informes periodísticos sobre la información “clasificada” que el Senado discutió a puerta cerrada durante la pugna sobre los tratados canaleros no cuadran en lo absoluto con lo que plantea este documento.

Por último, hay que fijarse en quién firma esta carta. Además de que la DEA no tiene credibilidad, está comprobado que Bensinger es un hombre que firmaría cualquiera cosa. En ese mismo año de 1978, Bensinger le envío tres cartas a Noriega felicitándolo por su excelente colaboración en la guerra antidrogas, lo que mereció que Bensinger tuviera el dudoso honor de ser el primer testigo que Noriega llamó en su defensa durante el juicio en Miami. En el estrado de los testigos, Bensinger se vio obligado a más o menos comerse las cartas mientras trataba de decir que solo habían sido expresiones de “cortesía protocolar”.

¿Podemos creerle a un hombre así?

Corresponsal en Washington

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