Por cierto...
Lo que el documento pareciera indicar es que Washington manipuló su sistema judicial para encausar penalmente a un hombre que era presumiblemente inocente
Betty
Brannan Jaén
PANAMA, R.P. - El documento que La Prensa publica hoy —exculpando
a Moisés “Monchi” Torrijos de los cargos de narcotráfico que en
los años 70 se le imputaron en Estados Unidos— me parece verdaderamente
asombroso. Si la carta es auténtica y su contenido veraz, ella
confirmaría un nuevo nivel de duplicidad vergonzosa en el manejo
que Washington ha dado a sus relaciones con Panamá, especialmente
en torno al tema de las drogas.
Es decir, sumado al hecho —ya incuestionable— de que por razones
políticas Washington encubrió los narcodelitos de Noriega en los
años 80, lo que este documento pareciera indicar es que en la
década anterior, y también por razones puramente políticas, Washington
manipuló su sistema judicial para encausar penalmente a un hombre
que era presumiblemente inocente.
Sin embargo, este documento genera muchas preguntas que por el
momento están sin contestar. La primera, por supuesto, es si el
documento es auténtico. Los primeros documentos que publicamos
sobre este tema reposan en el Carter Library, lo que de por sí
confirma su autenticidad. Este nuevo documento me fue enviado
por Hugo Torrijos, con la explicación de que su familia lo ha
tenido guardado todos estos años por razones que el mismo documento
expone. Sin querer hacer insinuación alguna acerca de la honorabilidad
de quienes proporcionaron el documento, cualquier historiador
reconocería que la proveniencia de un documento es un factor importante
al considerar su legitimidad. Por ello me pasé varios días llamando
insistentemente a la DEA en Washington y considero que el hecho
de que ellos hayan rehusado tomar mis llamadas es prueba de que
el documento es auténtico. Si no lo fuera, la DEA se hubiera apresurado
a denunciarlo.
Subrayo que solo me refiero aquí a la carta que en 1978 Peter
Bensinger (entonces jefe de la DEA) le envió a Griffin Bell (entonces
procurador general de Estados Unidos). También hay una carta que
un funcionario estadounidense anónimo le envío a Monchi Torrijos,
pero ese no es un documento oficial y no podemos sopesar su contenido
sin saber quién la escribió.
Pasando al contenido del documento firmado por Bensinger, el libro
Nuestro Hombre en Panamá informa que el gobierno de Nixon —notorio
por sus “trucos sucios” contra adversarios políticos— ensayó varios
“trucos sucios” contra Omar Torrijos que hasta incluían un plan
para asesinarlo. Esta idea fue descartada, pero para un gobierno
que contemplaba asesinatos sin pestañear, creo que falsificar
un encausamiento penal hubiera parecido poca cosa. Es más, si
así de veras ocurrió, ello explicaría por qué Washington se afanó
siempre de prevenir que Monchi Torrijos fuera arrestado, por dos
razones. Primero, porque para fines políticos era suficiente que
el encausamiento existiera, aun si Monchi jamás era llevado ante
los tribunales. Y segundo, porque un juicio conllevaba el riesgo
de que saliera al descubierto que las pruebas contra Monchi eran
inventadas.
Por otro lado, hay ciertos hechos que no cuadran con esa tesis.
Si el gobierno demócrata de Carter tenía en mano la prueba de
que el encausamiento contra Monchi era un “truco sucio” del gobierno
republicano de Nixon, ¿por qué no divulgó esto durante el debate
sobre los tratados? Robert Pastor me dijo esta semana que él jamás
vio este documento y que hasta donde él recuerda, no fue presentado
al Senado. Además, los informes periodísticos sobre la información
“clasificada” que el Senado discutió a puerta cerrada durante
la pugna sobre los tratados canaleros no cuadran en lo absoluto
con lo que plantea este documento.
Por último, hay que fijarse en quién firma esta carta. Además
de que la DEA no tiene credibilidad, está comprobado que Bensinger
es un hombre que firmaría cualquiera cosa. En ese mismo año de
1978, Bensinger le envío tres cartas a Noriega felicitándolo por
su excelente colaboración en la guerra antidrogas, lo que mereció
que Bensinger tuviera el dudoso honor de ser el primer testigo
que Noriega llamó en su defensa durante el juicio en Miami. En
el estrado de los testigos, Bensinger se vio obligado a más o
menos comerse las cartas mientras trataba de decir que solo habían
sido expresiones de “cortesía protocolar”.
¿Podemos creerle a un hombre así?
Corresponsal en Washington
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