Panamá, 22 de julio de 2001
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Cultura, S.A.

En todas las épocas la miseria ha sido la musa de los poetas, la que dicta las penurias de quienes no pueden dejar de describir la relación del hombre con el mundo

Juan Carlos Ansin

Hace unos días me encontré con un artículo del diario La Nación de Buenos Aires, que entre otras cosas decía que la industria del entretenimiento era el segundo renglón en los ingresos de las arcas de Estados Unidos precedida tan solo por la industria aerospacial. Un dato llamativo que se transformaría luego en asombroso y ríspido. Desde 1993 en la reunión del GATT de la Ronda Uruguay, Estados Unidos obliga y presiona para que Europa (infiero que también lo hace con cualquier otra región o país) levante las barreras proteccionistas de su producción cultural (cine, TV, música, literatura, etc.).

Hace unos pocos años y como consecuencia de esta sacrosanta libertad de mercado, las editoriales hispanoamericanas fueron absorbidas por poderosas firmas europeas y norteamericanas, de tal forma que las políticas editoriales han cambiado de sentido, fuerza y dirección. Hoy para conseguir un autor clásico o poco redituable hay que pedirlo a estas empresas extranjeras. Es posible que dentro de poco ya nadie consiga leer a Unamuno, Pío Baroja, Alfonso Reyes o al exquisito Lezama Lima. ¿Quién osaría romper la ley de la oferta y la demanda?

El patrimonio cultural de una región o de un país es un bien que la UNESCO ha definido como intangible, es decir, que no se puede tocar; por lo tanto, quienes nos desvelamos por mantener, promocionar o acrecentar dicho patrimonio debemos analizar con cuidado, esto es, con rigor, método y profundidad, los funestos alcances que para nuestra cultura tenga esta ola gigantesca y destructora que como un sunami económico devora no solo los bolsillos sino el acervo cultural de la memoria de panameños y latinoamericanos en general.

Hace unos meses envié una especie de novela experimental a varias editoras; la respuesta fue negativa. Al cabo de un tiempo decidí hacer una oferta a una prestigiosísima firma editorial en castellano. Le ofrecí pagar de mi propio peculio la primera edición y que la misma fuera distribuida en España y América. La respuesta fue inmediata: ponga tantos miles y trato hecho. La obra en cuestión resulta ser un adefesio; por más que la leo, no puedo dejar de asombrarme de que yo pueda ser el padre de tal engendro. Para no estar cegado por los fulgores de mi ego, le pedí a un querido amigo y prestigioso profesor de literatura de la Universidad de Panamá que la leyera. Apenas vino a traerla ya adiviné, en la bondad de su mirada, que había confirmado mi sospecha. Lo que importa de esta aventura es que desenmascara lo que ya sabíamos, que los intereses económicos priman sobre el verdadero valor, buen gusto y la imperiosa necesidad de elevar la calidad de la literatura y del arte en general, evitando así la pléyade de autores mediocres y malos que invaden los anaqueles de las, de por sí, anémicas librerías nuestras. Tales intereses espurios dictan las reglas y tendencias estéticas contemporáneas. Hoy no basta con que un nuevo García Márquez en potencia o un novel autor mexicano con pasta de Octavio Paz visite una editora con su manuscrito bajo el brazo. Tiene que contar con un sponsor, es decir, un intermediario con suficiente influencia y poder en empresas publicitarias que, como la mayoría de ellas, tienen muy buen olfato económico pero padecen de una anomia absoluta en cuanto a intereses genuinamente literarios o artísticos en el caso de los plásticos y de los que se dedican a la música o al bel canto .

¿Cuántos autores de fuste se habrán perdido en la cresta de esta ola arrasadora?

Hoy pareciera que para tener éxito se debe ser renegado, apátrida o exiliado preferentemente en Europa o ser hijo carnal de algún autor consagrado. Hay también que escribir tan soez como sea posible o relatar las vicisitudes de quienes transitan por los límites marginales tanto del sexo como de la moral y las buenas costumbres. Gracias a Dios, también existen pocas pero honrosas excepciones.

Creo que coincidirán conmigo en aceptar que la madre de toda literatura es la poesía. En ella se condensa al mismo tiempo la expresión del sentimiento, el palpitar de las emociones humanas y la belleza de las palabras convertidas en una especie de música cuyos instrumentos y armónicas solo las reconoce esa porción de la psique que los antiguos llamamos espíritu.

Pues bien, pregunto: ¿Qué proporción de poesía se publica hoy día en el mundo? Muy poca, casi nada... nada.

En el siglo de la comunicación y de la imprenta offset, donde cualquiera puede transformarse en escritor, mis queridos poetas siguen transitando el arduo camino que recorrieron en su tiempo Homero, Virgilio o el peruanísimo Vallejos, el de los Heraldos Negros, aquel que dijo: “Hay golpes en la vida tan fuertes... yo no sé. Golpes como del odio de Dios... Y el hombre... Pobre... Pobre! Vuelve los ojos, como cuando por sobre el hombro nos llama una palmada; vuelve los ojos locos, y todo lo vivido se empoza, como charco de culpa, en la mirada...” Y que moriría luego en París carcomido por el hambre y su sombra: la tuberculosis.

Pareciera que en todas las épocas la miseria ha sido la musa carnal de los poetas, la que dicta, o que traduce, las penurias de quienes no pueden dejar de gritar la relación personal del ser humano con el mundo que lo rodea y con su propio destino. Mientras tanto, dejemos que las leyes económicas juzguen a las Sociedades Anónimas; para las distintas manifestaciones del arte no son nada más que eso, anónimas y de responsabilidad limitada. Procuremos con un poco de cordura y mucho afán que nuestra cultura no muera en los humedales de los marginados de espíritu y no dejemos que nuestras bibliotecas, museos y librerías sean sucursales, ni se transformen en una vorágine desenfrenada similar a la que suele campear por los mercados bursátiles de Nueva York, París, Londres o Tokio.

Algunos pensadores afirman con razón, que los intelectuales se hallan en crisis y que esto se debe a un proceso lento de domesticación que lleva a la conversión de una intelectualidad crítica e independiente a otra intelligentzia dependiente y cortesana. Así mismo sucede, creo yo, con muchos artistas y literatos contemporáneos, pues son ellos —las minorías de siempre, al decir de Juan Ramón Jiménez— los que plasman en lienzos y libros, el genio y figura de esta nueva decadencia.

El autor es médico

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