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Cada vez que se presenta un problema, se propone un diálogo
para resolverlo, y como son tantos los problemas nacionales
que no se pueden o no se quieren resolver, los políticos
de cada bando viven proponiendo diálogos que normalmente
terminan en monólogos paralelos, por lo que se recurre
a un tercero que actúe como mediador o facilitador. El
riesgo estriba en desgastarse hablando o, lo que es peor,
en malgastar la eficacia de los interlocutores válidos.
Políticos allegados al gobierno, aunque ajenos a la administración
pública, han propuesto un diálogo nacional que la oposición
ve con reservas. La Iglesia católica, por su parte, ha
aceptado mediar en él después de mucho pensarlo, y la
presidenta lo ha acogido proponiendo temas específicos
que no parecieran gozar del apoyo ni de la oposición ni
de la opinión pública. Quiera Dios que todo esto no termine
en mucho ruido y pocas nueces, y es que si cada quien
hiciera lo suyo, teniendo siempre en miras el bien común,
no habría tanta necesidad de conversar y sí suficiente
tiempo para actuar.
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