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Desde que cayó la dictadura, la información que
durante dos décadas utilizó y generó el régimen militar,
ha estado envuelta en un halo de misterio. Confiscadas
primero por el ejército estadounidense, transferidas al
gobierno panameño después, hay miles de cajas -en suma,
quizás, unas diez mil- que contienen una serie desconocida
de documentos y piezas informativas que con toda seguridad
arrojan luz sobre qué hicieron las autoridades en ese
periodo, cómo lo hicieron, y bajo las órdenes de quién.
Este es el material que necesita procesar la Comisión
de la Verdad para profundizar sus hallazgos y que inexplicablemente
se encuentra custodiado por el Servicio de Protección
Institucional (SPI) sin posibilidades de acceso para los
miembros de la comisión. La presidenta debe ordenar que
toda esa información sea puesta a disposición de la Comisión
de la Verdad para que ésta pueda proceder, por medio de
un equipo técnico, a identificar y clasificar las piezas
documentales que tienen relevancia en los casos de asesinato,
desaparición y tortura que investigan los comisionados.
La comisión bien puede ser el custodio temporal -mientras
se encuentre en funciones- de toda esa información acerca
del más oscuro de los periodos de nuestra historia. ¿O
es que hay alguna razón para que también este gobierno
resista el intento de dar a conocer datos precisos sobre
cómo operaba la dictadura?
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