Panamá, 20 de julio de 2001
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La opinión pública y la nube negra

La percepción sobre corrupción es geométricamente mayor que la realidad; pero por falta de atención inmediata y proactiva del Gobierno, se percibe como real

I. Roberto Eisenmann, Jr.

En este mundo moderno de la información instantánea, se producen percepciones igualmente instantáneas que, en la mayoría de los casos, tienen muy poco que ver con la realidad. Sin embargo, para la opinión pública, estas percepciones son la realidad. Por eso, en términos de opinión pública, el deterioro de los gobiernos se produce hoy en una forma casi que brutal.

“Opinión pública” —escuché una vez— no es más que la suma de nuestras perezas mentales individuales. Dicho en otras palabras, la agitada carrera de nuestras vidas no ofrece tiempo para profundizar en ningún tema que no sea el de nuestra vida individual. Los demás temas —nacionales o internacionales— son vistos de “pasada” y nos formamos una opinión a la ligera que, sin embargo, pensamos que es “profunda”.

Una de las cosas que muestra con dramatismo lo que digo es la recién anunciada “racionalización del gasto público”. El Gobierno, al igual que todos los ciudadanos a los que se debe, tiene menos ingresos de los esperados. En lo que yo considero una tarea de suprema responsabilidad, el Ministerio de Economía, luego de un estudio profundo y correcto, determina la necesidad de racionalizar el gasto para no tener que afectar la inversión social y a la vez terminar el año sin déficit; lo que equivale a no gastar más de lo que ingresa a las arcas del Estado.

Los analistas de los mercados financieros aplauden esta decisión en forma casi unánime y recomiendan a sus clientes invertir y mantener documentos de deuda soberana de la República de Panamá. Estos son los hechos; pero entonces, veo en las noticias de la televisión que, al preguntar a cinco o seis panameños en la calle, “¿qué le parece —pregunta el periodista con voz severa y ceño fruncido— el programa anunciado por el Gobierno de racionalización del gasto público?”, cinco de los seis contestaron en forma rápida y veloz: “No estoy de acuerdo”, y allí quedó. ¿No están de acuerdo con que el Gobierno no gaste lo que no tiene? ¿Opinión pública? Claro que no, pero así quedó.

Es que nadie pregunta si sabían qué significa “racionalización”. De haber preguntado “¿cree usted que el Gobierno no debe gastar lo que no tiene, así como tampoco lo debemos hacer ni usted ni yo?”, seguramente la respuesta habría sido otra y la “opinión pública” sería también otra: una más racional y más apegada a la realidad.

Hace pocas semanas se inició un proceso por iniciativa extraordinariamente responsable de los gremios magisteriales, para lograr un gran consenso nacional sobre la transformación de la educación. El proceso que se iniciaba ese día y que será facilitado por el PNUD, constituye un trabajo vital para la nación que traspasará los límites de este y quizás de otros gobiernos. Pero ¿qué preguntan los periodistas? “¿Cuándo (o sea, qué días de la próxima semana) se esperan los resultados de esta gestión?” Soluciones instantáneas sobre la transformación de la educación, ¡la gran flauta! Y así se forma y se alimenta lo que se llama “opinión pública”.

Hace un tiempo leía en un diario que el presidente Fox de México ha sufrido una gran caída en su nivel de popularidad ya que, luego de seis meses en el poder, no ha podido resolver los problemas de México, producto de 70 años de dictadura partidaria. ¿Qué les parece? El hombre cuyo esfuerzo está haciendo de México una democracia, y que a pesar de ser de derecha nombra como canciller a un prestigioso intelectual de izquierda; un presidente que tiene la habilidad de un discurso casi perfecto y que tiene los mejores relacionistas públicos del sector privado trabajando para él, está hecho leña ¡en seis meses! ¿Opinión pública? Soluciones instantáneas, expectativas imposibles que solo pueden producir desilusión.

Alguien escribió una vez que “elecciones” son aquellos procesos en los que cada tanto elegimos a la persona a la que nos dedicaremos a odiar por el mismo período. O sea, el que quiere que lo quieran no debe meterse a político; aun cuando sabemos todos que esa es precisamente la motivación primaria de todo político (¡contradicciones de la vida!).

Sin embargo, cuando a la “opinión pública” se le ofrece la oportunidad de convertirse en opinión individual, todo cambia. Hace algunas semanas, Mireya Moscoso —sin aviso— paró su carro en el Mercado Público y se bajó, confundiéndose entre la muchedumbre, poniendo a su equipo de seguridad en aprietos. La reacción espontánea de las personas presentes fue de admiración, de contarle sus penurias y aclamarla. Así le ocurre todos los fines de semana cuando de pueblito olvidado en pueblito olvidado va resolviendo problemas sociales, en la única forma que se pueden resolver, uno por uno, comunidad por comunidad, caserío por caserío. ¿Cómo se compagina esto con la “opinión pública” negativa que se tiene del Gobierno? Simplemente, no hay conexión, porque estos (los excluidos) tienen poca voz, y los que tienen mayor voz están muy ocupados odiándola, porque ella no es “como debe ser” —según su criterio— una presidenta”.

Son las contradicciones naturales de la Presidencia moderna que requieren una proactividad inmediata frente a las nubes negras que se forman en la opinión pública; aquellas que arropan con negativismo a toda acción de gobierno.

Este es el caso de la percepción de corrupción que existe hoy en la sociedad. La percepción es geométricamente mayor que la realidad; pero por falta de atención inmediata y proactiva del Gobierno, se percibe como real.

Y ¿cómo andamos los empresarios? Ante el faltante de 51 millones de balboas en un estado financiero privado que afectó a instituciones bancarias por un monto de 120 millones, a empresas suplidoras, a pequeños ahorristas y que retrasó a nuestra incipiente Bolsa de Valores una década, ¿qué dijeron mi Cámara de Comercio, APEDE, CoNEP, etc.? ¿Se compaginan estas acciones de empresarios con el Código de Etica del gremio? ¿Hubo algún acto de expulsión, de condena moral o hubo un silencio cómplice, permaneciendo los códigos éticos como documentos de biblioteca?

Los “maleantes” a los que me referí en artículo anterior son casi todos empresarios, no funcionarios públicos. ¿Qué acción han tomado las entidades empresariales frente al asunto?

El problema, o la oportunidad (porque lo positivo es que por primera vez hay una conciencia colectiva sobre lo negativo e inaceptable de la corrupción), es de toda la sociedad: gobierno, oposición, gremios y sociedad civil. ¿Cuándo nos reuniremos a buscarle una solución de nación?

El autor es presidente de la Fundación Libertad Ciudadana


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