La opinión
pública y la nube negra
La percepción sobre corrupción es geométricamente mayor que la
realidad; pero por falta de atención inmediata y proactiva del
Gobierno, se percibe como real
I. Roberto
Eisenmann, Jr.
En este mundo
moderno de la información instantánea, se producen percepciones
igualmente instantáneas que, en la mayoría de los casos, tienen
muy poco que ver con la realidad. Sin embargo, para la opinión
pública, estas percepciones son la realidad. Por eso, en términos
de opinión pública, el deterioro de los gobiernos se produce hoy
en una forma casi que brutal.
“Opinión
pública” —escuché una vez— no es más que la suma de nuestras perezas
mentales individuales. Dicho en otras palabras, la agitada carrera
de nuestras vidas no ofrece tiempo para profundizar en ningún
tema que no sea el de nuestra vida individual. Los demás temas
—nacionales o internacionales— son vistos de “pasada” y nos formamos
una opinión a la ligera que, sin embargo, pensamos que es “profunda”.
Una de las
cosas que muestra con dramatismo lo que digo es la recién anunciada
“racionalización del gasto público”. El Gobierno, al igual que
todos los ciudadanos a los que se debe, tiene menos ingresos de
los esperados. En lo que yo considero una tarea de suprema responsabilidad,
el Ministerio de Economía, luego de un estudio profundo y correcto,
determina la necesidad de racionalizar el gasto para no tener
que afectar la inversión social y a la vez terminar el año sin
déficit; lo que equivale a no gastar más de lo que ingresa a las
arcas del Estado.
Los analistas
de los mercados financieros aplauden esta decisión en forma casi
unánime y recomiendan a sus clientes invertir y mantener documentos
de deuda soberana de la República de Panamá. Estos son los hechos;
pero entonces, veo en las noticias de la televisión que, al preguntar
a cinco o seis panameños en la calle, “¿qué le parece —pregunta
el periodista con voz severa y ceño fruncido— el programa anunciado
por el Gobierno de racionalización del gasto público?”, cinco
de los seis contestaron en forma rápida y veloz: “No estoy de
acuerdo”, y allí quedó. ¿No están de acuerdo con que el Gobierno
no gaste lo que no tiene? ¿Opinión pública? Claro que no, pero
así quedó.
Es que nadie
pregunta si sabían qué significa “racionalización”. De haber preguntado
“¿cree usted que el Gobierno no debe gastar lo que no tiene, así
como tampoco lo debemos hacer ni usted ni yo?”, seguramente la
respuesta habría sido otra y la “opinión pública” sería también
otra: una más racional y más apegada a la realidad.
Hace pocas
semanas se inició un proceso por iniciativa extraordinariamente
responsable de los gremios magisteriales, para lograr un gran
consenso nacional sobre la transformación de la educación. El
proceso que se iniciaba ese día y que será facilitado por el PNUD,
constituye un trabajo vital para la nación que traspasará los
límites de este y quizás de otros gobiernos. Pero ¿qué preguntan
los periodistas? “¿Cuándo (o sea, qué días de la próxima semana)
se esperan los resultados de esta gestión?” Soluciones instantáneas
sobre la transformación de la educación, ¡la gran flauta! Y así
se forma y se alimenta lo que se llama “opinión pública”.
Hace un tiempo
leía en un diario que el presidente Fox de México ha sufrido una
gran caída en su nivel de popularidad ya que, luego de seis meses
en el poder, no ha podido resolver los problemas de México, producto
de 70 años de dictadura partidaria. ¿Qué les parece? El hombre
cuyo esfuerzo está haciendo de México una democracia, y que a
pesar de ser de derecha nombra como canciller a un prestigioso
intelectual de izquierda; un presidente que tiene la habilidad
de un discurso casi perfecto y que tiene los mejores relacionistas
públicos del sector privado trabajando para él, está hecho leña
¡en seis meses! ¿Opinión pública? Soluciones instantáneas, expectativas
imposibles que solo pueden producir desilusión.
Alguien escribió
una vez que “elecciones” son aquellos procesos en los que cada
tanto elegimos a la persona a la que nos dedicaremos a odiar por
el mismo período. O sea, el que quiere que lo quieran no debe
meterse a político; aun cuando sabemos todos que esa es precisamente
la motivación primaria de todo político (¡contradicciones de la
vida!).
Sin embargo,
cuando a la “opinión pública” se le ofrece la oportunidad de convertirse
en opinión individual, todo cambia. Hace algunas semanas, Mireya
Moscoso —sin aviso— paró su carro en el Mercado Público y se bajó,
confundiéndose entre la muchedumbre, poniendo a su equipo de seguridad
en aprietos. La reacción espontánea de las personas presentes
fue de admiración, de contarle sus penurias y aclamarla. Así le
ocurre todos los fines de semana cuando de pueblito olvidado en
pueblito olvidado va resolviendo problemas sociales, en la única
forma que se pueden resolver, uno por uno, comunidad por comunidad,
caserío por caserío. ¿Cómo se compagina esto con la “opinión pública”
negativa que se tiene del Gobierno? Simplemente, no hay conexión,
porque estos (los excluidos) tienen poca voz, y los que tienen
mayor voz están muy ocupados odiándola, porque ella no es “como
debe ser” —según su criterio— una presidenta”.
Son las contradicciones
naturales de la Presidencia moderna que requieren una proactividad
inmediata frente a las nubes negras que se forman en la opinión
pública; aquellas que arropan con negativismo a toda acción de
gobierno.
Este es el
caso de la percepción de corrupción que existe hoy en la sociedad.
La percepción es geométricamente mayor que la realidad; pero por
falta de atención inmediata y proactiva del Gobierno, se percibe
como real.
Y ¿cómo andamos
los empresarios? Ante el faltante de 51 millones de balboas en
un estado financiero privado que afectó a instituciones bancarias
por un monto de 120 millones, a empresas suplidoras, a pequeños
ahorristas y que retrasó a nuestra incipiente Bolsa de Valores
una década, ¿qué dijeron mi Cámara de Comercio, APEDE, CoNEP,
etc.? ¿Se compaginan estas acciones de empresarios con el Código
de Etica del gremio? ¿Hubo algún acto de expulsión, de condena
moral o hubo un silencio cómplice, permaneciendo los códigos éticos
como documentos de biblioteca?
Los “maleantes”
a los que me referí en artículo anterior son casi todos empresarios,
no funcionarios públicos. ¿Qué acción han tomado las entidades
empresariales frente al asunto?
El problema,
o la oportunidad (porque lo positivo es que por primera vez hay
una conciencia colectiva sobre lo negativo e inaceptable de la
corrupción), es de toda la sociedad: gobierno, oposición, gremios
y sociedad civil. ¿Cuándo nos reuniremos a buscarle una solución
de nación?
El autor
es presidente de la Fundación Libertad Ciudadana