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No hay peor ciego que quien no quiere ver, ni peor
sordo que quien no quiere oír. Hace bastante tiempo -desde
el pasado 28 de mayo- I. Roberto Eisenmann, Jr., en ese
tiempo asesor presidencial, escribió un artículo en La
Prensa, en el cual denunció al “conocido grupito de maleantes
-disfrazados de empresarios, banqueros, diplomáticos,
etc.- que tiene la gran habilidad de incrustarse en todo
gobierno para servirse del Estado”. Por supuesto, la gravedad
de esas afirmaciones fue ampliamente comentada en los
círculos políticos y en los medios de comunicación social.
Pero de allí no pasó. La Dirección Nacional contra la
Corrupción continúa acéfala y el Ministerio Público no
parece darse por enterado de cuáles son sus obligaciones
constitucionales y legales. Los agentes del Ministerio
Público están obligados a investigar las contravenciones
de disposiciones constitucionales o legales y ejercitar
las acciones correspondientes. La denuncia se hizo públicamente,
el contralor general de la República dio los nombres,
el ahora ex asesor presidencial los corroboró y todavía
nada pasa, nada se investiga y ninguna autoridad da explicaciones.
¿Hasta cuándo?
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