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Don Quijote de Las Tablas
Sancionar o vetar la ley sobre textos escolares podría ser una de las decisiones más importantes que tome la señora presidenta
Daniel R. Pichel
En un lugar de Las Tablas, que no quiero recordar cómo se llamaba, vivía un tipo llamado Alonso. Era raro, nunca iba a los carnavales y leía mucho, y por eso se volvió loco... Por muy ridícula que pueda sonar, esta “parodia” de la obra cumbre de la literatura española pudiera perfectamente estar siendo leída por los estudiantes panameños dentro de unos años, si no se hace algo que evite la aberración académica que significa la ley que “obliga” a utilizar libros “elaborados por autores nacionales” en las escuelas básicas y medias de nuestro país.
Independientemente de la nostalgia que implica dejar de usar el Algebra de Baldor, La Tierra y sus recursos o la Biología de Villé, el alcance de esta ley puede llegar a ser mucho mayor de lo que parecieran poder entender quienes la aprobaron.
Panamá, como país abierto a todas las tendencias, ha contado con muchos docentes “no nacionales” que en su momento aportaron lo mejor de su esfuerzo para preparar a los panameños en los campos que ellos dominaban. Como ejemplo tenemos que la Universidad de Panamá se nutrió en sus inicios de profesores “extranjeros” que forjaron generaciones de profesionales de excelente nivel académico. Muchos de estos verdaderos “maestros” adoptaron a Panamá como su segunda patria y echaron raíces en esta tierra.
Lo que implica tener una mente amplia en este sentido lo demuestra Estados Unidos, que ha forjado gran parte de su grandeza en la búsqueda de “los mejores” independientemente de dónde provengan. Así hemos visto cómo Henry Kissinger o Madeleine Albright llegaron a ser secretarios de Estado sin haber nacido en territorio estadounidense. ¿Por qué sería? Y esto ocurre en Estados Unidos, un país con 200 millones de habitantes donde, de seguro, existen muchos “nacionales” preparados y capacitados para ocupar este tipo de cargos. Sin embargo, si en un momento se considera que alguien nacido fuera de su territorio es más apto para ocupar un cargo, simplemente lo ocupa (y curiosamente nadie se queja).
Es inaudito que en una época donde las comunicaciones y la globalización permiten y obligan a un acceso casi inmediato a la información, estemos considerando siquiera cerrar los ojos al mundo y reinsertarnos en nuestra pequeña realidad, simplemente porque algunos “libros hechos en el extranjero tienen datos inexactos sobre Panamá”. No hay duda de que, basado en el que supongo será el “espíritu” de esta ley, será mucho más trascendente para la educación de nuestros estudiantes conocer la historia y desarrollo de la Guerra de los Mil Días, que las consecuencias y repercusiones de la Segunda Guerra Mundial o de la Guerra de los Seis Días en el Oriente Medio.
Por supuesto que se tendrán que mantener obligatorias algunas materias (como Panamá en el Mundo Americano) que, nadie duda, tienen que ser estudiadas con material académico hecho por y para panameños. Geografía, historia y cívica de Panamá lógicamente no podrán estudiarse mejor que utilizando textos nacionales. Sin embargo, disciplinas mucho más especializadas, sujetas a cambios constantes y de gran influencia “global” como serían matemáticas, física, química, biología, español, literatura, filosofía, historia internacional, antropología, etc. deberían (ahora sí por ley) estudiarse de los mejores libros disponibles (sin importar dónde sean hechos), para que logremos algún día mejorar la calidad de la educación de nuestras escuelas.
Esto no significa que tengamos que olvidar o menospreciar lo nuestro. Soy un convencido de que en nuestro país contamos con profesionales, escritores e intelectuales que no tienen nada que envidiar a los de países mucho más desarrollados económica y culturalmente. Pero tampoco podemos ignorar que, en algunas disciplinas, nuestra condición de país pequeño y de limitado desarrollo tecnológico nos impide alcanzar el nivel de especialización necesario para tener textos propios sobre temas de contenido científico y técnico.
Y es que esto de los textos es muy delicado; recuerdo haber leído durante mi secundaria, en un Almanaque mundial que utilizábamos frecuentemente como referencia para geografía e historia universal, que uno de los productos de exportación de Panamá eran las ovejas y el aceite de ballena. ¡Quién sabe qué barbaridades habríamos aprendido de otros países!
Recientemente, le pregunté a un amigo costarricense qué habían hecho sus gobiernos para alcanzar el nivel cultural y social con que cuentan hoy en día. Su respuesta fue muy simple: hace más de 20 años se convirtió a la educación en una prioridad de Estado. Pero “educación” no es solamente colocar computadoras en todas las escuelas; es también mantener a los maestros y profesores actualizados en los nuevos métodos de enseñanza, ofrecerles el mejor material disponible para educar a los alumnos y, sobre todo, reforzarles su papel como elemento primordial en el desarrollo del país. Mientras eso no se haga, no podemos exigir mejores resultados en nuestros estudiantes. Simplemente, no sería justo.
Lo más triste es que cuando analizamos por qué pasan estas cosas, podemos encontrar muchas explicaciones. Una de las más dramáticas es que en Panamá, las acciones de los políticos se miden en función de los posibles votos que puedan representar en las próximas elecciones. Cuando llegamos a los períodos electorales, las razones por las que se apoya o no a un legislador son tan extrañas y absurdas, como si da o no “guaro” en sus mítines, si regala dinero, camisetas o llaveros, si “cae bien o cae mal” o si hizo o no una calle o un pozo. Nunca escuchamos que la decisión se base en las leyes que presentó o apoyó (a menos que impliquen aumentos de salario para alguien), o en hechos tan simples y demostrables como si asistió regularmente a la Asamblea o si se limitó a enviar a su suplente mientras atendía sus negocios privados. Con decisiones legislativas como éstas, es un hecho que las prioridades parecen seguir siendo las “partidas circuitales” y no la labor legislativa en bien del país. Es vergonzoso pero es la verdad y tenemos que convivir con ella.
Ojalá la señora presidenta vete esta ley aunque esta decisión no represente muchos votos ni a favor ni en contra. Lo cierto es que su decisión sobre este tema pudiera ser la más trascendente que le toque tomar en todo su mandato, en lo que se refiere al futuro de las próximas generaciones de panameños. De lo que decida dependerá tal vez que nuestros hijos tengan o no que leer el “Don Quijote de Las Tablas...”
El autor es médico
Además
en opinión
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Aclaración: Aristides Martínez Ortega
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Revoltillo: Guillermo Sánchez Borbón
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Utopía capitalista o utopía
socialista: Marcos G. de Obaldía
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Errata
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Don Quijote de Las Tablas: Daniel R. Pichel
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Por cierto...: Betty Brannan Jaén
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