Panamá, 15 de julio de 2001
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Revoltillo

Guillermo Sánchez Borbón

No tengo espacio, ni tiempo, ni ganas, de contar la historia de las relaciones entre los gorilas venezolanos y sus émulos panameños. Baste con decir que, por orden de Pérez Jiménez, el cerdito, sus militares brindaron un entusiasta asesoramiento a sus colegas panameños en tiempos de Remón. La Policía pasó a llamarse Guardia Nacional. El nuevo nombre no era un simple ejercicio adánico: respondía a una nueva realidad. Tal como lo predije hace casi 50 años, los militares, utilizados por ciertos políticos panameños del pasado para apuntalar gobiernos carentes de la legitimidad que sólo se adquiere limpiamente en las urnas, habían llegado a tener intereses independientes de los políticos y era sólo cuestión de tiempo para que tratasen de tomarse el poder.

De nada de eso hablaré. Hoy quiero limitarme a dar la voz de alerta: el Gobierno panameño, en un incomprensible acto suicida, ha enviado 40 policías a estudiar (¿qué?) a Caracas. ¿Se habrán dado cuenta de lo que hicieron? El fracaso de los partidos ha abierto la posibilidad de que aquí surja un nuevo Hugo Chávez. Y los civiles han puesto en sus manos el arma con que nos arrebatará la libertad y el látigo con que nos cubrirá las espaldas de verdugones. Los gobiernos que siguieron a la caída del narcodictador, además de administrar el Estado, tenían —y tienen— la obligación sagrada de defender la democracia que les entregaron en custodia. Eso quiere decir que deben tener un mínimo de olfato para oler los efectos que tendrán mañana las acciones que tomen hoy. No tienen derecho a equivocarse, porque todos los panameños, aun los que todavía no han nacido, pagaremos las consecuencias de su imprevisión.

***A propósito de ñames. Algunas personas aún están confundidas por el caso Montesinos. Yo voy a explicar cómo sucedieron en realidad las cosas. A su salida de Panamá, Montesinos, luego de una breve escala técnica en Perú, continuó viaje a Venezuela, donde vivió bajo la protección de Hugo Chávez. Y todos contentos. Pero el imperialismo, que nunca duerme, acechaba con sus garras de águila en el aire. El FBI le seguía, en Miami, la pista a un personaje venezolano por no recuerdo qué delito. Pues bien, un día lo detuvo a la salida de un banco. Lo sorprendieron cuando hacía un importante retiro de una cuenta que tenía Montesinos en ese banco. El FBI le propuse un trato: la condena mínima a cambio de que dijera dónde se esconde Montesinos. El tipo aceptó: Montesinos está viviendo en Venezuela —en tal lugar— como huésped oficial, aunque secreto, de Hugo Chávez. Los del FBI, entonces, pasaron la información a los peruanos. Los peruanos confrontaron con ella a los venezolanos. A Chávez no le quedó otro remedio que entregarles el delincuente. Poco después vi-oí a Chávez hablando por televisión. Estaba furioso con los periódicos de su país por haber dado a conocer estos hechos. Acusó a los peruanos de injerencia en los asuntos internos de Venezuela. Y, para demostrar su inocencia, condecoró a su policía secreta, o como se llame, por su sagacidad al descubrir el paradero de Montesinos y entregárselo al Perú. Para que vieran que no mentía, leyó un recorte de periódico, según el cual el FBI reconoció que no había intervenido para nada en la captura de Montesinos. La captura fue obra exclusiva de las autoridades venezolanas, como todo el mundo sabe. El FBI se redujo a localizarlo y a denunciar su paradero a las autoridades peruanas. Por un momento la tensión casi llega al punto de rompimiento. El Gobierno peruano llamó en consulta a su embajador en Caracas. Cuando escribo estas líneas, las cosas parecen haberse calmado. Sería interesante preguntarle a Montesinos cuánto tuvo que pagar por la protección que le brindó el presidente de Venezuela.

Espero, por su bien, que los estafadores locales no hayan echado en saco roto la lección de Montesinos. Ya no hay a dónde ir para disfrutar en paz el producto de sus latrocinios, ni dónde esconderlo. A raíz de su caída, las autoridades bancarias suizas —que tienen mucho que hacerse perdonar— entregaron al Gobierno peruano un informe sobre algunas cuentas cifradas que tenía Montesinos en Zurich. Fujimori hizo bien en asilarse en Japón: si hubiera ido a cualquier otro país, hace tiempo que lo habrían extraditado a Lima.

Ni tiranos, ni aprendices de dictador, ni estafadores expertos tienen porvenir. Ahí tienes tú el caso de Chile. Para librarse de la cárcel, Pinochet debió aceptar que los psiquiatras forenses lo declararan loco, triste fin para quien fue, durante muchos años, el terror de su pueblo.


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