Panamá, 13 de julio de 2001
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Raíces interioranas

TEXTOS: HARRY CASTRO STANZIOLA
FOTOGRAFIAS: TODOS LOS DERECHOS RESERVADOS POR R. LOPEZ ARIAS

Sin peligrosas corrientes, dotado de una profundidad muy adecuada (ya que el agua si acaso llega hasta el abdomen de los entusiastas bañistas), a lo mejor sin traumáticos peñascos en el fondo, y alimentado por no una sino por dos caídas de cristalino líquido, este remanso de un río, un pozo o un embalse provoca la envidia de quienes no podemos gozarlo. ¿Qué más se puede pedir? Quizás que se lleven los caballos antes de que sea tarde. Si por acá hay basuras, tóxicos y contaminantes no se vaya a dañar lo de allá. ¿A dónde es el lugar? Ya nos lo dirán.Y sobre todo si permanece igual. Los mismos deseos para lugares así. Que no los vayan a dañar o a hacer desaparecer.

Aun cuando nuestro interior sea tan idílico y agradable como lo era con anterioridad, no deja de ser en muchos aspectos mejor que esta batahola en que se ha convertido para vivir la capital de la nación panameña.

Y es que la aglomeración de automotores, el ruido que ya casi reemplaza al oxígeno como elemento esencial para vivir, el tránsito infernal, la desaparición de las aceras, el poco respeto por las líneas de seguridad, la soberbia de los conductores, el apuro por llegar a ninguna parte en especial, las ansias infundadas de falsa superioridad, el gusto por todo lo falso, inocuo y efímero, en fin, tantas aberraciones que se han apoderado de los capitalinos, hacen que la vida en Panamá no sea lo que supo ser décadas atrás.

Como lo que provoca es estar bien lejos de todo esto, metido en un río, debajo de frondosos árboles, acostado en una hamaca y tomándose un agua de pipa bien fría, es por eso que hoy les hemos traído una fotografía, que en algo se asemeja a parte de lo anterior.

Si a todo ese panorama añadimos la ausencia de la plaga de teléfonos móviles, de la rampante vulgaridad y de tantas otras diarias mortificaciones, los que están en la foto lo pasaban mejor.

La casa con sus paredes de quincha y techo de tejas, más la escasa vegetación que la rodea, nos vuelven a hacer pensar en ciertas áreas del interior. La niña tiene un peinado de “dos cocas” o sea, las dos porciones en que la raya del medio divide sus cabellos. Nada de peinetas en este caso especial. La inocencia y la calma las refleja en su rostro. La blusa tiene una sola arandela, tal como lo ordenan las polleras llamadas montunas. La falda de tela de zaraza y ornada con florecitas. Ninguna prenda o joya. El sombrero es de los llamados pintados. Volvemos a lo de los pies en el suelo. En algunas re- giones del país y para ese tipo de ves- timenta, algunas mujeres no suelen usar calzado. Lástima que esta jovencita no supo o no le hayan podido decir que dejara a un lado esa fea prenda oscura que no sabemos qué será. Colgada bien arriba en la escalera hubiese quedado mejor. Esperamos que por lo que hasta ahora han leído, no vayan a pensar que somos expertos en vestimentas verná- culas. No hay tal cosa. Nuestra inolvi- dable Dora P. de Zárate, por medio de uno de sus libros, nos ayudó con la do- cumentación.

Porque si se añade el trinar de los pajarillos, el olor y sabor de nuestras abundantes frutas, y la amabilidad y honestidad de las gentes del campo, ¡caramba!, qué más se puede pedir.

Y que no se crea que todo esta diatriba es fruto de lacrimosas nostalgias de este viejo descontinuado. ¡Qué va!

Esta ciudad podrá haber crecido kilómetros hacia adelante y muchos metros hacia arriba, pero ha perdido en elegancia, sinceridad y comodidad.

El cuadro de hoy, lo hemos completado con la sencilla campesinita que tiene los pies en el suelo porque así lo mandaba en ciertas regiones la tradición del lugar. Mas su cara, y de seguro su espíritu, denotan su autenticidad.

¿No existirá un término medio que reúna las ventajas de lado y lado para poder subsistir mejor?

¿En dónde estarán esos verdaderos sabios que nos orienten en cómo vivir?

Volviendo hacia nuestros ríos (si es que es un río lo que mostramos aquí), bien vale la pena revisar un mapa de nuestra nación para observar cómo fue de buena la naturaleza para con nosotros.

Se pueden contar más de dos centenares de cauces de agua atravesando el país.

Y qué nombres más sonoros y propios les supieron acomodar: Sixaola, Changuinola, Tuira, Cricamola, Tabasará, Corotú, Cativé, Ponuga, Chagres, Bayano, Totalú, Mensabé, Pocrí, y otros más.

¿Cuántos de ellos habrán sobrevivido o habrán conservado su limpieza y caudal? Luchemos todos juntos para que no desaparezca la envidiable riqueza que Mamá Natura nos proporcionó.

 
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