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¿De vuelta al futuro?
La complejidad del problema nacional es tal, que no es factible solo hacer conjeturas bien intencionadas
Alberto B. Conte
“Si no sabes para dónde vas, ¿cómo sabes que ya llegaste?” Esta frase ofrecida por un economista durante mis inicios en la inquietud ciudadana por un mejor país, la convertí en mi primera etapa hacia el logro de todos mis ideales y sueños, fueran estos políticos o empresariales. Y es que si no se tiene un objetivo definido desde la necesidad que deseamos vencer, de la realidad posible y un proyecto compartido por todos los que participan del mismo, no salimos de simplemente dar golpes ciegos a la piñata de la esperada riqueza.
Desde su descubrimiento hace más de medio milenio, Panamá y los panameños que desde la época poblamos el país no hemos sido más que dependientes de los poderes que nos rigen. Nadie conoce el nombre de panameño alguno que formara parte de las tripulaciones que en las endebles carabelas partían de nuestras costas en búsqueda de los tesoros del Dabaibe. Eramos servidores de los conquistadores y nos garantizábamos la subsistencia con nuestro trabajo. Ellos, que pensaran cómo satisfacían nuestras necesidades básicas.
Posteriormente, un criollo de gran visión recorrió todos los entornos del nuevo mundo levantando espada y entusiasmos, convenciendo de la conveniencia de la emancipación a gran parte del incipiente continente americano. Mientras los países vecinos y hermanos hacían valer su constitución como repúblicas, Panamá renunciaba a esa ilusión y aceptaba formar parte de otra, dejando a Colombia la labor de velar por nuestra subsistencia. Menos de un siglo después, convertidos en propiedad vendida a la nueva potencia económica que, con una cañonera en cada mar, garantizaba la independencia de una nueva República, pasamos de dependientes colombianos a dependientes del gold roll y del silver roll; de servir a regentes, para servir a todo el mundo. Sin disparos, batallas, ni discursos encendidos, sin presos ni muertos.
Finalmente, el interés imperial norteño, en su afán de controlar las erupciones nacionalistas populares de la época, dio pábulo para que los ejércitos de casi todas las repúblicas del área se tomaran el poder político por la fuerza de las armas, pasándonos a ser dependientes del más destructivo paternalismo de Estado. Esta situación, que duró 21 años con “luchas pacíficas” en lugar de las encarnizadas revueltas centroamericanas, fue aliviada con una cruenta e innecesaria invasión militar que nos dejó en manos de los partidos políticos, caracterizados por su miopía y su voracidad por los tesoros del Estado.
Estos partidos han mantenido las infraestructuras políticas y económicas creadas por la dictadura, sin planes formales para el desarrollo del país y sin esperanzas de coordinar un proyecto nacional. Además, desaprovecharon la oportunidad histórica de hacer la segunda república y alcanzar por fin la victoria.
Dentro de esta realidad histórica, nos encontramos hoy con un país cuyos habitantes carecen de la autoestima necesaria para encontrar soluciones propias a sus problemas, aceptando la dependencia del sector político para resolverlos. La indolencia y el poco interés popular en los problemas reales mantienen a toda la nación inmersa en la actividad política en espera de un puesto público o la oportunidad de hacer un negocio con el Gobierno.
Estamos sumidos en la frivolidad del consumismo, abandonando el empobrecido entorno provinciano para radicarnos en la ciudad capital, aumentando la demanda por más servicios básicos que no se pueden dar, agua, electricidad, teléfonos, escuelas, hospitales, carreteras y transporte. Existe también un aumento de la delincuencia, vicios y pérdida de la identidad regional.
En las condiciones anteriores, es comprensible que las respuestas sociales que promete un gobierno se estrellen contra la imposibilidad de complacer las necesidades de todos los afectados, quienes, en un estado de desesperanza, adoptan una actitud hostil y agresiva. Se trata de una devaluación de su conducta en general, con merma de los valores fundamentales y el irrespeto a la autoridad. No existe autoridad que implemente las leyes, ni reglamentos concebidos para garantizar la convivencia pacífica de las personas; el lamentable “juega vivo” sustituye los conceptos de orden y disciplina que garantizan el respeto que merece cada ser humano. Y en un país donde no hay orden y disciplina, se produce el caos.
Observemos la muestra que da el transporte colectivo. ¡De que hay caos, lo hay!, y la solución no puede ser simplemente volcar millones sino emprender cambios previos al mismo tiempo que se ejecutan programas nuevos.
Nadie puede decir que la solución es fácil. Los empresarios hemos dado muestras de interés en lograrla a través de ejercicios muy serios y competentes como fueron los Bambitos, los Coronados, la propuesta para una estrategia de desarrollo, los foros celebrados hasta el presente y muchos otros trabajos más, con la participación de organismos como el PNUD y la presencia de ex presidentes.
Lo logrado en papel no se ha rechazado, ni se ha aprobado, ni se ha mejorado. Simplemente, los resultados nunca se han dado. En estas circunstancias, ¿cómo sabemos para dónde vamos?
Nos tomó más de 500 años ser como somos y no podemos cambiar de manera inmediata como quien invoca un sortilegio; pero tampoco podemos esperar siglos para cambiar. La difícil situación panameña tiene que ser enfrentada en varios niveles al mismo tiempo. Lo importante es tener un proyecto nacional concebido y refrendado por todos los panameños agrupados en las distintas organizaciones de la sociedad.
Siempre he creído que un pueblo que no tiene sueños ni ideales jamás llega a ser nación. La realidad nos hará ajustar esos ideales pero nunca debemos desecharlos. De aquí que crea que el primer paso sea acordar, no qué país queremos —ya que todos querríamos el mejor—, sino qué país podemos tener, dadas nuestras condiciones, y luego establecer las metas a corto, mediano y largo plazo. Los políticos, integrantes del proyecto, tendrán el deber de cumplir las etapas correspondientes. Podrían cambiar los métodos para lograrlo de acuerdo con sus planteamientos doctrinales, pero no podrían cambiarlo cada nuevo gobierno. Si no hay consistencia, no puede haber logros. Lógicamente, previa evaluación de resultados, se pueden hacer, concertadamente, los ajustes necesarios.
La complejidad del problema nacional es tal, que no es factible solo hacer conjeturas bien intencionadas. La educación, el hogar, los valores morales fundamentales, el desempleo, la emigración, la globalización y el no poder ajustarnos a ella, el juega vivo, la falta de autoridad, de respeto al orden y a la disciplina, la necesidad de políticos y sistemas electorales patriotas y no solo partidistas, la indolencia ciudadana, la pérdida de credibilidad de los poderes nacionales y las instituciones del Estado, las frecuentes acusaciones de corrupción, y mucho más, marcan la necesidad impostergable de concertar ese proyecto a futuro desde hoy. No tendremos otra nueva oportunidad.
El autor es empresario
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