Panamá, 11 de julio de 2001
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El plan Montesinos

Para justificar la aplicación del Plan Colombia, la CIA usó a Montesinos para armar a las FARC y demostrar así el peligro de una poderosa guerrilla financiada por el narcotráfico que amenazaba la estabilidad de la región

ARISTIDES CAJAR PAEZ
acajar@prensa.com

La noticia pasó casi inadvertida. Casi, porque solo apareció en la versión electrónica de la revista Semana, quizás el semanario más importante de Colombia. Y el descubridor del escándalo era nada menos que Germán Castro Caycedo, uno de los más prestigiosos periodistas y escritor de no-ficción de Colombia.

Peor aún: detalles de esa novela de la vida real habían sido revelados previamente a través de las páginas del diario limeño La República. Pero en la euforia mediática de la captura de Vladimiro Montesinos y la posterior controversia con Venezuela por el asunto, las revelaciones de un oscuro capítulo de esa historia, quizás el comienzo del final de la gloria del controvertido ex asesor de inteligencia peruano, quedaron relegadas a un segundo plano.

Pero así fue. La versión de internet de Semana, a mediados de junio del 2001, daba cuenta de declaraciones del jefe de una comisión investigadora del senado peruano sobre el controversial contrabando de armas jordanas que fueron a parar a la guerrilla colombiana, de la mano de militares peruanos, en 1999.

En la entrevista concedida en exclusiva a Castro Caycedo, se revelaba que dicha operación estructurada y dirigida por Montesinos, justo antes de su caída, era en realidad un plan de la Agencia Central de Inteligencia de Estados Unidos (CIA) para justificar el lanzamiento del Plan Colombia.

Todo ello habría ocurrido justo cuando Panamá y Estados Unidos estaban enfrascados en la discusión de la creación de un Centro Multilateral Antidrogas (CMA).

Las palabras de Robinson Rivadeneira, jefe de la comisión investigadora, en su conversación con Castro Caycedo, fueron transcritas punto por punto por Semana. El testimonio es revelador.

El plan

Según cuenta Rivadeneira, en 1998 algunos países que comparten límites con Colombia empezaron a mostrar preocupación por la recién lanzada iniciativa para la llamada guerra contra las drogas denominada Plan Colombia.

Debido a las reservas y al escepticismo que comenzaron a expresar los gobiernos y varios sectores civiles de la región frente a este plan, en Washington se empezó a pensar en formas para demostrar la necesidad de un plan de tal naturaleza.

Una de las opciones que se manejó dentro de la comunidad de inteligencia fue demostrar la gravedad del conflicto y sus consecuencias no solo para Colombia sino para la estabilidad de la región. Se diseñó entonces un plan para fortalecer la capacidad de fuego de las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC), para que estas aparecieran ante los ojos del mundo ya no como una simple guerrilla agazapada en las montañas sino como una temible fuerza revolucionaria capaz de tomar el control de toda Colombia en pocos años, todo ello gracias al financiamiento del narcotráfico.

La inteligencia estadounidense necesitaba a un intermediario lo suficientemente poderoso y hábil para efectuar la operación. La CIA pensó entonces en su antiguo agente y colaborador, cuestionado en forma creciente por otros sectores de la administración estadounidense, pero aún útil y necesitado de respaldo: el asesor de inteligencia peruano Vladimiro Montesinos.

Al parecer, según la investigación, Montesinos les planteó el negocio a las FARC como un asunto de drogas. Les ofrecía la posibilidad de abastecimiento continuo por tiempo indefinido de un amplio y poderoso arsenal, a cambio de droga.

Según la versión, los contactos iniciales entre los agentes de Montesinos y las FARC se iniciaron en Puerto Asís, al sur de Colombia, luego siguieron en un punto de la frontera entre Ecuador y Colombia y posteriormente se finiquitaron en Lima.

La propuesta debió emocionar a las FARC: por una cantidad de droga, cuyas zonas de cultivo de materia prima y procesamiento están bajo control guerrillero, podían obtener cosas que nunca habían imaginado: miles de fusiles, munición, misiles tierra-aire, proyectiles antitanque, etc. Era el aprovisionamiento necesario para una guerra larga.

Según los informes que están en poder de la comisión investigadora, Montesinos se desplazó, en 1999, a la base militar de Güepi, antes del primer vuelo.

“Esa vez, Montesinos ingresó en medio de un impresionante operativo, supuestamente con el pretexto de verificar el desplazamiento de las tropas peruanas a la frontera con Colombia, espectáculo montado por él para presionar a las FARC a comprar el armamento. Hemos comprobado que ese día en la base de Güepi, él se reunió con civiles colombianos (hay algunas identidades)”, señala Rivadeneira.

Montesinos también tenía amarrado el otro extremo del negocio. Tenía contactos con algún personaje del gobierno de Jordania, en Oriente Medio, por medio de un traficante de armas, Sarkis Soghanalian, quien a su vez había realizado trabajos para la CIA con anterioridad. De hecho, el nombre de Soghanalian había aparecido durante las audiencias del senado estadounidense en el caso Irán-Contras, en la década de 1980.

No obstante, la compra de los primeros embarques de armas fue legal, al menos en apariencia. Estaba amparada como una adquisición legítima del Gobierno del Perú. Pero era mentira. Se utilizaron documentos fraguados, se proporcionaron nombres falsos, ni siquiera los membretes de los papeles presentados eran los oficiales. Pero nadie revisó ni cuestionó nada porque la CIA había dado su visto bueno al negocio.

“La Cancillería en Amman nos confirmó que dos funcionarios de la CIA volaron a Jordania y allí dieron el visto bueno a la operación del armamento para las FARC. Nos explicaron que la CIA aprobó todas las credenciales, todos los papeles presentados supuestamente de manera oficial por el Gobierno peruano”, señala el congresista.

“A todo le dijeron sí, a pesar de tratarse de documentos burdamente falsificados. Por ejemplo, una carta de presentación firmada por generales peruanos que nunca existieron, y detalles imperdonables como este: cuando se suscribe un documento de Estado y más aún si es compraventa de armas, resulta elemental verificar primero su veracidad, si quien firma es un ser real. En este caso los jordanos no comprobaron nada”, añade.

La implicación de la CIA parece no dejar dudas, al menos desde la versión jordana del incidente. Voceros de las fuerzas armadas de Jordania le dijeron a miembros de la comisión investigadora del Perú en Amman que "la CIA autorizó esta operación".

Como si no fuera suficiente, el involucramiento de la CIA fue corroborado dos veces, en dos oportunidades diferentes, por Sarkis Soghanalian al diario La República de Lima, en las cuales señala: "La CIA conocía esta información y la CIA aprobó la operación varios meses antes".

Los viajes

Según cuenta, la aeronave que realizó los viajes con las armas realizó escalas repetidas en Argelia, Cabo Verde, Granada y Trinidad-Tobago, y nunca tuvo problemas. La comisión entiende que los aeropuertos de todos esos lugares habían sido contactados por la CIA para permitir el paso expedito de los cargamentos.

Pero si pudieran haber dudas en cuanto a la posibilidad de detectar los cargamentos durante el trayecto por el Mediterráneo o los océanos Atlántico y Caribe, estas se disipan cuando se sabe que la nave, un enorme avión Antonov de carga, penetró en la que quizás sea una de las regiones más vigiladas del mundo: la cuenca del Amazonas.

Radares, aviones espías, posiblemente satélites, todos apuntan hacia esas regiones porque es de allí de donde parte el 80% de la producción de cocaína del mundo. El avión realizó cuatro vuelos clandestinos sobre esa región, y realizó maniobras tan inusuales como el descenso brusco de 30 mil a 2 mil pies para arrojar desde esa altura los cargamentos de armas sobre zonas selváticas infestadas de guerrilleros. ¿Nadie lo vio?

Aparentemente sí lo vieron y aunque se presume que todos sabían de la operación, a alguien en Estados Unidos no le gustó cómo lucía la cosa. La operación se canceló cuando el FBI tuvo acceso a la información de los sistemas de detección de aquella región y presionó a la CIA para que abortara la misión. Pero a esas alturas, la misión estaba cumplida.

Maniobra exitosa

Para el momento en el que llegaron los fusiles a las FARC, estas ya estaban dando una imagen de poderío inusitado a través de los medios de comunicación, que le empezaron a dar una amplia cobertura a las acciones guerrilleras. Era la tentación del fuego que parecía destinada a envenenar las negociaciones de paz que se empezaban a concretar entre el Gobierno colombiano y el grupo rebelde.

 
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