El
plan Montesinos
Para
justificar la aplicación del Plan Colombia, la CIA usó
a Montesinos para armar a las FARC y demostrar así el peligro
de una poderosa guerrilla financiada por el narcotráfico
que amenazaba la estabilidad de la región
ARISTIDES
CAJAR PAEZ
acajar@prensa.com
La noticia
pasó casi inadvertida. Casi, porque solo apareció
en la versión electrónica de la revista Semana,
quizás el semanario más importante de Colombia.
Y el descubridor del escándalo era nada menos que Germán
Castro Caycedo, uno de los más prestigiosos periodistas
y escritor de no-ficción de Colombia.
Peor aún:
detalles de esa novela de la vida real habían sido revelados
previamente a través de las páginas del diario limeño
La República. Pero en la euforia mediática de la
captura de Vladimiro Montesinos y la posterior controversia con
Venezuela por el asunto, las revelaciones de un oscuro capítulo
de esa historia, quizás el comienzo del final de la gloria
del controvertido ex asesor de inteligencia peruano, quedaron
relegadas a un segundo plano.
Pero así
fue. La versión de internet de Semana, a mediados de junio
del 2001, daba cuenta de declaraciones del jefe de una comisión
investigadora del senado peruano sobre el controversial contrabando
de armas jordanas que fueron a parar a la guerrilla colombiana,
de la mano de militares peruanos, en 1999.
En la entrevista
concedida en exclusiva a Castro Caycedo, se revelaba que dicha
operación estructurada y dirigida por Montesinos, justo
antes de su caída, era en realidad un plan de la Agencia
Central de Inteligencia de Estados Unidos (CIA) para justificar
el lanzamiento del Plan Colombia.
Todo ello
habría ocurrido justo cuando Panamá y Estados Unidos
estaban enfrascados en la discusión de la creación
de un Centro Multilateral Antidrogas (CMA).
Las palabras
de Robinson Rivadeneira, jefe de la comisión investigadora,
en su conversación con Castro Caycedo, fueron transcritas
punto por punto por Semana. El testimonio es revelador.
El plan
Según
cuenta Rivadeneira, en 1998 algunos países que comparten
límites con Colombia empezaron a mostrar preocupación
por la recién lanzada iniciativa para la llamada guerra
contra las drogas denominada Plan Colombia.
Debido a las
reservas y al escepticismo que comenzaron a expresar los gobiernos
y varios sectores civiles de la región frente a este plan,
en Washington se empezó a pensar en formas para demostrar
la necesidad de un plan de tal naturaleza.
Una de las
opciones que se manejó dentro de la comunidad de inteligencia
fue demostrar la gravedad del conflicto y sus consecuencias no
solo para Colombia sino para la estabilidad de la región.
Se diseñó entonces un plan para fortalecer la capacidad
de fuego de las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC),
para que estas aparecieran ante los ojos del mundo ya no como
una simple guerrilla agazapada en las montañas sino como
una temible fuerza revolucionaria capaz de tomar el control de
toda Colombia en pocos años, todo ello gracias al financiamiento
del narcotráfico.
La inteligencia
estadounidense necesitaba a un intermediario lo suficientemente
poderoso y hábil para efectuar la operación. La
CIA pensó entonces en su antiguo agente y colaborador,
cuestionado en forma creciente por otros sectores de la administración
estadounidense, pero aún útil y necesitado de respaldo:
el asesor de inteligencia peruano Vladimiro Montesinos.
Al parecer,
según la investigación, Montesinos les planteó
el negocio a las FARC como un asunto de drogas. Les ofrecía
la posibilidad de abastecimiento continuo por tiempo indefinido
de un amplio y poderoso arsenal, a cambio de droga.
Según
la versión, los contactos iniciales entre los agentes de
Montesinos y las FARC se iniciaron en Puerto Asís, al sur
de Colombia, luego siguieron en un punto de la frontera entre
Ecuador y Colombia y posteriormente se finiquitaron en Lima.
La propuesta
debió emocionar a las FARC: por una cantidad de droga,
cuyas zonas de cultivo de materia prima y procesamiento están
bajo control guerrillero, podían obtener cosas que nunca
habían imaginado: miles de fusiles, munición, misiles
tierra-aire, proyectiles antitanque, etc. Era el aprovisionamiento
necesario para una guerra larga.
Según
los informes que están en poder de la comisión investigadora,
Montesinos se desplazó, en 1999, a la base militar de Güepi,
antes del primer vuelo.
Esa
vez, Montesinos ingresó en medio de un impresionante operativo,
supuestamente con el pretexto de verificar el desplazamiento de
las tropas peruanas a la frontera con Colombia, espectáculo
montado por él para presionar a las FARC a comprar el armamento.
Hemos comprobado que ese día en la base de Güepi,
él se reunió con civiles colombianos (hay algunas
identidades), señala Rivadeneira.
Montesinos
también tenía amarrado el otro extremo del negocio.
Tenía contactos con algún personaje del gobierno
de Jordania, en Oriente Medio, por medio de un traficante de armas,
Sarkis Soghanalian, quien a su vez había realizado trabajos
para la CIA con anterioridad. De hecho, el nombre de Soghanalian
había aparecido durante las audiencias del senado estadounidense
en el caso Irán-Contras, en la década de 1980.
No obstante,
la compra de los primeros embarques de armas fue legal, al menos
en apariencia. Estaba amparada como una adquisición legítima
del Gobierno del Perú. Pero era mentira. Se utilizaron
documentos fraguados, se proporcionaron nombres falsos, ni siquiera
los membretes de los papeles presentados eran los oficiales. Pero
nadie revisó ni cuestionó nada porque la CIA había
dado su visto bueno al negocio.
La Cancillería
en Amman nos confirmó que dos funcionarios de la CIA volaron
a Jordania y allí dieron el visto bueno a la operación
del armamento para las FARC. Nos explicaron que la CIA aprobó
todas las credenciales, todos los papeles presentados supuestamente
de manera oficial por el Gobierno peruano, señala
el congresista.
A todo
le dijeron sí, a pesar de tratarse de documentos burdamente
falsificados. Por ejemplo, una carta de presentación firmada
por generales peruanos que nunca existieron, y detalles imperdonables
como este: cuando se suscribe un documento de Estado y más
aún si es compraventa de armas, resulta elemental verificar
primero su veracidad, si quien firma es un ser real. En este caso
los jordanos no comprobaron nada, añade.
La implicación
de la CIA parece no dejar dudas, al menos desde la versión
jordana del incidente. Voceros de las fuerzas armadas de Jordania
le dijeron a miembros de la comisión investigadora del
Perú en Amman que "la CIA autorizó esta operación".
Como si no
fuera suficiente, el involucramiento de la CIA fue corroborado
dos veces, en dos oportunidades diferentes, por Sarkis Soghanalian
al diario La República de Lima, en las cuales señala:
"La CIA conocía esta información y la CIA aprobó
la operación varios meses antes".
Los viajes
Según
cuenta, la aeronave que realizó los viajes con las armas
realizó escalas repetidas en Argelia, Cabo Verde, Granada
y Trinidad-Tobago, y nunca tuvo problemas. La comisión
entiende que los aeropuertos de todos esos lugares habían
sido contactados por la CIA para permitir el paso expedito de
los cargamentos.
Pero si pudieran
haber dudas en cuanto a la posibilidad de detectar los cargamentos
durante el trayecto por el Mediterráneo o los océanos
Atlántico y Caribe, estas se disipan cuando se sabe que
la nave, un enorme avión Antonov de carga, penetró
en la que quizás sea una de las regiones más vigiladas
del mundo: la cuenca del Amazonas.
Radares, aviones
espías, posiblemente satélites, todos apuntan hacia
esas regiones porque es de allí de donde parte el 80% de
la producción de cocaína del mundo. El avión
realizó cuatro vuelos clandestinos sobre esa región,
y realizó maniobras tan inusuales como el descenso brusco
de 30 mil a 2 mil pies para arrojar desde esa altura los cargamentos
de armas sobre zonas selváticas infestadas de guerrilleros.
¿Nadie lo vio?
Aparentemente
sí lo vieron y aunque se presume que todos sabían
de la operación, a alguien en Estados Unidos no le gustó
cómo lucía la cosa. La operación se canceló
cuando el FBI tuvo acceso a la información de los sistemas
de detección de aquella región y presionó
a la CIA para que abortara la misión. Pero a esas alturas,
la misión estaba cumplida.
Maniobra
exitosa
Para el momento
en el que llegaron los fusiles a las FARC, estas ya estaban dando
una imagen de poderío inusitado a través de los
medios de comunicación, que le empezaron a dar una amplia
cobertura a las acciones guerrilleras. Era la tentación
del fuego que parecía destinada a envenenar las negociaciones
de paz que se empezaban a concretar entre el Gobierno colombiano
y el grupo rebelde.
|