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Pop, pop, pop, ¡Popcorn!
Ana Alfaro
Especial para La Prensa
revista@prensa.com
Este fin de semana, mientras veía El sastre de Panam¡ah!, intenté, infructuosamente, de resucitar la vieja costumbre de tirarle tomates podridos a los actores de mal teatro. La derrota de mi ofensiva radicó en el hecho de que en vez de tomates, lo único que tenía a mano era palomitas de maíz, o como prefiero llamarlo, popcorn. Porque por más que defienda la integridad del idioma, lo siento mucho, pero las palomitas ni suenan ni saben tan bien como el popcorn, como el cine tampoco se disfrutaría tanto con, digamos, una tuti con chicharrones.
Hay pocas tradiciones culinarias del norte de América tan arraigadas en la psiquis popular como la de disfrutar los frutos de Hollywood en compañía del más famoso vegetal autóctono de las Américas, porque no quepa duda: de norte a sur, es el maíz el más noble de ellos, y su cultivo tal vez el más antiguo. Su origen más probable son los pastizales mexicanos de hace más de un milenio; desde ahí y entonces, el maíz se ha transformado, adaptado y proliferado. Del rústico pozole azteca a la polenta italiana, muchas son las encarnaciones del maíz, pero pocas representan lo que el popcorn: un ambiente festivo, de ocio, de expectación, que en compañía de esa otra piedra milenaria de la antigastronomía (la Coca Cola, por supuesto), está tan arraigado como el Oscar en la mente del cinéfilo. Pero este manjar de telonero también se puede disfrutar en casa, y probablemente de forma más saludable, ya que en muchos cines utilizan aceite de palma, colorantes y saborizantes artificiales para darle al popcorn ese “rico sabor a mantequilla”.
De colores y calorías
Aunque en el paquete el grano de popcorn venga en blanco y amarillo, es poca la diferencia a la hora de tostarlo. Lo que sí va a hacer diferencia, es el método elegido. El tradicional en paila, el nuevo en microonda, o el ascético en tostadera de aire caliente. Las calorías también varían: desde 50 calorías por cucharada de grano sin tostar hasta casi 500 por paquete de microondas (con sabor a mantequilla), hay para todos los gustos.
En cuanto al método: para el tradicional, con una buena porción de mantequilla y un pringuito de aceite para que no se ennegrezca la mantequilla, se pone a dorar en una paila con la tapa levemente zafada. Hay quienes prefieren el aceite de oliva, pero yo digo, por qué dañar un buen baño de colesterol –eso sí, si busca fibra en la dieta, dé el maíz a los pollos, y cómase usted una ensalada–. El de microondas viene en toda una serie de sabores: mátese usted con su propia mano. Finalmente, el de las tostaderas de aire caliente (hot air poppers) sale bastante insípido. Les aconsejo un poquito de sal; hay combinaciones más esotéricas como la canela con comino y paprika, o si se quiere pasar de gourmet, añádale un poco de parmesano rallado, sal de ajo o de cebolla (o ambas, que esto no es Maxim’s de París), y un toque de tomillo en polvo.
Y alquílese un vídeo (entre menor su estímulo intelectual, mejor), póngase su camiseta más vieja y suéltese la moña, que no todo en la vida tiene que estar a la altura de Sartre y Goethe.
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