Panamá, 11 de julio de 2001
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Un Tartufo en cutarras

Con la mano en el corazón acepto que nunca dejaré de ser un aprendiz

Ernesto Endara

¿Conque te graduaste en la universidad de la vida? ¡Fuácata! Un reglazo de la maestra inmemorial te devuelve al pupitre de estudiante con beca perpetua.

Con la mano en el corazón acepto que nunca dejaré de ser un aprendiz, incluso en tareas donde algunos —deslumbrados por ciertos trucos mágicos que usé— me llegaron a respetar: en calderas, literatura y en básculas. En ninguna de estas artes u oficios me he sentido seguro a plenitud. Es más, siempre tengo la sensación de que sobre mis livianos conocimientos se mueve amenazadora una cuchilla gigantesca como la del péndulo de Allan Poe. En mi descargo diré que a pesar de mis mezquinas habilidades, nunca dañé a nadie, al menos no intencionalmente.

Creo que paso por la vida como un Orgón cualquiera, y como buen Orgón, siempre tropiezo con Tartufos a diestra y siniestra. Hace poco tuve un encuentro con el más clásico de los Tartufos con que he medido ingeniosidades.

Sucedió a raíz del anuncio que puse para vender mi carro. Recibí una llamada y cité al posible cliente en Exedra Books pues allí era fácil estacionarme. Mi amigo Federico me señaló al hombre que había preguntado por mí, me acerqué, hurgaba entre los libros de parasicología. Lo invité a bajar. Era pequeño de estatura y de apariencia humilde. Mi primera impresión fue: ¿de dónde va a sacar este señor 6 mil dólares? Pronto se evaporó esa impresión cuando explicó que era ganadero y que tenía dos camiones.

El carro, dijo, era para regalarlo a su mujer. “Bueno —pensé—, es de esos campesinos que no aparentan lo rico que son”. Examinó el auto meticulosamente, pidió probarlo y acepté. Antes de arrancar la máquina, el hombre inclinó la cabeza sobre el timón y se disparó una oración de la que apenas pude entender trozos como: “Gracias, padre de bondad, por darme la oportunidad de hacer negocios con una persona que ya considero mi amigo y benefactor”. ¡Caramba, el buen hombre me considera su amigo! Se ablanda el Neco de la caja registradora.

La prueba nos llevó hasta el cerro de La Fruta de la Pava (¿se llamará todavía así?), pues quería sentir la potencia del motor. Mi buen carro pasó la prueba serenamente. En vez de regresar a Exedra, el devoto paisano condujo hacia la Avenida Balboa. Le advertí que no regresábamos por el mejor camino. Explicó: “Oh, no se preocupe, vamos al Mercado Municipal a buscar un cheque que me deben. El carro es más de lo que esperaba y lo pagaré de una vez”. Al llegar al Mercado, antes de bajar, volvió a rezar. Confieso que la humildad y el fervor de sus oraciones me impresionó, aunque ya me parecían un poquito excesivas. Mi tolerancia pasó la prueba. Al salir, antes de perderse por el callejón de los quesos nacionales, se detuvo para dar una moneda a un cojo que maldecía en la acera. Al punto pensé: “Apenas regrese le voy a ofrecer una rebaja por esa acción”. Esperé largo rato; por fin apareció con aire compungido: “Que el Señor se apiade de su alma”, rezongó. “¿Qué pasó?” —pregunté—. “Pues que por 10 dólares que debe mi padre no me entregan el cheque del ganado”. “¿Qué se va a hacer?” —dije—. “Regresemos”.

No sé por qué lo dejé seguir manejando. Mi pereza es indeleble. Al tomar la Avenida “B” suspiró y dijo: “Si usted me facilita los diez, cobraría el cheque de 8 mil, lo cambiamos en un Pribanco, le doy sus 6 mil y bendito seguirá siendo el Señor”. Acepté, ya no de tan buena gana. Nuevamente en el Mercado, le entregué los 10 dólares y el hombre se bajó tras nuevas oraciones. No lo volví a ver.

¿Tonto yo o bellaco él? Ambas opciones son certeras. Tras esperar 25 minutos, me fui cocinado en el aceite de la humillación. Por suerte, en la placita Dos de Enero, una carcajada me libró de la maligna rabia. Después de todo, me dije, el ingenio usado para sobrevivir no es el peor de los engaños, y comparado con la corrupción...

Este Tartufo es un virtuoso, pero del teatro. Las molestias, las oraciones y el tiempo que se tomó, unido a una impecable actuación, bien vale 10 dólares; además, me dio tema para una columna con la cual me recuperaré. Sólo me queda advertir: ¡Cuidado con la nueva técnica de los Tartufos!

¿Y el carro? Ya no lo quiero vender.

El autor es escritor

Además en opinión

 
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