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Un gran paso

Los hombres han entrado, una vez más, a los ‘‘mundos de Dios’’. Lo han hecho con el acierto que la ciencia reafirma cuando somete los hechos al escrutinio de la verdad.

HERASTO REYES
hreyes@prensa.com

Siempre existe el temor: ¿será para bien o será para mal? O el otro temor: ¿cambiará el concepto del bien?, ¿lo que ayer era malo hoy será bueno? Todo descubrimiento importante trae inequívocamente cambios en las concepciones éticas y morales que tienen los hombres.

La puesta en conocimiento público de los estudios sobre el genoma humano y el mapa de la vida ha llenado de interrogantes al común de los hombres.

Este descubrimiento, probablemente uno de los hechos científicos más importantes del siglo XXI, es comparable con el llamado descubrimiento de América a finales del siglo XV.

Tanto es así que ahora se estremecen, como en aquel tiempo se estremecieron, todas las concepciones éticas. Por ejemplo: cuando los españoles llegaron a América surgió la interrogante de si los indios tenían o no alma; si no la tenían podían ser tratados como animales y si la tenían debían ser sometidos por cualquier medio al cristianismo. ¿Era lícito, en nombre del rey, usurpar las riquezas en los nuevos territorios? ¿Era correcto desatar una guerra de exterminio contra los indígenas?

Hubo adelanto científico, se comprobó que la tierra era redonda, que existían tierras y mares nuevos; la navegación se lanzó a nuevas conquistas. El mundo cambió. Sus habitantes cambiaron. Todo comenzó a ser distinto.

Ahora, con el descubrimiento del mapa de la vida, muchas cosas comenzarán a ser distintas. La capacidad humana de conocer intimidades sobre las características genéticas de los seres humanos pone en conocimiento de los hombres un potencial de gran valía: para el bien, puede ayudar a determinar la propensión a las enfermedades, por ejemplo; para el mal, puede delatar las debilidades de una colectividad y se podrán profundizar las mismas en perjuicio de los afectados.

Al analizar un descubrimiento como el del mapa de la vida, se requiere comprender en manos de qué sociedad ha caído la responsabilidad de administrar ese conocimiento.

¿Puede una sociedad, dominada por las leyes del mercado, manejar un conocimiento como el recientemente descubierto sin convertirlo en una mercancía?

De convertirse en una mercancía, ¿será el poder del dinero el que determine quién tiene acceso al conocimiento de la trayectoria genética de una persona?

Si eso es así, podrán venderse o permutarse las informaciones del genoma humano. No dejarán de faltar los traficantes de tales informaciones, máxime cuando solo se requiere una pequeña porción de un tejido corporal para obtener la información del genoma de una persona.

Definitivamente que el descubrimiento del mapa de la vida se equipara con los grandes hechos de la ciencia. Todavía la comunidad no ha asimilado plenamente el alcance de los conocimientos que, además, apenas comienzan a salir a la luz pública. Por esta razón faltan por definirse muchas cosas en relación con estos adelantos científicos.

El hombre siempre se ha ocupado en buscar la comprensión del mundo en el que vive. Así ha combinado siempre la investigación de los mundos externos, de la materia y de la vida.

Los pueblos de los tiempos medievales se ocupaban tanto del mundo corporal como del exterior. Así, el hombre, que había mirado siempre el firmamento, comenzó a sistematizar los mapas celestiales.

¿Cómo se mueven los astros? Hubo pueblos, como el ma-ya, que lograron una comprensión bastante completa del movimiento de los astros, de las mediciones temporales y de las predicciones de los fenómenos astronómicos.

En otras latitudes, en Europa, los hombres se preocuparon por mejorar el alcance de la visión del espacio. Así surge, con Galileo Galilei, el telescopio. Y se hizo más fácil determinar las características de muchos astros.

El hombre no dejó de indagar sobre el espacio y los cuerpos celestes. Incluso a mediados del siglo XX se emprendió una carrera por la conquista física del espacio. Un hito importante en ese afán fue la llegada del hombre a la luna.

En este terreno se lanzó al establecimiento de estaciones espaciales, desde las cuales se pueden desarrollar los conocimientos sobre los astros vistos desde el propio espacio.

El hombre también se ha ocupado del estudio detallado de la materia, desde los elementos químicos hasta sus partículas atómicas. La clasificación de los elementos y su ordenamiento, algo así como el mapa de la química, han contribuido al manejo de los conocimientos en este terreno.

Esos estudios llevaron a descifrar hasta el núcleo del átomo y a comprender la poderosa fuente de energía que es. Poderosa y peligrosa. Con las explosiones de las bombas atómicas al final de la Segunda Guerra Mundial, en Hiroshima y Nagasaki, el cuestionamiento de los conocimientos fue implacable: ¿pueden los conocimientos científicos utilizarse para fabricar tales artefactos de muerte?

Ahora el avance mayor, el que se acaba de alcanzar en estos días, está relacionado con la vida. Los conocimientos alcanzados por el proyecto del genoma humano, tras 10 años de estudios e investigaciones, han permitido llegar a las instrucciones codificadas necesarias para el funcionamiento del ser humano.

Los estudios que permiten descifrar los códigos genéticos, a través de un ‘‘mapa’’, marcan las puertas para nuevas conquistas científicas en el minúsculo mundo donde la vida tiene sus explicaciones.

Uno de los científicos que desarrolló el proyecto, Craig Venter, lo explica: ‘‘La identificación del orden de las ‘letras’ (bases del ADN) en nuestro alfabeto genético es tan solo el comienzo de un proceso que no ha hecho más que empezar’’.

Mucho está por verse. Nada en la ciencia es punto final. Pero los avances que ahora se han alcanzado en el conocimiento de la vida, como lo fueron los que permitieron el conocimiento del mundo celestial o de la esencia de la materia, tienen el significado de un gran paso.

Lo que tradicionalmente, por el desconocimiento, se interpretaba como obra de Dios, ahora está en manos y sabiduría de los hombres. La ciencia, en su avance, siempre concurre a los terrenos que la religión había controlado. Ahora la vida deja de ser un misterio, para tener su interpretación, sus códigos y sus mapas.

Es decir que los hombres han entrado, una vez más, a los ‘‘mundos de Dios’’. Lo han hecho con el acierto que la ciencia reafirma cuando somete al escrutinio de la verdad, los hechos.

Con el cotejo de los mapas de la vida de distintas especies animales, la verificación de la teoría de la evolución es irrefutable. Las similitudes en varias secuencias de los códigos de la vida de una mosca, por ejemplo, y de un ser humano permiten comprobar, en el terreno de la más rigurosa indagación científica, que la evolución es la ley de la vida y sus transformaciones.

No solo en los linderos de la ciencia habrá cambios, fruto de los estudios del genoma humano, también en los comportamientos sociales y culturales de los hombres, así como en las disposiciones éticas y legales.

¿Habrá nuevos tipos de familias o la reproducción se ajustará a nuevas reglas? ¿Se respetarán los grupos minoritarios, sin que se les afecte en sus códigos genéticos? ¿Mantendrán los hombres los comportamientos culturales, propios de la tradición humanística, luego de que sepan que sus códigos genéticos pueden ser intervenidos? Mil preguntas surgen...

No es de extrañar que surjan nuevas propuestas de leyes que den garantías del respeto de las normas éticas y de los derechos fundamentales en los proyectos de investigación y en los productos biológicos.

Eso es aceptable si se hiciera. Lo que se cuestiona es la poca capacidad que ha demostrado el actual sistema social para enfrentarse exitosamente a los grandes retos que el avance de la ciencia, como es el caso de la definición del genoma humano, plantea. Del nivel de esa capacidad dependerá que el mapa de la vida sirva a la vida o sirva a la muerte.

Fuente: DOE Human Genome Program y su sitio del web: http://www.ornl.gov/hgmisrcoles 15/3/00PrimeroSegundoTercero

 
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