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El Hospital del Niño: futuro incierto
Este pequeño país no necesita dos hospitales pediátricos; requiere, eso sí, uno bien dotado de personal capacitado y equipo tecnológico de primer nivel
Xavier Sáez-Llorens
Dos acontecimientos venideros podrían impactar negativamente el futuro de nuestro querido Hospital del Niño: la irracional idea de construir otra institución de atención terciaria para los niños asegurados y la selección, presumiblemente a finales de este año, de un nuevo director médico. Si deseamos equiparar la calidad de atención especializada pediátrica en Panamá a la ejecutada en países desarrollados o en ciertos países latinoamericanos de avanzada (Chile, Argentina, Uruguay, Colombia, México y Costa Rica), resultará imprescindible abordar estos dos acontecimientos de forma razonada y transparente. Sería un grave y lamentable error que banderías políticas, intereses mezquinos o amiguismos generacionales dominaran el pensamiento de las personas que tienen el poder de decisión a su cargo.
Al parecer, los directivos de la CSS están decididos a proseguir con su idea de contar con un hospital pediátrico propio. Puedo entender que este deseo emane de los funcionarios pediatras que laboran enclaustrados y diluidos en un hospital general diseñado especialmente para los trabajadores del país (también tuve ese anhelo cuando laboré como residente de pediatría en ese diminuto espacio); lo que no puedo entender es que la directiva de la Seguridad Social, de la cual forman parte empresarios, economistas y autoridades del Ministerio de Salud, esté pensando apoyar ese deseo sin haber forzado un escrutinio público sobre su necesidad real.
Mientras actualmente, en el mundo civilizado, se están reforzando los centros de manejo médico ambulatorio para descongestionar los hospitales especializados, aquí pensamos en duplicar estos nosocomios de referencia. Este pequeño país no necesita dos hospitales pediátricos, sino que requiere uno solo, eso sí, muy bien dotado de personal capacitado y equipo tecnológico de primer nivel. Debemos integrar y fusionar los recursos humanos y económicos de la Seguridad Social y del Ministerio de Salud para elevar el prestigio y nivel de la pediatría panameña a posiciones de vanguardia en América Latina. ¡Qué golpe cruel y funesto para los niños humildes panameños sería retirar o aminorar la contribución monetaria de la CSS al Hospital del Niño!
Recientemente, un médico salubrista de apellido Rangel Martin esgrimió argumentos confusos y poco contundentes apoyando la necesidad de otro hospital infantil. No creo que haga falta elaborarle respuestas detalladas, solo bastaría aclararle varios puntos: el Dr. Esquivel fue un excelente pensador y ejecutor de la pediatría social preventiva (dignas cualidades de un buen ministro de Salud) pero, a mi juicio, pobre visionario de lo que debía ser un hospital especializado para manejar enfermedades infantiles complejas. La descripción que hace el Dr. Rangel sobre la salud materno-infantil de nuestro querido país no parece corresponder a la realidad a la que nos enfrentamos día a día: la planificación familiar es rudimentaria, el abuso infantil se ha incrementado, las cifras de control prenatal son precarias, los partos prematuros y los embarazos entre adolescentes han alcanzado valores sin precedentes, la profilaxis y el tratamiento del sida perinatal todavía no se han implementado de forma consistente, y solo muy recientemente se han incorporado nuevas vacunas al calendario nacional de inmunizaciones (más por presión de pediatras e infectólogos que por iniciativa propia de nuestros salubristas de escritorio). No es que pretenda imitar al modelo médico de Costa Rica, pero deprime pensar que con reservas económicas menores a las nuestras, ellos han podido manejar la atención terciaria de todos sus niños en un solo hospital y bajo el paraguas económico solidario de la Seguridad Social. Finalmente, le vaticino al Dr. Rangel que la deuda moral que tendrán las generaciones aseguradas venideras -si se llegan a ejecutar sus ideas-, será a expensas de una inmensurable deuda inmoral con los niños humildes no asegurados del país.
Para lograr la fusión es menester despojarnos de rivalidades históricas entre los pediatras de ambas instituciones, depurar pensamientos anclados en el tiempo y facilitar un óptimo relevo generacional en los puestos de mando. He oído, en varias ocasiones, a nuestro apreciado director médico asegurar que dejará su mandato este año 2001. Considero que en sus 11 años de dirección, ha tratado de cambiar la imagen puramente social del Hospital del Niño (salas repletas de niños, sectorizados por corregimiento y con problemas de desnutrición, parasitosis e infecciones banales típicas de centros de atención primaria y secundaria), a la de una institución con cierto grado de especialización y sofisticación en su atención al niño afectado por enfermedades complejas. Además, reconozco que su gestión ha facilitado la conducción de estudios de investigación científica que han otorgado prestigio internacional a la institución. Creo, sin embargo, que el principal factor que ha impedido lograr una modernización óptima ha radicado en que los cambios no han sido constantes, año tras año, debido a varias razones: direcciones médicas muy prolongadas (tres directores reales en medio siglo), brechas de tiempo en la incorporación de nuevos especialistas, anquilosis en las jefaturas departamentales médicas y administrativas, desafortunados asesoramientos, fugas de profesionales valiosos debido a contratos parciales y, por supuesto, una falta de concienciación de los gobiernos de turno para incrementar el subsidio proporcionado por el Estado (este subsidio estatal no llega a los 12 millones de dólares, menos de la tercera parte del administrado por el Hospital Nacional de Niños de Costa Rica...sencillamente vergonzoso).
Concuerdo en que el Patronato del Hospital del Niño ha sido garante de la buena imagen pública de la institución y ha evitado que las influencias políticas menoscaben su adecuado funcionamiento. Ha llegado la hora de que este mismo patronato interceda para lograr un acoplamiento atraumático entre la pediatría de la CSS y el MINSA, y para que ocurra una vigorosa y profunda reestructuración del Hospital del Niño en su engranaje interno. Para este último propósito, brindo algunas recomendaciones:
1. Que el nuevo director médico sea seleccionado en base a una terna escogida por méritos académicos, probada honestidad, trayectoria ejemplar y liderazgo. Su período de mando debería ser de cinco años, con posibilidad de una sola reelección si su período ha es exitoso.
2. Aunque existen profesionales capaces dentro de nuestra institución, el nuevo director médico no necesariamente tiene que laborar en el Hospital del Niño. Se podría también realizar, como en Estados Unidos, una búsqueda nacional de médicos pediatras talentosos de mediana edad para ocupar dicho cargo.
3. Las jefaturas de divisiones y departamentos también deben responder a los créditos profesionales mencionados anteriormente. Estas posiciones deben ser evaluadas cada uno o dos años para determinar si las metas propuestas fueron alcanzadas o superadas; de lo contrario, los puestos se someterían a nuevo concurso.
4. Nombrar a los mejores profesionales en su rama y a tiempo completo. Estas nuevas contrataciones tienen que ser efectuadas año tras año para evitar abrir nuevas brechas generacionales y así garantizar la modernización gradual, pero constante, de las ideas y de las actividades hospitalarias. Hay que incorporar a los mejores, aunque no hayan salido de las huestes del hospital.
El Hospital del Niño no es de nadie; es de todos, y estamos en la obligación de engrandecerlo por el bien de los niños y de nuestra patria futura.
El autor es pediatra infectólogo
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