| |
Castigo para el inocente
De ahora en adelante, cada panameño se convertirá en detective privado para ahorrarle trabajo al Ministerio Público
María del Carmen Cabello
ccabello@prensa.com
Los lunes por la noche, a finales de los años 50, se transmitía en la radio local un programa que mis hermanos y yo no nos perdíamos por nada del mundo. Eran relatos de crímenes (uno distinto cada semana) que tenían siempre el mismo desenlace: el asesino era descubierto por la policía después de múltiples peripecias y condenado a prisión. La serie se llamaba El criminal nunca gana, y yo no entendía por qué a mi padre no le gustaba que lo escucháramos. Es cierto que él explicaba que esos programas eran truculentos, que luego teníamos pesadillas por la noche y que nada bueno podíamos aprender, sin embargo, nosotros los encontrábamos de lo más educativo, porque suponíamos que no había mejor lección moral que un criminal descubierto y castigado. También es verdad que hasta que el asesino quedaba detrás de las rejas, el guión ofrecía de todo: adulterios, intrigas mezquinas, hermanos envidiosos, amigos traicioneros, y, por supuesto, la descripción pormenorizada del crimen. No veíamos la sangre, pero tampoco lo necesitábamos. La música y sobre todo la voz del narrador suplían con creces la ausencia de efectos visuales.
De cualquier forma, la idea de que el criminal nunca ganara y de que se hiciera justicia lunes tras lunes, era muy tranquilizadora, aun cuando al muerto no lo resucitara nadie. La idea tenía el mismo efecto consolador que esas frases que solemos pronunciar cuando somos víctimas de un atropello y la impotencia nos carcome el alma: “El que está allí arriba sabe, y este (el injusto) recibirá su merecido”. O esta otra: “El mundo da muchas vueltas; algún día se sabrá la verdad”, pero mientras eso llega, la injusticia ya ha minado nuestro espíritu, la rabia nos ha agriado el carácter y el rencor nos ha enturbiado la mirada.
En Panamá, sin embargo, las cosas van camino de arreglarse. La señora presidenta ha reconocido al parecer que el Ministerio Público es una nulidad para investigar los casos de corrupción, y en vista de ello, se llamará a los que la denuncien de una u otra forma y se les exigirán las pruebas. Ahora nos vamos a convertir todos en detectives privados, y como no sepamos hacerlo bien, que no sabremos, quedaremos en chirona o pagando una fianza por habladores, es decir, acusados de calumnia e injuria, que es la acusación preferida del procurador. Ya se pueden preparar los periodistas. Lo que ha ocurrido hasta ahora es una película de Disney comparado con lo que se avecina. Y los propietarios de los medios deben ir haciendo planes para nombrar personal sustituto. El que tienen en la actualidad en planilla va a estar muy ocupado recopilando pruebas no para sus trabajos de investigación periodística, sino para que la Procuraduría no gaste sus recursos en lo que otros pueden hacer gratis y bajo amenaza.
El asunto se parece mucho a lo que suele ocurrirle a una mujer que, cuando es violada, denuncia el crimen a las autoridades y un inspector machista la interroga. Con una chispa de malicia en los ojos, y cuando la mujer tiene aún el sabor del asco en la boca, el investigador le preguntará si no hubo provocación por su parte, si su falda llegaba a la rodilla, o si está segura de que no hubo conatos de coqueteo. Es decir, además de violada por el violador, resultará humillada por el que se supone que debía ser el defensor. Y el asunto guarda también cierta similitud con los casos de mujeres maltratadas por los esposos que no se atreven a decir lo que sucede ni a su propia madre, no vaya a ser que esta encima la regañe por no tener a tiempo la comida del agresor o la ropa lavada y planchada.
La corrupción impide nuestro desarrollo, ofende nuestra dignidad y maltrata a una nación que no lleva visos de levantar cabeza. La corrupción se mastica en el ambiente, encontramos sus huellas a cada paso y sufrimos sus efectos, pero los ofendidos no tenemos derecho a la queja. Por el contrario, nuestras denuncias lastiman a un gobierno que nada hace por sanar nuestras heridas. Y lastiman a los corruptos. Debemos probar por tanto que el violador no fue invitado a violarnos y que hemos preparado un suculento banquete para tener al mafioso contento y que no nos muela a golpes.
Después de todo, ahora entiendo por qué a mi padre no le gustaba que viéramos El criminal nunca gana. No era por una cuestión estética, ni por evitarnos las pesadillas. En su fuero interno sabía que no siempre el criminal paga sus pecados, y quizá trataba de abrirnos los ojos y decirnos que es de ingenuos ir por la vida creyendo que la verdad triunfará sobre la mentira y que en algún momento se hará justicia. Más, cuando puede darse el caso de que seamos castigados por defender causas nobles, mientras el criminal goza de impunidad y de privilegios.
La autora es correctora de La Prensa
Además
en opinión
- Castigo
para el inocente: María del Carmen Cabello
- Horario
judicial: Santander Casís S.
-
La bioética se está quedando
sola: Mario Pezzotti
-
Cuestión de solidaridad: Rodrigo
Mejía-Andrión
-
Errata
-
Ciertas prácticas judiciales: Nelson
Carreyó
|
|