Panamá, 26 de junio de 2001
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El desvanecimiento que interrumpió el discurso de Fidel Castro el pasado sábado no fue la “breve indisposición” que las autoridades quisieron hacer creer. Se trata de algo mucho más serio e inevitable: el peso de los años. Lo grave del asunto es que Castro no parece darse cuenta de que sus días están contados y, por tanto, no ha preparado su inevitable sucesión. Cuba tendrá que cambiar, pero el proceso de cambio podría ser muy traumático si, como parece, se desata una lucha por el poder que podría dividir al ejército y causar una sangrienta guerra civil, probablemente agravada por la intervención extranjera. Cuba está en mora de remozar su sistema político, económico y social, por la sencilla razón de que es incompatible con el mundo de hoy. Los dogmas comunistas hace tiempo se abandonaron y los cubanos, en su mayoría, lo que quieren es dólares que les permitan satisfacer sus necesidades de subsistencia. Lo que hay en Cuba no es la dictadura del proletariado de la que tanto hablaron los teóricos marxistas; simplemente se trata de una dictadura unipersonal que desaparecerá con su fundador. Si el cambio a la democracia no se produce de un modo institucional, ordenado y previsible, Fidel Castro traicionará su responsabilidad como gobernante y como cubano. Ni él es inmortal ni su dictadura tampoco. La terca obcecación, tan característica en la senilidad, no debe cerrar por completo un espacio a la razón. Cuando menos eso le debe a Cuba.

 
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