|
El desvanecimiento que interrumpió el discurso
de Fidel Castro el pasado sábado no fue la “breve indisposición”
que las autoridades quisieron hacer creer. Se trata de
algo mucho más serio e inevitable: el peso de los años.
Lo grave del asunto es que Castro no parece darse cuenta
de que sus días están contados y, por tanto, no ha preparado
su inevitable sucesión. Cuba tendrá que cambiar, pero
el proceso de cambio podría ser muy traumático si, como
parece, se desata una lucha por el poder que podría dividir
al ejército y causar una sangrienta guerra civil, probablemente
agravada por la intervención extranjera. Cuba está en
mora de remozar su sistema político, económico y social,
por la sencilla razón de que es incompatible con el mundo
de hoy. Los dogmas comunistas hace tiempo se abandonaron
y los cubanos, en su mayoría, lo que quieren es dólares
que les permitan satisfacer sus necesidades de subsistencia.
Lo que hay en Cuba no es la dictadura del proletariado
de la que tanto hablaron los teóricos marxistas; simplemente
se trata de una dictadura unipersonal que desaparecerá
con su fundador. Si el cambio a la democracia no se produce
de un modo institucional, ordenado y previsible, Fidel
Castro traicionará su responsabilidad como gobernante
y como cubano. Ni él es inmortal ni su dictadura tampoco.
La terca obcecación, tan característica en la senilidad,
no debe cerrar por completo un espacio a la razón. Cuando
menos eso le debe a Cuba.
|