Panamá, 22 de junio de 2001
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En el pueblo llamado 'Anarquía'

La “Ciudad Gubernamental” solo sirvió para que todos los gamonales se hartaran de plata

Alvaro González Clare

Los gamonales del pueblo estaban divididos en dos grupos cercenados por los intereses partidistas, pero unidos en avaricia. Todos rumeaban la idea de colonizar las fincas que el Estado les había quitado a los gringos, y al mismo tiempo competían entre sí para lograr los favores inmobiliarios del Gobierno de turno.

Un finquero muy vivo convenció a la presidenta de que para consagrar su memoria histórica debería construir, para gloria de la patria, una “Ciudad Gubernamental”. Esta genial iniciativa fue acogida con furor por el grupo dominante, que pretendía desplazar a los finqueros oposicionistas de los jugosos contratos de los que gozaban arrendando los mejores locales a las oficinas del Estado. Convencieron a la presidenta de que, con la plata que se ahorraría en alquileres, podría amortizar la inversión para construir la ciudad gloriosa en su memoria. El monumento cívico no costaría nada, excepto convencer a los agarrados banqueros de que les dieran el préstamo con solo el aval de los contratos de alquiler y llevarlo a cabo a tiempo para poder inaugurarlo antes de que finalizara el periodo de gobierno.

El pueblo Anarquía, colonizado por europeos que solo buscaban oro, enseñaron a los habitantes su cultura transístmica, que tradujeron sin reparo en el territorio como la expresión física de su tacañería. El pueblo estaba construido en la costa, pero de espaldas a una hermosa bahía que habían convertido en el conveniente tanque séptico. El asentamiento era largo y angosto, congestionado en el centro, y sus dos extremos se regaban como una ameba sobre el territorio, ocupado por una interminable repetición de casitas anónimas y casi idénticas. Las angostas y mal trazadas calles, improvisadas a lo largo y ancho de los antiguos caminos de los burros, estaban abarrotadas de carros. El transporte público era una caricatura de servicio. Hacia el norte, los gringos habían vedado los bosques tropicales -por casi un siglo- a la colonización avarienta de los pueblerinos ricos y pobres. El pueblo sin identidad urbana se parecía a un pequeño desordenado Miami, excepto en su centro histórico, donde nació en tiempos de la colonia.

Los oídos de la presidenta fueron cuenteados por el finquero creativo que ideó el negocio, de que no había mejor sitio para construir la “Ciudad Gubernamental” que en el medio del más maravilloso bosque que circundaba el pueblo. Esta propuesta fue aplaudida por los estamentos de seguridad, que a su vez propusieron amurallarla para protegerse de los manifestantes que periódicamente hacían violentas marchas para demandar lo que viniera en gana al líder oportunista del momento. La ciudad tendría una sola entrada y salida para que la nomenclatura burocrática pudiera acceder con facilidad y entera seguridad rutinaria.

El sitio no pudo ser mejor escogido: un peladero de paja blanca en el medio del bosque que sirvió de campamento medio siglo atrás y que supuestamente solo servía para quemarlo todos los veranos. Solo existía el impedimento legal que prohibía el uso del bosque para otros fines que no fueran consecuentes con su naturaleza y los pomposos convenios internacionales que para todos los efectos eran letra muerta.

Los estrategas del grupo creador montaron su plan para lograr la modificación con las triquiñuelas acostumbradas entre los diputados adeptos en el Congreso. Era solo cuestión de ingenio y habilidad política. Mientras tanto, la presidenta comisionó a los arquitectos estrella para diseñar el monumento y la ciudad amurallada, quienes aceptaron sin reparo pero con algunas condiciones para calmar sus conciencias profesionales. El alcalde, un sesudo ecologista que hizo carrera protegiendo los árboles, no podía menos que oponerse a la iniciativa, prometiendo defender el bosque con su vida si era necesario. Este dramatismo político le era muy conveniente a su oportuna oposición. El director de la Oficina del Ambiente ni se dio por enterado.

En el Congreso, la carrera política por consolidar la ejecución de la ciudad en el medio del bosque comenzó a tener una discreta oposición cívica. Esto no era nada del otro mundo en un pueblo donde lo único que valía era mantenerse con vida y conservar el puesto de trabajo. ¿Qué podría importar a los pueblerinos comunes y corrientes si ocupaban el bosque o hacían la ciudad en el medio del pueblo? Eso era cuestión de ricos y entre ellos todos se entienden, decían en las tertulias del barrio.

Los finqueros que promovieron la idea se salieron con la suya y la ciudad monumental se construyó en medio del bosque. Todos los finqueros quedaron satisfechos con la gestión, inclusive los opositores que de alguna forma lograron contratos y concesiones para remendar la pérdida de los jugosos alquileres que tenían con el Estado. Además, las fincas que revirtieron de los gringos quedaron disponibles para repartirlas en otros proyectos. El negocio se hizo para bien de pocos y maldición de muchos.

En la euforia del momento nadie pensó que los burócratas de la ciudad amurallada requerirían de servicio permanente, ya que al fin y al cabo, estos seres comían y hacían todo igual a los demás. Tal cual sucedió en el arrabal de antaño, que se formó alrededor de la ciudad histórica, las casuchas, kioscos, tiendas y fondas se fueron agrupando cerca de la puerta de la ciudad para vender de todo, desde comidas hasta copias; desde lava autos hasta centros de masajes. Y así, con la ceguera característica del alcalde, el bosque alrededor de la ciudad se fue poblando y los árboles cayeron para darle cupo a otro despelote urbano, peor que el que ya existía en el pueblo Anarquía.

La falta de infraestructura llenó la tierra de fluidos nauseabundos y los ríos se contaminaron, dañando el manantial que usaba el pueblo. La cuenca agrícola al otro lado de la vertiente que dividía la montaña de la zona de producción, fuente del principal ingreso de la región, se fue secando poco a poco y la erosión acabó con la capa vegetal. Lo peor del caso fue que la desdichada “Ciudad Gubernamental” en nada ayudó a liberar al pueblo de sus problemas ancestrales, que más bien empeoraron al desocuparse todos los locales de las oficinas públicas que fueron reubicadas. Se creó una clase social nueva: la de los envidiados burócratas que tenían de todo dentro de la ciudad para pasarla bien, excepto tiempo para trabajar. Para los pueblerinos fue peor el remedio que la enfermedad; para lograr cualquier trámite había que tomar un bus expreso que costaba el doble, negocio de algunos de los desplazados finqueros de oposición. Había que caminar como locos dentro de la ciudad que no tenía servicio de transporte interno y que por seguridad les exigía dejar los carros estacionados afuera, excepto los de funcionarios y asesores que tenían preferencias.

Fue tal el fracaso de la “Ciudad Gubernamental”, que el gobierno siguiente intentó trasladar las oficinas públicas de vuelta al pueblo, pero ante la resistencia que hicieron los propios burócratas y los instalados en el arrabal alrededor de la muralla, políticamente les fue imposible resarcir el daño urbano. El pueblo Anarquía perdió el bosque, el manantial y los campos de producción y no ganó nada excepto empeorar la ya sofocante e intolerable vida en el pueblo. La “Ciudad Gubernamental” solo sirvió para que todos los gamonales se hartaran de plata y crearan con su construcción, el fulgor a las mágicas ideas de los políticos criollos desfasados de la vida citadina y de la realidad ciudadana. ¡Qué más daba! Ya vendrían otros gobernantes que en vez de palabras sacarían mariposas por la boca y esta vez propondrían construir una ciudad cultural flotante frente a la costa del pueblo Anarquía.

El autor es arquitecto


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