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De lo efímero a lo importante
El idioma vivo es tan rico en recursos como rica es la vida. El lenguaje periodístico, no obstante, muestra una clara tendencia suicida
María del Carmen Cabello
ccabello@prensa.com
Hace tiempo, en la Universidad de Panamá, una profesora pidió a sus estudiantes que buscaran el significado de la palabra efímero y que construyeran una oración. Suponemos que el poético adjetivo debió de salir a la luz en algún análisis literario, y que en vista de que los alumnos lo desconocían, la docente sugirió la búsqueda. Un aplicado joven investigó y halló. Y como efímero significa pasajero, ni corto ni perezoso armó su frase: “El bus iba lleno de efímeros”. La anécdota me la contó alguna vez Guillermo Sánchez Borbón, y es un claro ejemplo de por dónde andan los tiros en materia de lenguaje. Es decir, lo que en mi tierra se llamaría no tener pajolera idea.
Siempre he sostenido que ejercer un oficio sin los conocimientos necesarios es tan arriesgado como ejercer la medicina sin conocer la anatomía humana, y sin embargo, existe la creencia entre algunos periodistas locales que el dominio del idioma es coto exclusivo de los profesores de español, y que a ellos les basta saber hablar (articular palabras en el caso de la radio y la televisión) o esbozar unas frases en la computadora si de periodismo escrito se trata. Allá que se las arreglen después los editores para lograr, con la premura de la hora de cierre encima, que la noticia se entienda.
Ahora que está en la palestra un nuevo proyecto de ley sobre las normas que deben regir el oficio (proyecto considerado como un retroceso por todo aquel que tenga una ligera idea de lo que es el periodismo), no vienen mal unas cuantas reflexiones acerca del uso que hacen “los trabajadores de la pluma” de su principal herramienta: el lenguaje.
Bien sabido es que aprender las normas gramaticales no es suficiente para escribir con corrección (aunque es evidente que ayuda) y que aparte de la creatividad y la lógica, el periodista necesita un vocabulario rico y preciso del que echar mano. Amén de cultura general. El léxico no se adquiere, como pretenden algunos maestros, engullendo listas de palabras con su correspondiente significado. Método frío e ineficaz que va contra la naturaleza misma del idioma: un organismo vivo formado por un cuerpo (léxico, morfología y sintaxis) y un alma, que no es otra que la idea que se expresa por medio de las palabras.
Precisamente porque el lenguaje es un organismo vivo es tan rico en recursos como rica es la vida. No obstante, el nuestro parece tener una clara tendencia suicida. En una de esas listas antipedagógicas, nuestros comunicadores debieron aprender, por ejemplo, la palabra abordar y todas sus acepciones, y desde entonces en Panamá pocos ciudadanos son los que suben a un avión o se embarcan en un navío, porque casi todos los abordan. Además, nadie va a su casa en taxi porque es una vulgaridad, y justo es decir que queda mucho más elegante volver al hogar a bordo de un taxi. En las reuniones se ha perdido la buena costumbre de tratar temas hasta agotarlos; ahora se habla de ellos solo de pasadita al abordarlos, y hasta los personajes públicos son abordados para que den sus opiniones, por lo que no me extraña que a veces se muestren tan agresivos. Si los reporteros se limitaran a acercarse a ellos, sin esa connotación de guerra naval, mejor nos iría.
La riqueza de léxico se adquiere de dos formas: por medio de la lectura (no vamos a tratar ahora tema tan complejo) y por el oído. Y a favor de este último debo admitir que el regusto cotidiano por las palabras no lo adquirí en las clases de gramática ni leyendo a los clásicos, sino de boca de las empleadas de la casa, muchachas provenientes de pueblitos castellanos que me maravillaban con palabras como vaguada, apero, criba o alféizar. Y si hoy soy capaz de distinguir la diferencia fonética entre pollo y poyo es porque más de una se tomó la molestia de corregir el error de una niña capitalina que no estaba capacitada para tales sutilezas.
Sin embargo, lo que entra por el oído tiene también sus peligros. Hay tópicos que se repiten hasta la saciedad y el cansancio. El agua es sin remisión el “vital líquido”, los incendios son siempre “voraces” y los aguaceros, “torrenciales”. Algún periodista oyó quizá el término propinar y le pareció contundente, y como además olvidó que las armas de fuego disparan, nos contó que al muerto le “propinaron” un tiro, mientras que otro dijo que en un barco venían tres “polizontes”, no tres polizones. Es más, contagiado sin duda por el arranque de Carnaval, un diario tituló su nota de primera plana así: “Arranca la Cumbre de Quebec”.
Y es que justo en el momento en que se pretende dar idoneidad únicamente a los que estén en posesión del correspondiente título universitario de periodismo, sería bueno preguntarse hasta qué punto los licenciados están dispuestos a hacer un esfuerzo personal e intransferible para mejorar lo que escriben.
Nadie, y menos yo, pretende quitar méritos a un oficio tan difícil, ingrato y arriesgado. Pero la evolución se impone, y en nombre de la importancia que tienen los medios de comunicación en el mundo moderno, habría que saber hasta qué punto los que lo ejercen están dispuestos a adoptar una postura autocrítica.
La autora es correctora de La Prensa
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G.
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