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Tanto porque es un derecho ciudadano frecuentemente
desconocido por las autoridades, como porque es una institución
democrática que favorece el ejercicio de las demás libertades,
el derecho a la información debe ser legalmente protegido.
Pero hay una razón, que es quizás en la coyuntura actual,
todavía más importante. Si el Estado panameño reconoce
y protege legalmente el derecho a obtener información
sobre la gestión de gobierno, sobre el uso y manejo de
los recursos del Estado, y sobre la actuación pública
de las autoridades, estaría limitando los posibles los
actos de corrupción que día tras día prosperan al amparo
de la falta de transparencia y el ocultamiento de la información.
La corrupción, se ha dicho tantas veces, hay que prevenirla
no menos que castigarla cuando, fracasados los controles,
se produce. Una ley general de acceso a la información
pública es una de las maneras más efectivas de combatir
la corrupción en las esferas de Gobierno y como tal puede
coadyuvar a la reactivación económica que todos deseamos.
No se trata de un esfuerzo pequeño, pues hay obstáculos
muy difíciles de vencer. Hace falta la voluntad decidida
de los tres órganos del poder: la Asamblea para que legisle,
el Ejecutivo para que cumpla, y el Judicial para que lo
obligue cuando se resista. Es lo que se necesita; nada
más, pero nada menos.
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