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Nos devanamos los sesos tratando de encontrar complejas
fórmulas que fomenten la inversión privada, generen empleo
y aumenten los niveles de consumo de la población, y entonces
nos tropezamos con problemas tan simples como la enorme
resistencia que hay que vencer al momento de hacer trámites
en las oficinas públicas. La creación de empresas grandes,
medianas y pequeñas, requiere todo tipo de permisos; la
actividad más corriente tiene que estar autorizada y aprobada
por una serie de autoridades que disipan una buena parte
del tiempo vital para la producción y circulación de bienes
y servicios, y al final pareciera que el Gobierno es un
gran aparato que tiene la misión de obstaculizar el libre
desarrollo de la sociedad. No podemos engañarnos con la
quimera anarquista de que toda regulación es superflua,
como tampoco debemos perder de vista que el Gobierno no
está estructurado para ser eficiente, no porque las leyes
no lo permitan, sino porque nuestra cultura política ha
hecho de los despachos públicos una especie de botín para
los vencedores del torneo político. Luego nos quejamos
de ello. Carecemos de una cultura profesional y de servicio
en nuestro sistema burocrático. Sin esos ingredientes
no hay verdaderas soluciones. No hay un acuerdo entre
los partidos políticos mayoritarios para darle al Estado
panameño una atención pública eficiente. El día que se
haga, los resultados tendrán seguramente un impacto favorable
para el desarrollo del país.
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