Panamá, 24 de mayo de 2001
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De política

Ignorancia y politiquería

Es difícil comprender que la discusión de un proyecto que busca atender uno de los males más graves de la sociedad, haya devenido en mera riña sexista

Sabrina Bacal

No hay duda de que la supuesta preocupación de los políticos por su imagen personal es una apreciación exagerada. Se suele pensar, por ejemplo, que aquellos que legislan hacen esfuerzos sobrehumanos por mostrar su mejor rostro a los ciudadanos, que son en últimas quienes deciden su permanencia a largo plazo en tan privilegiados cargos. Pero resulta que la cara linda de los políticos suele ocultarse cuando afloran sus instintos más primarios. En estos casos, tanto las poses aprendidas como los discursos “políticamente correctos” se desvanecen ante realidades toscas como el machismo, la ignorancia y la politiquería.

La infundada oposición que tuvo que enfrentar el primer bloque del proyecto de ley sobre violencia intrafamiliar presentado por Teresita Yániz de Arias, fue un claro reflejo de ese hecho. Como también lo fueron las actitudes de algunos parlamentarios que, con más resentimientos que argumentos, le declararon la guerra a una norma que por su innegable valor social, debió haber contado, al menos, con el beneficio de la duda de todos los miembros de la Asamblea Legislativa.

Es presumible que un proyecto que extiende la definición de la violencia intrafamiliar a los campos psicológico, sexual y patrimonial, al tiempo que endurece las penas para los agresores, tenga enemigos ocultos en todos los estratos y regiones. Más aún, en un país en donde cerca del 90% de los homicidios femeninos son atribuidos a personas que mantenían vínculos sentimentales o legales con la víctima. Pero una cosa es la hostilidad latente contra un proyecto de esta índole, y otra muy distinta, que unos legisladores la defiendan sin el menor asomo de vergüenza. Aunque ha quedado claro que la infructuosa oposición a la norma venía directamente de la Presidencia de la República, habría que decir que el antagonismo de ciertos parlamentarios pareció todo menos una exigencia que chocaba contra sus principios.

El arnulfista Francisco Reyes, en supuesta defensa de los “hombres buenos atacados por las mujeres malas”, se dedicó a hacer una extendida apología de la brutalidad masculina. Frases como “es la mujer la que decide, cuándo, cómo y de qué manera se inicia una relación” o “son las mujeres las que nos llevan al machismo”, debían convencer al pleno de que hombres y mujeres son igualmente vulnerables al azote de la violencia en el seno familiar. Menos sutil que su colega occidental, Enrique Garrido condensó su frustración con la norma, a través de la orgullosa exposición del castigo que reciben las mujeres de su raza por “faltas graves”. Los tenebrosos azotes de ortiga buscaban hacer palidecer los tantos otros azotes que, fuera de “leyes ancestrales”, reciben a diario las mujeres panameñas.

Difícil comprender que la discusión de un proyecto que busca atender uno de las males más graves que afectan a esta sociedad, haya sido tratada por algunos como un mera riña sexista o partidista. Nadie niega que la violencia intrafamiliar afecta en algunas ocasiones a los hombres -que también verían reivindicados sus derechos en condición de víctimas-, pero esto no significa que la norma deba ignorar las necesidades específicas de los grupos más golpeados por el flagelo: mujeres, niños y adolescentes.

Hasta hace seis años, la violencia en el grupo familiar no estaba siquiera tipificada como delito. La norma que logró incluirla entre los comportamientos punibles -la ley 27 de 1995-, significó un innegable avance que requiere ahora de modificaciones y refuerzos para que las víctimas puedan ser debidamente protegidas y compensadas. El proyecto de ley 106 aporta una visión más completa y realista sobre las diversas facetas de la violencia que tienen como telón de fondo diferentes tipos de núcleos familiares. Se espera mejorar las medidas de protección a las víctimas e implementar sanciones más efectivas contra los agresores.

En fin, se trata claramente de una iniciativa contra la que el desacuerdo intransigente es a todas luces injustificado. Menos mal que la mayoría legislativa se encuentra esta vez del lado de la sensatez y es poco probable que el pataleo oficialista sea señalado como algo distinto a lo que es: una nefasta combinación de ignorancia y politiquería.

Especial para La Prensa


Violencia doméstica

Manifes-taciones culturales como el machismo y la desigualdad entre el hombre y la mujer están asentadas en nuestra propia formación cultural

Pedro Pereira A.

Cursa en la Asamblea un proyecto de ley que define y penaliza la violencia doméstica. El proyecto fue incoado y prohijado por la Comisión de Asuntos de la Mujer, Derechos del Niño, la Juventud y la Familia.

El proyecto es innovador y polémico porque aborda temas no tratados por la legislación panameña e incorpora conceptos novedosos propios de países altamente avanzados. Y es polémico por cuanto incorpora a la legislación una situación mantenida oculta en la sociedad panameña, como es la violencia doméstica, tratado hasta ahora como una cuestión interna y privativa del hogar.

El proyecto establece una penalización sobre los delitos de violencia doméstica y el maltrato al niño, niña y adolescentes, penas que en estos momentos no podemos definir, porque el proyecto está sujeto a las modificaciones del debate.

Abordar una temática como esta, causa preocupación en una sociedad subdesarrollada como la nuestra. Los esquemas culturales de Panamá son propios del tercer mundo, donde todavía hay valores vigentes que colindan con los avances conquistados por la propia humanidad.

Manifestaciones culturales como el machismo, las desigualdades entre el hombre y la mujer, están asentados en nuestra propia formación cultural.

Claro que hemos avanzado mucho en materia de la igualdad entre la mujer y el hombre. El actual Código de la Familia de 1994, la Ley 40 de 1999 y el Régimen especial de responsabilidad penal para la adolescencia, constituyen un avance que moderniza la legislación panameña. Pero, a mi juicio, la violencia doméstica, la corrupción, la delincuencia, etc. -temáticas de un alto contenido social-, son manifestaciones de las desigualdades sociales, que no se pueden abordar a partir de una óptica estrictamente legal de persecución y penalización. Estos temas hay que tratarlos como enfermedades de una sociedad injusta motivada por las desigualdades.

El aspecto educativo es importante en el tratamiento de estos temas y desgraciadamente nuestra educación marcha de espaldas a la realidad. En las escuelas, que yo sepa, no hay ninguna materia que aborde temas como el derecho de familia, la seguridad social y los derechos del trabajador, los derechos humanos. De manera que los jóvenes que egresan de la educación media están al margen de esta realidad. Pareciera que temas como la violencia doméstica son preocupación de los grupos elitistas que, impactados por los avances de otras latitudes y de nuestras estadísticas, comienzan a plantear preocupaciones. Y esto es bueno.

Pero lo que requerimos es un examen integral de estos traumas y poner en tensión todos los estamentos de la sociedad: educación, cultura, legislaciones, la familia, las iglesias, etc. Pero primariamente sensibilizar a la sociedad y educarla en la solidaridad humana y en las igualdades entre los hombres y las mujeres y en los derechos del niño y el adolescente.

El autor es abogado y miembro del PRD


Foro,ciudadano

El debate de un proyecto de ley que debía concitar el apoyo unánime de la clase política panameña, devino en tempestuoso debate que ha dejado en evidencia lo mucho que queda pendiente en el camino de la igualdad para los hombres y mujeres de esta sociedad.


Lo que ellos opinan

Ileana Golcher

Docente universitaria y periodista Esta ley tiene mucha vigencia y viene a lle- nar una necesidad sentida por una socie- dad saturada de violencia. Independientemente de quién la proponga, lo importante es que los legisladores se empinen por encima de sus diferencias partidistas y respondan a un llamado de la sociedad.

Marco A. Gandásegui

Sociólogo La violencia intrafamiliar es un fenómeno que tiene elementos sociales que pueden explicarlo. La disolución de los lazos solidarios de la familia tradicional y la falta de integración de la juventud en los procesos de producción debilitan el tejido social. Esta situación crea desempleo, pobreza y violencia institucional, y de estos fenómenos se desprende la creciente violencia intrafamiliar. Un debate parlamentario en este contexto sería saludable.


frases de la semana

“La idea de que podamos ser absorbidos por Euro- pa es absolutamente repugnante...”. Margaret Thatcher rechazando los procesos de unión europea.

“No hay ningún vínculo entre el alto el fuego pedido a los palestinos y la congelación de los asentamientos...”. Ariel Sharon en mensaje a la nación.

 

 

 
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