De política
Ignorancia
y politiquería
Es
difícil comprender que la discusión de un proyecto
que busca atender uno de los males más graves de la sociedad,
haya devenido en mera riña sexista
Sabrina
Bacal
No hay duda
de que la supuesta preocupación de los políticos
por su imagen personal es una apreciación exagerada. Se
suele pensar, por ejemplo, que aquellos que legislan hacen esfuerzos
sobrehumanos por mostrar su mejor rostro a los ciudadanos, que
son en últimas quienes deciden su permanencia a largo plazo
en tan privilegiados cargos. Pero resulta que la cara linda de
los políticos suele ocultarse cuando afloran sus instintos
más primarios. En estos casos, tanto las poses aprendidas
como los discursos políticamente correctos
se desvanecen ante realidades toscas como el machismo, la ignorancia
y la politiquería.
La infundada
oposición que tuvo que enfrentar el primer bloque del proyecto
de ley sobre violencia intrafamiliar presentado por Teresita Yániz
de Arias, fue un claro reflejo de ese hecho. Como también
lo fueron las actitudes de algunos parlamentarios que, con más
resentimientos que argumentos, le declararon la guerra a una norma
que por su innegable valor social, debió haber contado,
al menos, con el beneficio de la duda de todos los miembros de
la Asamblea Legislativa.
Es presumible
que un proyecto que extiende la definición de la violencia
intrafamiliar a los campos psicológico, sexual y patrimonial,
al tiempo que endurece las penas para los agresores, tenga enemigos
ocultos en todos los estratos y regiones. Más aún,
en un país en donde cerca del 90% de los homicidios femeninos
son atribuidos a personas que mantenían vínculos
sentimentales o legales con la víctima. Pero una cosa es
la hostilidad latente contra un proyecto de esta índole,
y otra muy distinta, que unos legisladores la defiendan sin el
menor asomo de vergüenza. Aunque ha quedado claro que la
infructuosa oposición a la norma venía directamente
de la Presidencia de la República, habría que decir
que el antagonismo de ciertos parlamentarios pareció todo
menos una exigencia que chocaba contra sus principios.
El arnulfista
Francisco Reyes, en supuesta defensa de los hombres buenos
atacados por las mujeres malas, se dedicó a hacer
una extendida apología de la brutalidad masculina. Frases
como es la mujer la que decide, cuándo, cómo
y de qué manera se inicia una relación o son
las mujeres las que nos llevan al machismo, debían
convencer al pleno de que hombres y mujeres son igualmente vulnerables
al azote de la violencia en el seno familiar. Menos sutil que
su colega occidental, Enrique Garrido condensó su frustración
con la norma, a través de la orgullosa exposición
del castigo que reciben las mujeres de su raza por faltas
graves. Los tenebrosos azotes de ortiga buscaban hacer palidecer
los tantos otros azotes que, fuera de leyes ancestrales,
reciben a diario las mujeres panameñas.
Difícil
comprender que la discusión de un proyecto que busca atender
uno de las males más graves que afectan a esta sociedad,
haya sido tratada por algunos como un mera riña sexista
o partidista. Nadie niega que la violencia intrafamiliar afecta
en algunas ocasiones a los hombres -que también verían
reivindicados sus derechos en condición de víctimas-,
pero esto no significa que la norma deba ignorar las necesidades
específicas de los grupos más golpeados por el flagelo:
mujeres, niños y adolescentes.
Hasta hace
seis años, la violencia en el grupo familiar no estaba
siquiera tipificada como delito. La norma que logró incluirla
entre los comportamientos punibles -la ley 27 de 1995-, significó
un innegable avance que requiere ahora de modificaciones y refuerzos
para que las víctimas puedan ser debidamente protegidas
y compensadas. El proyecto de ley 106 aporta una visión
más completa y realista sobre las diversas facetas de la
violencia que tienen como telón de fondo diferentes tipos
de núcleos familiares. Se espera mejorar las medidas de
protección a las víctimas e implementar sanciones
más efectivas contra los agresores.
En fin, se
trata claramente de una iniciativa contra la que el desacuerdo
intransigente es a todas luces injustificado. Menos mal que la
mayoría legislativa se encuentra esta vez del lado de la
sensatez y es poco probable que el pataleo oficialista sea señalado
como algo distinto a lo que es: una nefasta combinación
de ignorancia y politiquería.
Especial
para La Prensa
Violencia
doméstica
Manifes-taciones
culturales como el machismo y la desigualdad entre el hombre y
la mujer están asentadas en nuestra propia formación
cultural
Pedro Pereira
A.
Cursa en
la Asamblea un proyecto de ley que define y penaliza la violencia
doméstica. El proyecto fue incoado y prohijado por la Comisión
de Asuntos de la Mujer, Derechos del Niño, la Juventud
y la Familia.
El proyecto
es innovador y polémico porque aborda temas no tratados
por la legislación panameña e incorpora conceptos
novedosos propios de países altamente avanzados. Y es polémico
por cuanto incorpora a la legislación una situación
mantenida oculta en la sociedad panameña, como es la violencia
doméstica, tratado hasta ahora como una cuestión
interna y privativa del hogar.
El proyecto
establece una penalización sobre los delitos de violencia
doméstica y el maltrato al niño, niña y adolescentes,
penas que en estos momentos no podemos definir, porque el proyecto
está sujeto a las modificaciones del debate.
Abordar una
temática como esta, causa preocupación en una sociedad
subdesarrollada como la nuestra. Los esquemas culturales de Panamá
son propios del tercer mundo, donde todavía hay valores
vigentes que colindan con los avances conquistados por la propia
humanidad.
Manifestaciones
culturales como el machismo, las desigualdades entre el hombre
y la mujer, están asentados en nuestra propia formación
cultural.
Claro que
hemos avanzado mucho en materia de la igualdad entre la mujer
y el hombre. El actual Código de la Familia de 1994, la
Ley 40 de 1999 y el Régimen especial de responsabilidad
penal para la adolescencia, constituyen un avance que moderniza
la legislación panameña. Pero, a mi juicio, la violencia
doméstica, la corrupción, la delincuencia, etc.
-temáticas de un alto contenido social-, son manifestaciones
de las desigualdades sociales, que no se pueden abordar a partir
de una óptica estrictamente legal de persecución
y penalización. Estos temas hay que tratarlos como enfermedades
de una sociedad injusta motivada por las desigualdades.
El aspecto
educativo es importante en el tratamiento de estos temas y desgraciadamente
nuestra educación marcha de espaldas a la realidad. En
las escuelas, que yo sepa, no hay ninguna materia que aborde temas
como el derecho de familia, la seguridad social y los derechos
del trabajador, los derechos humanos. De manera que los jóvenes
que egresan de la educación media están al margen
de esta realidad. Pareciera que temas como la violencia doméstica
son preocupación de los grupos elitistas que, impactados
por los avances de otras latitudes y de nuestras estadísticas,
comienzan a plantear preocupaciones. Y esto es bueno.
Pero lo que
requerimos es un examen integral de estos traumas y poner en tensión
todos los estamentos de la sociedad: educación, cultura,
legislaciones, la familia, las iglesias, etc. Pero primariamente
sensibilizar a la sociedad y educarla en la solidaridad humana
y en las igualdades entre los hombres y las mujeres y en los derechos
del niño y el adolescente.
El autor
es abogado y miembro del PRD
Foro,ciudadano
El debate
de un proyecto de ley que debía concitar el apoyo unánime de la
clase política panameña, devino en tempestuoso debate que ha dejado
en evidencia lo mucho que queda pendiente en el camino de la igualdad
para los hombres y mujeres de esta sociedad.

Lo que
ellos opinan
Ileana
Golcher
Docente
universitaria y periodista Esta ley tiene mucha vigencia y viene
a lle- nar una necesidad sentida por una socie- dad saturada de
violencia. Independientemente de quién la proponga, lo importante
es que los legisladores se empinen por encima de sus diferencias
partidistas y respondan a un llamado de la sociedad.
Marco
A. Gandásegui
Sociólogo
La violencia intrafamiliar es un fenómeno que tiene elementos
sociales que pueden explicarlo. La disolución de los lazos solidarios
de la familia tradicional y la falta de integración de la juventud
en los procesos de producción debilitan el tejido social. Esta
situación crea desempleo, pobreza y violencia institucional, y
de estos fenómenos se desprende la creciente violencia intrafamiliar.
Un debate parlamentario en este contexto sería saludable.
frases
de la semana
“La idea
de que podamos ser absorbidos por Euro- pa es absolutamente repugnante...”.
Margaret Thatcher rechazando los procesos de unión europea.
“No hay ningún
vínculo entre el alto el fuego pedido a los palestinos y la congelación
de los asentamientos...”. Ariel Sharon en mensaje
a la nación.
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