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La escalofriante noticia de un linchamiento en
Panamá -el primero de que se tenga noticia en el país-
es una señal de alarma que no debe pasar desapercibida.
Históricamente eso ha ocurrido en distintos países y épocas
en que por incapacidad o corrupción se ha perdido la fe
en la justicia, en las autoridades y en la propia ley.
Se trata de una peligrosa regresión a las primitivas prácticas
anteriores a la organización de la autoridad estatal,
que debe ser condenada enérgicamente por los funcionarios
competentes y repudiada moralmente por la conciencia ciudadana.
Quienes participaron en el linchamiento, son asesinos,
y como tales deben ser juzgados y sancionados con el rigor
máximo que la ley permite, para que quede muy claro que
tan bárbara costumbre no puede ser tolerada ni por el
sistema judicial ni por la sociedad. Pero una cosa es
castigar a los infractores de la ley penal y otra, muy
distinta, es analizar la conducta de quienes cometieron
el delito y la determinación de las causas que los motivaron
a reemplazar la justicia por la venganza. Como lo revelan
las encuestas de opinión, en Panamá hay poca fe en la
administración de justicia, su eficacia y su integridad.
Ese gran problema debe ser, en primer lugar, objeto de
sincera autocrítica en el Organo Judicial, quien debe
proponer los correctivos necesarios antes de que sea demasiado
tarde. Cuando la justicia se toma por propia mano, se
rompe el estado de derecho, se quebranta el orden público
y corre grave peligro la convivencia y la coexistencia
pacífica de toda la sociedad. Homo homini lupus: el hombre
es un lobo para el hombre.
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