Panamá, 23 de mayo de 2001
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¿Hacia dónde vamos?

Lo que está por colapsar no es, realmente, el gobierno de turno; lo que se está tambaleando es el país

Juan David Morgan G.

Estamos los panameños conscientes del rumbo que sigue nuestro país?

La pregunta es obligatoria luego de los lamentables, aunque previsibles, acontecimientos de las últimas semanas. Quienes piensan que la solución de los profundos problemas que confronta la sociedad panameña corresponde únicamente al gobierno de turno se equivocan peligrosamente.

No es solamente el gobierno el que está enfermo; es la nación panameña como un todo y, en consecuencia, es el deber de todos los sectores del país contribuir a su recuperación.

La protesta de los estudiantes y de los obreros —que por los métodos utilizados cada vez que salen a la calle más apoyo pierden para sus causas— no fue únicamente contra el alza del pasaje de autobús (aquello de la “unificación del pasaje” no deja de ser otro intento de engaño de quienes insisten en creer que el panameño es tonto). Se está protestando contra un sistema de transporte público que hace tiempo debió desaparecer de las calles y carreteras de nuestro país. Si los cupos de transporte no se negociaran sin escrúpulos; si los autobuses rindieran un servicio eficiente a cambio de la tarifa que cobran; si las autoridades del tránsito velaran porque los autobuses y taxis se mantengan en buenas condiciones; si los famosos diablos rojos y los demás diablillos multicolores no fueran responsables de tanta muerte; en fin, si los panameños contaran con un transporte público aceptable, estamos seguros de que la protesta no se hubiera dado en forma tan explosiva.

El problema del transporte ha existido en Panamá desde siempre y no ha habido gobierno capaz de resolverlo. El gobierno anterior lo intentó sin éxito, a pesar de la fama de autoritario de que gozaba el presidente Pérez Balladares. La razón de la impotencia es muy sencilla: no hay gobierno que por sí solo pueda resolver un problema que está endémicamente enquistado en nuestra realidad nacional. Los que controlan el transporte público saben que cualquier intento de meterlos en cintura tiene que vencer la amenaza de una huelga capaz de paralizar el país.

He aquí el verdadero problema que ningún gobierno se atreve a enfrentar. Pero si el asunto se discute con todos los afectados y estamos dispuestos, todos juntos, a diseñar y apoyar las medidas que deba tomar el gobierno para superar la crisis, entonces la solución es alcanzable.

Otorgar préstamos blandos para que los transportistas adquieran equipos, que en realidad serán de segunda mano porque el dinero no alcanza, lo único que ofrece es un paliativo paternalista que postergará la explosión final. Porque ¿qué ocurrirá cuando se trate de implantar el tan necesario tren rápido, que ya el gobierno nos anuncia y que dejará sin usuarios a los transportistas?

A nadie debe escapar, por otra parte, que el alza del pasaje ha sido una oportunidad de oro para que los obreros y estudiantes protesten contra las denominadas políticas neoliberales de este y los anteriores gobiernos, que han incidido en el aumento del costo de la vida. Y esta es una verdad de a puño.

Solamente hay que encender la radio, la televisión o leer los periódicos para darse cuenta de que lo mismo está ocurriendo en casi todos los países en vías de desarrollo porque hasta ahora los efectos de la globalización han sido negativos: mientras las medidas para alcanzarla producen estragos en los sectores más pobres, los esperados beneficios no se materializan.

¿Significa que debemos cambiar el rumbo? Tengo mis dudas, pero lo que sí resulta obvio es la necesidad de tomar medidas para paliar, en el corto plazo, los efectos negativos de la liberación de los mercados. Es algo que los países del exclusivo club de millonarios del G-7, responsables directos de la evolución de la economía en el mundo, deberían hacer sin mayores presiones, pero, mientras se deciden a ser justos y a dar las instrucciones pertinentes a sus brazos financieros (Banco Mundial, Banco Interamericano de Desarrollo, etc.) es necesario que aquí en Panamá nos sentemos a ver con seriedad qué hacemos para no agravar las condiciones de pobreza en las que subsisten los más necesitados.

Ejemplo claro de lo anterior es la situación que se está presentando con las reformas tributarias. Las IFIS han exigido al Gobierno Nacional, entre otras muchas cosas, la introducción de reformas al sistema tributario que garanticen la salud fiscal del erario. Si no cumplimos ¡adiós préstamos y adiós ayuda financiera!

El Organo Ejecutivo se siente obligado a actuar y prepara reformas con las que nadie está de acuerdo por razones que no es del caso explicar aquí. ¿Qué hacen entonces los funcionarios responsables de la reforma? En lugar de buscar consenso para enfrentar la presión de las IFIS, deciden pasarle el problema a la Asamblea Nacional, sin duda para poder esgrimir la excusa de que “nosotros queríamos cumplir pero el Organo Legislativo no nos dejó”. Como si no se tratara de intereses comunes y de Organos del mismo Gobierno. El resultado, al igual que lo ocurrido con el alza del pasaje, es previsible: manifestaciones en las calles que, más que contra las reformas tributarias, serán cada vez con mayor énfasis contra las imposiciones de las IFIS y las injusticias de la globalización.

Y mientras tanto, la nación panameña —que somos todos— continuaremos sufriendo las consecuencias negativas de vivir en una democracia disminuida por falta de orden público, en la que predominan la inestabilidad y la inseguridad políticas. Porque, a diferencia de lo que opinan algunos cínicos que cuando ven los disturbios y los saqueos exclaman “¡queríamos democracia, ahí la tenemos!”, debemos estar conscientes de que uno de los requisitos fundamentales del sistema democrático es el mantenimiento del orden público, única forma de garantizar el respeto al derecho de los demás.

Es hora pues, de que el Gobierno y los asociados nos percatemos de que la solución de los muy graves problemas que enfrenta nuestro país no será posible sin un verdadero diálogo nacional en el que se replantee el rumbo y si algo hay que rectificar, se tomen sin demora las medidas pertinentes. Lo que está por colapsar no es, realmente, el gobierno de turno; lo que se está tambaleando es el país.

El autor es abogado y escritor

Además en opinión

 
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