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La crisis del transporte público es compleja y
tiene raíces profundas. Al malestar que sienten los usuarios
en relación con la calidad del servicio, se suman ahora
las denuncias cruzadas entre los distintos grupos que
tradicionalmente han manejado las organizaciones de transportistas.
El espectáculo es desalentador porque está en juego la
imagen de una dirigencia que tiene un gran desafío por
delante. Mientras que la comunidad necesita que los empresarios
del transporte se organicen de modo eficaz y modernicen
el servicio, la dirigencia se encuentra inmersa en una
grave falta de credibilidad debido a las acusaciones que
nacen del mismo gremio de transportistas. Las organizaciones
del transporte público han disfrutado de halagadores incentivos
y jugosos subsidios, pero no han sabido construir una
imagen de responsabilidad social y comunitaria; antes
bien, dan la impresión de abrigar en su seno a personas
con muy pocos escrúpulos a la hora de administrar servicios
colectivos. Como siempre, los malos manejos y la incompetencia
le hacen pagar al usuario un precio muy alto. El gremio
debe darse cuenta de que es en su mejor interés aclarar
públicamente sus diferencias, y para lograr eso debe cooperar
con las autoridades. Para ello tiene, con toda seguridad,
el respaldo de los usuarios que tanto claman por un buen
servicio. Si así no lo entienden, sufrirán las consecuencias.
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