|
En Panamá, la teoría de las conspiraciones se ha
utilizado por casi todos los gobiernos y, también, por
quienes aspiran a sustituirlos. Es, después de todo, un
fácil recurso para no asumir las responsabilidades que
la política impone. El supuesto atentado contra Balbina
Herrera y Martín Torrijos terminó en un sainete, en el
cual el informante del supuesto plan, resultó adornado
por notables antecedentes penales. Revelar al país la
existencia de un posible atentado contra dos de las principales
personalidades de la oposición, sin verificar la credibilidad
de la fuente, fue un acto de precipitación inexcusable.
Por supuesto, había que comunicar el posible peligro a
los objetivos de la supuesta conspiración, pero se debió
investigar mucho más la idoneidad del informante, particularmente
cuando la procedencia de la llamada y la identidad de
quien la hacía, ya estaban establecidas. Ante una noticia
como esa, divulgada nada menos que por el presidente de
la Asamblea Legislativa, los despachos de las agencias
internacionales de noticias no se hicieron esperar. Tal
vez los panameños ya nos hemos acostumbrado a los tropicalismos
políticos, pero en el exterior no tienen el beneficio
de ese entrenamiento. Lo único que podemos decir es “My
Name is Panama”. ¡Qué vergüenza!
|