Panamá, 21 de mayo de 2001
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La Presidencia

Solo una visión unificada puede producir una sociedad innovadora que supere todo problema coyuntural

Roberto Eisenmann, Jr.

Desde que ejerzo la función informal y ad-honorem de asesor presidencial, me he vuelto un estudioso de la institución de la Presidencia. No hay ninguna institución ni remotamente parecida a la Presidencia, y no hay escuelas para aprender a ser presidente (a).

Parece claro, por la poca vivencia que he tenido, que aun cuando la encuesta pública continua es un instrumento vital, ejercer la Presidencia de acuerdo con la opinión pública del día, sin una visión larga, puede costarle a el o la presidenta su legado histórico. Es claro también que un buen ingrediente de modestia y un sentido de respeto por la institución de la Presidencia y por el/la ocupante del puesto es igualmente imprescindible. La soledad puede ser un dilema serio para el/la ocupante del puesto. Tener a su lado a una persona sin agenda, que simplemente cuide su figura y su reputación, es importante. Durante la presidencia de Reagan en Estados Unidos hubo lo que llamaron el “factor Nancy”. Nancy Reagan tenía un solo objetivo: cuidar de la reputación y de la figura de su marido frente a la historia. Lo salvó de muchos errores y logró su mayor propósito.

El éxito no parece ser de los presidentes que no cometen errores, sino de aquellos que cometen la menor cantidad de ellos y, quizás más importante, cómo resuelve un presidente(a) sus inevitables fracasos, sobre todo aquellos que tengan una arista ética, para lo cual parece que lo mejor es hacerlo público y resolverlo, o “cortarlo” lo antes posible.

La historia también nos indica que los presidentes más eficaces han experimentado tantos grandes éxitos como grandes catástrofes. En el reciente libro Triunfos y tragedias de la presidencia moderna (compilado por el Centro para el Estudio de la Presidencia de EU), se exponen ejemplos como el de Lyndon Johnson, quien logró pasar una agenda doméstica y a la vez lideró a EU hacia la guerra más trágica de su historia: Vietnam. Nixon, en un acto audaz e histórico estableció relaciones con China; pero el escándalo Watergate acabó con su presidencia. Ronald Reagan le dio nueva energía a la nación, produjo el gran cambio que condujo al fin de la Guerra Fría, y luego cayó en el miasma del caso Irán-Contra. Clinton ejerció una presidencia exitosa durante ocho años, para luego caer en faltas personales que lo desprestigiaron totalmente. Aquí en Panamá Pérez Balladares, a pesar de entrar a la Presidencia con una minoría de votos y una historia política poco edificante, ejerció una presidencia razonablemente eficaz; pero luego la autodestruye con una ciega obsesión reeleccionista prohibida por la Constitución.

La vivencia que he tenido también me ha hecho consciente de los altos costos de la discontinuidad de funcionarios clave, y de políticas entre una administración y otra. En este grave problema, la Carrera Administrativa debería ser el paso lógico, pero los abusos cometidos a su amparo la han desprestigiado como solución. En sus últimos meses, el gobierno pasado atiborró a miles de funcionarios políticos dentro de la carrera, forzando la acción pendular contraria en el gobierno entrante, y ambas acciones, para desgracia del Estado.

Me parece que la solución puede ser la clasificación de puestos clave -que irían a carrera- para la administración del Estado, y puestos políticos de libre remoción, como parte de un acuerdo de todos los partidos en una necesaria política de Estado. Además, hay que organizar honestamente las políticas y proyectos de Estado en que todos los partidos acuerden continuidad, según la Visión 2020 ya acordada por todos los partidos y la sociedad civil.

Temas como el del Canal y su expansión, el consenso sobre la Seguridad Social, el consenso sobre la transformación permanente y continua de la educación, la política marítima del Estado, la estrategia nacional anticorrupción, la política turística, la transformación de la justicia y la del Estado desmilitarizado, son vitales y bastante fáciles de lograr si los partidos trabajan arduamente, empinándose sobre sus banderitas partidarias para izar la tricolor nacional.

Solo una visión unificada puede producir una sociedad innovadora con quilla; una que supera todo problema coyuntural para seguir por el camino seguro acordado por ella misma.

El autor es presidente de la Fundación Libertad Ciudadana

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