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Las inundaciones de las calles en la ciudad de
Panamá que marcaron el inicio de los aguaceros de esta
temporada ayer no son, ni mucho menos, fenómenos naturales.
Es más bien el efecto acumulado del abandono en que se
encuentra la planificación urbana de nuestra capital.
La población crece, pero no aumentan en la misma proporción
los kilómetros que suman nuestras calles y avenidas. Con
el número de habitantes también se incrementa el volumen
de desechos, pero la capacidad de la ciudad para manejarlos
no es necesariamente mejor. El sistema de alcantarillado
pluvial sigue siendo básicamente el mismo que teníamos
hace unas cuatro o cinco décadas y la acumulación de basura
en los desagües lo torna ineficiente de un modo peligroso.
Así, las primeras lluvias causan inundaciones que no se
justifican en una ciudad moderna y que pretende gozar
de una alta calidad de vida. Nuestras autoridades, sin
embargo, están muy ocupadas atendiendo los vericuetos
del poder y descuidan algo tan sencillo como llevar a
cabo las labores preventivas de limpieza de los desagües
pluviales. Todos los años las primeras lluvias nos sorprenden
en la misma situación y ocasionan iguales inundaciones.
Habrá que reiterar este comentario cada año, hasta que
un día los funcionarios competentes actúen previsoramente
y la lluvia solo sea un fenómeno natural, y no un desastre
urbano.
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