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Embriones para experimentar
Si no queremos que la técnica imponga su dictadura, es preciso que la razón ética tenga la palabra
Mario Pezzotti
Las técnicas de reproducción asistida permiten tener hijos a parejas con problemas de esterilidad, pero dejan a muchos bebés en potencia abandonados en un limbo de nitrógeno líquido. La mentalidad tecnológica salta espontáneamente: ya que tenemos miles de embriones congelados, ¿por qué no “aprovecharlos” para experimentar? Sobre este tema di la lata hace poco, pero vuelvo a la carga porque me parece terrible.
La técnica por sí sola únicamente sabe de utilidad. Si no queremos que impongan su dictadura blanda, es preciso que la razón ética someta a críticas las pretensiones de algunos científicos inescrupulosos y las regule mediante normas jurídicas. Pero el problema actual es que el derecho, en materia de bioética, anda bastante perdido; no comprende el fondo del asunto y se queda como un remolque de los hechos: legitima la demanda médica, científica o industrial. Este es otro caso en que podemos decir que el fin justifica los medios. Así, la protección jurídica al embrión humano se va debilitando y desde hace tiempo es perceptible este paulatino deslizamiento.
El último voto a favor de aprovechar para experimentos a los embriones congelados viene del Grupo Europeo de Bioética (GEB), órgano asesor de la Comisión Europea. La cuestión era si la comisión puede autorizar el empleo de los fondos comunitarios destinados a investigación para experimentar con embriones. El dictamen del GEB, hecho público en el mes de noviembre del 2000, sostiene: “Es difícil encontrar un argumento para prohibir este tipo de investigaciones dirigidas a desarrollar nuevos tratamientos para curar graves enfermedades”. Bueno, y en realidad yo también les concedo algo de razón a su astuta excusa, pues es imposible prohibirlas si no se discute primero su real utilidad.
Hace dos años, el GEB se pronunció sobre el mismo asunto, sin llegar a una conclusión tan clara. En esa ocasión, opinó que los experimentos con embriones humanos que implican la destrucción de estos no tenían porqué ser prohibidos a priori. En dos años el embrión no ha cambiando nada, aunque han aumentado las posibilidades de explotarlo. Se diría pues, que es solo cuestión de tiempo, no de principios, quitar las barreras a la manipulación de embriones.
A medida que avanzan las técnicas, crece la presión de la demanda biomédica, y los órganos encargados de establecer las normas acaban cediendo. Al menos ya este trauma se vive en Estados Unidos, Canadá y Europa.
El reciente dictamen del GEB desaconseja, en cambio, el uso de embriones humanos para la clonación “terapéutica”, porque todavía ofrece unas perspectivas demasiado remotas (¡hombre, qué bien!).
Pero la razón es que no quieren entrar a autorizar ni a debatir algo tan remoto por ahora. Sin embargo, están claros de que cuando el modernismo y los tiempos lo aconsejen, no importará la bioética. A la vez, según la presidenta del GEB, la francesa Noelle Lenoir, esta otra técnica suscita temores a “la trivialización del uso de embriones y la presión que se pueda ejercer sobre la mujer como fuente de óvulos”. De modo que el GEB recomienda imponer una moratoria sobre la clonación y, por el momento, impulsar los experimentos con los embriones sobrantes de los procesos de fecundación in vitro. ¿Increíble, verdad?
A pesar de que en Europa han decretado una moratoria para jugar a ser Dios, sí se permite trabajar con la esencia divina -la vida humana, contenida en un indefenso embrión- a fin de experimentar.
Visto el modo de argumentar del GEF y de justificar su proceder, así como la elasticidad de sus dictámenes, cabe prever que esa moratoria no será muy larga. En realidad, la “trivialización del uso de embriones” ha empezado ya. Todavía lo vemos como algo que ocurre por allá, y ¿qué nos toca a nosotros por acá?
El autor es abogado
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Señor de las Moscas en Panamá: Irene Guerra de Delgado
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para experimentar: Mario Pezzotti
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Ros-Zanet
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