Panamá, 11 de mayo de 2001
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El Señor de las Moscas en Panamá

En Panamá, el vandalismo de los últimos días revela símbolos alarmantes

Irene Guerra de Delgado

La literatura es, sin duda, fuente permanente y universal de sabiduría, pues relata las vivencias de las gentes de otros tiempos y espacios, sazonadas por la reflexión, contextualización y elaboración del escritor. Es por ello que la lectura induce al equilibrio de nuestra frágil condición humana.

Cuando William Golding, escritor británico, escribió en 1954 su exitosa novela Lord of the Flies (El Señor de las Moscas), lo hizo como una reacción contra la situación política imperante en tiempos de la Segunda Guerra Mundial. Sin embargo, los hechos y los personajes alegóricos que presenta guardan una estrecha relación con la actualidad.

En una isla desierta, un grupo de niños náufragos de entre 5 y 12 años tratan de sobrevivir en espera de ser rescatados. La convivencia pacífica encuentra serios obstáculos en la naturaleza irracional y agresiva de unos pocos que, por medio del terror, someten al resto del grupo. Fracasan todas las tentativas de someterse a las reglas democráticas: un liderazgo constructivo, el orden, las asambleas de consulta, la necesidad de obtener alimento en forma justa y ordenada, la urgencia de mantener el fuego ardiendo como la única posibilidad de ser rescatados.

A pesar de que solo a través del orden y el respeto de las reglas podrían salvarse, el caos prevalece; lo que en este grupo de niños demuestra que el hombre se entrega a la anarquía al carecer de las reglas impuestas por la sociedad. Golding crea en esta novela un microcosmos caótico donde la fuerza bruta predomina sobre el orden.

El temor y las pasiones llevan aun a los más cuerdos, a apedrear, atacar, y destruir bienes y personas, llegando incluso al asesinato de su compañero más indefenso, Simón, quien es el único que reconoce el llamado de la “bestia” encerrada en cada uno de ellos y trata de liberarse de ella.

Los disturbios de los últimos días nos llevan a una reflexión profunda que nos trae a la memoria pasajes de la novela de Golding. Los jóvenes que se volcaron a las calles, desafiando el orden y la autoridad, amenazando la vida de todos y hasta la suya propia, son como los niños de El Señor de las Moscas: algunos deseosos de liderazgo a cualquier precio, otros confundidos idealistas, pero la gran mayoría son jóvenes arrastrados por esa anónima ola de pasión colectiva.

Entre los innumerables símbolos de la novela, sobresalen aquellos que representan la lucha entre el orden y el caos. El Señor de las Moscas es esa bestia oculta que tiende a cegar la razón. La violencia de un grupo se expresa tirando piedras con rostros ocultos y silenciando a aquellos que discrepan con las ideas de los violentos.

Una vez destruidos los anteojos de uno de los personajes, se anula con la capacidad de análisis. Así, uno tras otro, se destruyen todos los símbolos de la razón, como la concha que otorga el derecho a voz en una sociedad democrática. Después del descubrimiento del paracaidista muerto en otra parte de la isla, los jóvenes comprenden que carecen de supervisión adulta y se entregan a la anarquía más violenta. Solo queda la extinción de la fogata, única esperanza de salvación.

Al final, sin fuego y agotados, con sus pecados a cuestas, el regreso de estos niños a la civilización sería materia de otra novela, jamás escrita por Golding.

En Panamá, el vandalismo de los últimos días revela símbolos alarmantes, comparables a los de la novela: carros destruidos, personas agredidas anónimamente, niños afectados, policías apedreados (yo misma fui brutalmente agredida y mi carro destruido, cuando el primer día de vandalismo regresaba de la Universidad, donde me encontraba, irónicamente, preparando mis clases de literatura). Y todo, en nombre de una causa que, como el fuego de El Señor de las Moscas, se apagará al dejar suelta la bestia de la violencia.

La autora es catedrática universitaria


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