Panamá, 11 de mayo de 2001
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Al fin, la presidenta de la República rompió el silencio. Se esperaba que abriera avenidas para el diálogo y el entendimiento, pero se limitó a reiterar posiciones que en lugar de conjurar la crisis, pueden acentuarla. Es un hecho público y notorio que una pequeña minoría tiene una agenda distinta de la que congregó a la mayoría de los participantes en la concurrida marcha del miércoles pasado. Los manifestantes se pronunciaban contra la llamada unificación del pasaje, por considerar que el transporte colectivo no había hecho lo indispensable para merecerlo. No marchaban contra las políticas neoliberales, la supuesta privatización de la Caja de Seguro Social ni la del IDAAN y, menos aún, por un cambio de sistema político. Simplemente, se sentían agraviados por la imposición de una medida que no piensan que resolverá los múltiples y graves problemas de los desventurados usuarios del transporte colectivo. Tampoco estuvieron de acuerdo con la represión y la enorme cantidad de gases lacrimógenos que afectaron a muchísimas personas, participaran o no en la manifestación, lo que, en más de un sentido, contribuyó a distraer a la Policía y a crear el caldo de cultivo para el vandalismo y los saqueos posteriores. En retrospectiva, muchos de los lamentables hechos ocurridos pudieron evitarse. Aprendamos la lección para que la manifestación convocada por las mismas causas, para la próxima semana, no tenga similares resultados.

 
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