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Al fin, la presidenta de la República rompió el
silencio. Se esperaba que abriera avenidas para el diálogo
y el entendimiento, pero se limitó a reiterar posiciones
que en lugar de conjurar la crisis, pueden acentuarla.
Es un hecho público y notorio que una pequeña minoría
tiene una agenda distinta de la que congregó a la mayoría
de los participantes en la concurrida marcha del miércoles
pasado. Los manifestantes se pronunciaban contra la llamada
unificación del pasaje, por considerar que el transporte
colectivo no había hecho lo indispensable para merecerlo.
No marchaban contra las políticas neoliberales, la supuesta
privatización de la Caja de Seguro Social ni la del IDAAN
y, menos aún, por un cambio de sistema político. Simplemente,
se sentían agraviados por la imposición de una medida
que no piensan que resolverá los múltiples y graves problemas
de los desventurados usuarios del transporte colectivo.
Tampoco estuvieron de acuerdo con la represión y la enorme
cantidad de gases lacrimógenos que afectaron a muchísimas
personas, participaran o no en la manifestación, lo que,
en más de un sentido, contribuyó a distraer a la Policía
y a crear el caldo de cultivo para el vandalismo y los
saqueos posteriores. En retrospectiva, muchos de los lamentables
hechos ocurridos pudieron evitarse. Aprendamos la lección
para que la manifestación convocada por las mismas causas,
para la próxima semana, no tenga similares resultados.
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