Panamá, 10 de mayo de 2001
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No más ayer elogiábamos la inmensa manifestación de los españoles contra el terrorismo de ETA por su civismo, ya que, pese a la enorme cantidad de personas que acudieron, no hubo disturbios ni actos de violencia. Cuánto bien le hubiese hecho a la causa contra el alza del pasaje si la marcha de trabajadores y estudiantes hubiese culminado con una clara muestra de que el repudio al aumento era parte de su conciencia cívica. Por el contrario, hemos visto la protesta evolucionar hasta terminar en actos de violencia y de vandalismo, dejando un saldo considerable de heridos. La sucesión de escenas nos ha hecho recordar el saqueo que siguió al ataque militar de Estados Unidos en diciembre de 1989 para derribar al dictador Noriega, demostrando con ello lo frágil del pacto de convivencia sobre el cual descansa la democracia que todavía no terminamos de estrenar. Ninguna de las partes puede aprobar la forma en que degeneró una marcha que se inició de forma pacífica, y no cabe otra cosa que rechazar los actos de violencia que causaron daños a la integridad física y a los bienes de los habitantes de esta ciudad. Pareciera como si la más nefasta ironía se alzara contra nuestra democracia, y el ejercicio de las libertades que ella ampara. Con los sucesos de ayer todos perdemos. El momento requiere cordura y desprendimiento. Que no se nos olvide que ante todo necesitamos preservar la institucionalidad democrática, pues fuera de ella las soluciones que son posibles no son deseables.

 
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