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No más ayer elogiábamos la inmensa manifestación
de los españoles contra el terrorismo de ETA por su civismo,
ya que, pese a la enorme cantidad de personas que acudieron,
no hubo disturbios ni actos de violencia. Cuánto bien
le hubiese hecho a la causa contra el alza del pasaje
si la marcha de trabajadores y estudiantes hubiese culminado
con una clara muestra de que el repudio al aumento era
parte de su conciencia cívica. Por el contrario, hemos
visto la protesta evolucionar hasta terminar en actos
de violencia y de vandalismo, dejando un saldo considerable
de heridos. La sucesión de escenas nos ha hecho recordar
el saqueo que siguió al ataque militar de Estados Unidos
en diciembre de 1989 para derribar al dictador Noriega,
demostrando con ello lo frágil del pacto de convivencia
sobre el cual descansa la democracia que todavía no terminamos
de estrenar. Ninguna de las partes puede aprobar la forma
en que degeneró una marcha que se inició de forma pacífica,
y no cabe otra cosa que rechazar los actos de violencia
que causaron daños a la integridad física y a los bienes
de los habitantes de esta ciudad. Pareciera como si la
más nefasta ironía se alzara contra nuestra democracia,
y el ejercicio de las libertades que ella ampara. Con
los sucesos de ayer todos perdemos. El momento requiere
cordura y desprendimiento. Que no se nos olvide que ante
todo necesitamos preservar la institucionalidad democrática,
pues fuera de ella las soluciones que son posibles no
son deseables.
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