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Almendras
Es imposible subestimar su importancia en la cocina árabe
y medieval europea; por ejemplo, la deliciosa horchata es receta
de esos tiempos
Ana Alfaro
Especial para La Prensa
revista@prensa.com
Lagrimas blancas
El fruto del bello almendro, Prunus amygdalus, tiene un sabor
delicado y es muy versátil, y ha sido cultivado desde tiempos
prehistóricos, siendo California (Estados Unidos), España e Italia
sus principales productores, aunque también se producen en la
mayoría de los otros países bañados por el Mediterráneo, y en
Portugal, Irán, Afganistán y Australia.
La almendra pertenece al mismo genus que el albaricoque, la cereza,
etc., pero se diferencia de estos en que su fruta es dura. No
le va muy bien en climas muy fríos, donde se rehusa contundentemente
a florecer: es hija del sol, lo que demuestra agraciando las primaveras
tropicales y sub-tropicales con sus blancas flores. Después, la
cosecha. Se mecen los árboles hasta que las verdes pepas caigan
sobre grandes lonas tendidas sobre el suelo: las frutas hembras
(de doble pepa) por lo general se usan para confitería, mientras
que los machos, más grandes, se tuestan o salan.
Variedades
Hoy día se cultivan tanto variedades amargas como dulces. Las
de pepa amarga contienen ácido prúsico y son venenosas, pero su
desagradable sabor evita más muertes accidentales de las necesarias,
además de que el calor disipa el amargor y gran parte del veneno,
haciendo posible su uso de varias formas, e.g., extracción de
aceite. Las variedades que se usan en repostería son las dulces,
y la principal distinción comercial entre ellas está en el grosor
de su cáscara:
Entra las favoritas están las de jardín (Jordán) y las de Valencia,
ambas de cáscara semidura, y las californianas Nonpareil y Ne
Plus Ultra, de cáscara delgada. Las variedades italianas son casi
todas de cáscara dura.
Historia
El hombre y el almendro se conocen desde los primeros tiempos:
la versión más antigua que llega a nuestros días sobre el cultivo
de la almendra nos viene, por supuesto, de la Biblia. La vara
de Arón, que milagrosamente produjera flores y frutos, era de
madera de almendro (Números, 17:8). Los griegos antiguos cultivaban
la almendra, y el nombre que le dieron a esta fruta seca, amygdalon,
también se convirtió en el nombre botánico de la especie y ha
trascendido al español “almendra”, el francés amande, inglés almond,
portugués amêndoa, e italiano mandorla.
Sin embargo, los romanos en sí la llamaban nux graeca¸ o nuez
griega. En tiempos antiguos los fenicios introdujeron su cultivo
en España y para el siglo VIII ya se había extendido hasta el
sur de Francia.
La almendra se utilizó de varias formas en la antigüedad: es imposible
subestimar su importancia en la cocina árabe y medieval europea,
en parte como “leche de almendras”, bebida que hasta nuestros
días llega como la deliciosa horchata. También se usaba en el
ubicuo blancmange (no confundir con nuestro manjar blanco), potingue
hecho con almendras, azúcar y carne blanca de ave o pescado; este
plato no podía faltar en ningún festín de importancia, y al menos
un recuento indica que el blancmange se sirvió en la mesa de Beatrice
d'Este, esposa de Ludovico Moro, en la ocasión de su visita a
la ciudad de Venecia.
La glotona Catalina de Médici introdujo la almendra confitada
a Francia, al igual que la costumbre antigua (desde Roma imperial)
de repartir almendras confitadas en bodas, bautizos y grandes
recepciones.
Confites
Los nombres dados a los confites de almendras todos tienen interesantes
historias. Por ejemplo, en Francia es muy conocido el Pierrot,
el payasín vestido de blanco y negro, pero ¿de dónde viene? Durante
el siglo XV, Margarita de Borgoña, al casarse con Guillermo IV
de Hainault, deseó repartir almendras azucaradas al pueblo para
celebrar sus bodas, y pidió a su confitero, Pierre Host, que las
repartiera. Pero como Pierre se había emborrachado, se durmió,
y los niños aprovecharon para arrebatarle las almendras. Margarita,
furiosa, lo humilló públicamente obligándolo a pasearse por todo
el pueblo en un ridículo atuendo blanco: con el tiempo, su nombre
quedó distorsionado en Pierre Bimberlot (un bimberlot es un juguete)
y desde entonces el 4 de agosto se celebra el carnaval de Pierre
Host, en que una marioneta vestida de blanco (el Pierrot) se pasea
entre una lluvia de dulces.
En España, la tradición no es menos. El turrón lo llevaron los
árabes, y desde entonces viene deleitándonos todos los años, especialmente
en Navidad.
Otra receta asociadísima con la almendra es el praliné, que según
algunos inventó un tal Lassagne, oficial de mesa del mariscal
de Plessis, duque de Choiseul-Praslin. Se dice que Lassagne encontró
a unos niños caramelizando almendras robadas en la cocina: transportado
al sitio de los hechos por tan exquisito olor, prometió a los
traviesos no decir nada con tal de que le regalaran parte del
botín ilícito. Perfeccionó la receta y la llevó a la corte de
Luis XIII, donde se le dio el nombre de prasline, en honor al
duque. Otra versión cuenta que un aprendiz torpe dejó caer almendras
en un caramelo hecho con miel de Gatinais. Sea cual fuera la versión
correcta, Lassagne se retiró a Montargis y abrió una confitería,
la Maison de la prasline, que aún sigue en pie.
De sobra está...
Uno de los postres más sabrosos que he comido lo comí en un restaurante
en Miami cuyo nombre no recuerdo. Se hace con las sobras navideñas:
frutas confitadas de las que se usan para el tradicional fruitcake,
un poco de turrón, ron ponche, en fin, lo que tenga a mano. Mezcle
entre dos y tres tasas de helado de vainilla con un poco de turrón
(como un cuarto de taza) machacado, otro tanto de frutas confitadas,
un chorrito de ron ponche o algún licor tipo Cointreau (también
puede usar brandy o ron añejo). Congele en vasitos de cartón (porciones
de media taza) o conos de raspao.
Para servir, licúe un paquete de fresas en almíbar congeladas
(puede “corregir” con un poco de ron y limón), esparza el coulis
de fresas sobre el fondo y desmolde el helado improvisado. ¡Disfrute!
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