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De Washington a Panamá: la escogencia de un embajador
El proceso de selección de los embajadores en Estados Unidos incluye lo que podríamos llamar una fase interna y otra externa
Betty Brannan Jaén
Durante el fin de semana informé que hay tres candidatos para el cargo de embajador estadounidense en Panamá: Charles Shapiro (un diplomático de carrera que estuvo con la Embajada en El Salvador en los años 80), Joseph Cornelison (abogado, ex militar y antiguo subadministrador del Canal) y Raymond Molina (un activista cubano-americano que vive en Panamá).
Al preparar el artículo, me enteré de algo que no sabía sobre el proceso de escogencia de un embajador estadounidense. Según me explicaron los que conocen el sistema, el proceso de selección incluye lo que podríamos llamar una fase interna y otra externa.
En la fase interna, un “Comité D” -compuesto por los diplomáticos de carrera de mayor jerarquía dentro del Departamento de Estado- hace una distribución de los puestos disponibles y envía sus recomendaciones a la Casa Blanca. La fase externa, por decirle así, consiste en que la Casa Blanca decida cuáles cargos diplomáticos serán reservados para nombramientos políticos.
Si no se va a hacer un nombramiento político, lo usual es que la Casa Blanca acate la recomendación recibida del Departamento de Estado (en este caso, Shapiro). En general, los diplomáticos de carrera son personas experimentadas y hábiles, cuyo atributo esencial es tener una visión muy clara de lo que Washington quiere. Los nombramientos políticos, por otro lado, a veces traen sorpresas. Por ejemplo, el último embajador norteamericano durante la dictadura, Arthur Davis, era un hombre sin experiencia diplomática que sorprendió a muchos con un refrescante apego a los valores democráticos, que los previos embajadores estadounidenses habían olvidado (ver In the Time of the Tyrants, por Richard Koster y Guillermo Sánchez Borbón).
Al caer la dictadura, el primer embajador estadounidense en Panamá fue Deane Hinton, un diplomático de carrera que había sido embajador en Afganistán y en El Salvador (donde su actuación ha sido muy criticada). La embajada en Panamá fue su última misión diplomática antes de jubilarse, murmurándose entonces que su misión básica era torcer brazos para hacer que el gobierno de Endara obedeciera las órdenes de Washington. Sus actuaciones hicieron que los panameños lo tildaran abiertamente de “procónsul” y la información que tengo es que el canciller Julio Linares (q.e.p.d.) terminó por no hablarle.
Al retirarse Hinton, Panamá quedó sin embajador norteamericano por bastante tiempo. Primero se rumoró que sería el diplomático de carrera William Walker (otro ex embajador en El Salvador), pero ese nombramiento no se concretó. Como en el caso de Hinton, existía una controversia por la actuación de Walker en El Salvador, particularmente por su manejo del caso de seis jesuitas asesinados en 1989 (se sospechó desde el inicio que el ejército salvadoreño era responsable pero la embajada lo negaba).
El siguiente candidato fue Robert Pastor, autor de una Oda a Omar, a quien le dediqué no menos de 15 columnas en 1995. Los que me leían entonces no necesitan que les recuerde el episodio, mientras que los que no lo hacían no les importará ya esa vieja controversia. Por lo tanto, me limitaré a señalar que el nombramiento de Pastor -un protegido de Jimmy Carter- hubiera sido de tipo político, pero el senador Jesse Helms se opuso ferozmente y logró bloquearlo.
Así, pasamos unos dos años sin embajador estadounidense hasta que finalmente se nombró a William Hughes, un congresista demócrata de Nueva Jersey. Se trataba, evidentemente, de un nombramiento político. Hughes resultó ser un hombre muy amable, quien -según fuentes norteamericanas- aparentemente pensó que su misión primordial era conseguir que el gobierno de Pérez Balladares permitiera una continuación de la presencia de las bases estadounidenses en el Istmo. Algunos afirman que Hughes cortejó desmedidamente al gobierno torista, mientras que otros señalan que para las finales, Pérez Balladares se rehusaba a recibirlo. En todo caso, el embajador que siguió a Hughes fue el abogado Simón Ferro, otro nombramiento político, con lo que llegamos al momento actual. En resumen, en los 11 años de la era posdictadura, hemos tenido tres embajadores estadounidenses: un diplomático de carrera y dos nombramientos políticos.
A la espera del nuevo embajador, los dos candidatos principales -a mi entender- son Charles Shapiro y Joseph Cornelison. La selección entre esos dos dependerá en buena medida de si la Casa Blanca decide nombrar un diplomático de carrera (es decir, Shapiro), o dispone hacer un nombramiento político (que podría ser Cornelison u otra persona). El secretario de Estado, Colin Powell, ha indicado que en términos generales, sus nombramientos darán preferencia a los diplomáticos de carrera. El gobierno de Clinton fue criticado por nombrar más embajadores políticos que en gobiernos anteriores, lo que causó disgusto en el Departamento de Estado. El nuevo gobierno de Bush ha indicado que unos 50 de los 150 embajadores a designarse serán nombramientos políticos. “Estamos buscando personas con altos estándares éticos, que sean buenos comunicadores y que ...piensen en el cargo como una oportunidad para servir con entusiasmo”, dijo una portavoz de la Casa Blanca en marzo.
Pero, ¿qué hay del tercer candidato para la embajada en Panamá, Raymond Molina? Mis fuentes son unánimes en opinar que no tiene oportunidad. Un rastreo computarizado indicó que si Molina no es el más serio de los tres candidatos, sí es el más pintoresco. Según los diarios de Miami, Molina participó en la invasión de la Bahía de los Cochinos de 1961, fue capturado y pasó dos años en las cárceles cubanas. Varios artículos lo describen como empresario de bienes raíces, dirigente de Unidad Cubana y candidato para alcalde de Miami en 1997.
Por otro lado, un cable de UPI de 1984 lo tildó de “supuesto informante de la CIA”; y un artículo del Washington Post en 1988 reportó que unos vendedores de armamentos que querían venderle jets a Irán se pusieron en contacto con Molina porque “pensaban que él tenía vínculos estrechos con la Agencia Central de Inteligencia”. Según el diario, “Molina le dijo a ABC News que rechazó una oferta de cinco millones de dólares para actuar de intermediario, pero le pasó la propuesta a la CIA”.
Más recientemente, artículos de 1998 mencionan a Molina en conexión con un fraude en las elecciones para alcalde. Parece que Molina fue obligado a retirarse de la contienda de 1997 por no cumplir con los requisitos de residencia e hizo alianza con Xavier Suárez; Suárez salió “elegido”, pero perdió el cargo cuando se comprobó el fraude. Cito textualmente de un resumen en el Miami Herald (22 de febrero de 1998): “Testigos dicen que Raymond Molina, antiguo candidato para alcalde que es ahora asesor cercano al Alcalde de Miami, Xavier Suárez, proporcionó dinero en efectivo y personalmente supervisó una operación de compra de votos en la Iglesia Batista de St. John durante la campaña de 1997; Molina dice que él le pagó $150 a Jeffrey Hoskins, arrestado por acusación de comprar votos, para colocar letreros de Suárez y comprarles comida a los trabajadores de la campaña pero [Molina] niega las demás acusaciones”. Me abstengo de comentar.
Corresponsal en Washington
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