Panamá, 9 de mayo de 2001
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En una impresionante manifestación de condena a la violencia, centenares de miles de personas participaron en una marcha encabezada por dirigentes del Gobierno y de la oposición en España. Era, como repetían a coro una y otra vez, un rotundo pronunciamiento “por la libertad y contra el terrorismo” de ETA. No hubo desórdenes, violencia ni disturbios de ninguna naturaleza; como algunos dijeron, era España contra la ETA. No se trata de prejuicios contra los vascos, porque España está acostumbrada a la diversidad de sus nacionalidades y al respeto a su extraordinaria variedad y riqueza de distintas culturas. Es cuestión de defender los derechos humanos, sin los cuales la libertad, la dignidad y la coexistencia pacífica son imposibles. ETA actúa a contrapelo de la historia y por ello sufrirá las consecuencias, aunque no quiera o no sepa entenderlo a tiempo para rectificar. No es cierto, como se dice a menudo, que el fin justifique los medios; más bien son los medios los que condicionan los fines. Esa es la gran verdad que España proclama, y el mundo entero haría muy bien si aprendiera esa lección en todas las regiones que ilusoriamente pretenden dirimir sus conflictos mediante el más incivilizado y contraproducente de todos los métodos: la violencia.

 
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