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En una impresionante manifestación de condena a
la violencia, centenares de miles de personas participaron
en una marcha encabezada por dirigentes del Gobierno y
de la oposición en España. Era, como repetían a coro una
y otra vez, un rotundo pronunciamiento “por la libertad
y contra el terrorismo” de ETA. No hubo desórdenes, violencia
ni disturbios de ninguna naturaleza; como algunos dijeron,
era España contra la ETA. No se trata de prejuicios contra
los vascos, porque España está acostumbrada a la diversidad
de sus nacionalidades y al respeto a su extraordinaria
variedad y riqueza de distintas culturas. Es cuestión
de defender los derechos humanos, sin los cuales la libertad,
la dignidad y la coexistencia pacífica son imposibles.
ETA actúa a contrapelo de la historia y por ello sufrirá
las consecuencias, aunque no quiera o no sepa entenderlo
a tiempo para rectificar. No es cierto, como se dice a
menudo, que el fin justifique los medios; más bien son
los medios los que condicionan los fines. Esa es la gran
verdad que España proclama, y el mundo entero haría muy
bien si aprendiera esa lección en todas las regiones que
ilusoriamente pretenden dirimir sus conflictos mediante
el más incivilizado y contraproducente de todos los métodos:
la violencia.
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