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| Panamá, 4 de mayo de 2001 | ||||||
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En mi intento
por investigar sobre la caricatura panameña, me tropecé
con dos dinosaurios, Lolo Silvera y Wilfi Jiménez, respectivos
abuelo y padre de nuestra caricatura política. El tropezón
fue en la cueva de Lolo, donde vive en un envidiable caos artístico.
Hermosas obras de arte, caricaturas, latas de pintura, pinceles
y recortes de periódicos. Por cierto, un ambiente cálido,
no solo por lo acogedor sino por el calor del carajo que hacía. Así que, más como arqueólogo que como cronista, he armado este informe de la caricatura panameña, escuchando a estos viejos de espíritu joven, que tienen muchas ganas de trabajar, crear y sobre todo hablar al mismo tiempo. Lolo y Wilfi son una extraña mezcla paradójica de amargura y humor. Por eso en este breve encuentro, he gozado y he reído a morir. El abuelo Estás frente al que considero el padre de la caricatura política panameña, dice Wilfi señalando a Lolo. Yo le corrijo: el abuelo, porque el papá eres tú, Wilfi. Lolo me suelta un ok, nieto, y todos reímos. Eudoro Silvera Castillo, de 85 años con apariencia de 70, nació un 7 de mayo de 1916 para ser caricaturista, pintor, retratista, crítico de arte, cantante, músico, arreglista, pianista, traductor, cuentista y chiricano. Todo un renacentista, quiero decir, polifacético. Su recorrido como caricaturista abarca cuatro décadas, desde los años 30, en diarios como El Día, El Panamá América, La Nación, El Informe Diario, La Crítica, pero sobre todo en La Hora, donde aparecen sus soberbios personajes de la fauna nacional que, en buen panameño, critican al juega vivo, al politiquero y al resto de nuestra plaga social. Cuando recuerda que su primera caricatura fue publicada en 1934, Wilfi murmura: yo nací un año antes, en 1933. El papá Alfredo Jiménez Vélez, de 68 años con apariencia de 68 años, sigue el mismo esquema polifacético: es caricaturista, compositor, músico, productor de televisión, periodista, escritor, publicista, realizador de videos musicales y maestro de varios caricaturistas, entre los cuales se incluye este servidor. Nace un 19 de junio, pero de 1933, en Panamá. Desde muy pequeño quedó prendado con toda la parafernalia del intrincado mundo del periodismo, en una familia de poetas, escritores, músicos y, desde luego, periodistas. Se inició como reportero en el diario La Nación, y su primera garza es publicada el 1 de octubre de 1968 en el diario El Mundo. Antes había publicado caricaturas en La Estrella de Panamá, Mundo Gráfico y otros periódicos de esos tiempos. Su Grupo 21 fue el primer programa panameño que se vendió fuera del país, y se le considera el clásico de los programas de buen humor. Pero su fama de humorista se asienta cuando se convierte en experto ornitólogo al crear La Pileta de las Garzas, que aún revolotean por nuestro medio y que se han convertido en un icono del diario La Prensa. Para Lolo, la caricatura es una síntesis gráfica que en pocas o ninguna palabra denuncia, informa, critica un hecho. Al crear su universo de pájaros, Wilfi dio en el clavo de la síntesis caricaturesca, dice. Y no sé por qué, a mí me viene a la mente el mundo de pajaritos de nuestro Pichulo. Wilfi interviene y dice que la caricatura es para mortificar, para que el caricaturizado sufra en carne propia la molestia que pueda estar causando (me imagino lo que será para los funcionarios públicos, a mí que no me venga con sus vainas). Ahí esta la cosa, dice Wilfi, la caricatura es una crítica con mucho humor. Para él, más que sentido de humor hay que tener tolerancia para aceptar la burla que ella encierra. Todos solemos tener buen sentido del humor hasta que la risa es a nuestra costa. El caso RAC Ambos, en el caso de RAC el político contra RAC el caricaturista, se preguntan, ¿dónde quedó el humor, la tolerancia y la inteligencia de parte del caricaturizado?. Yo caricaturizo para no salir a tirar piedras ni balas a la calle; con mi dibujo golpeo más, dice Lolo. Y muy reído agrega: me encantaría darle unas nalgadas a la presidenta, por eso de que qué macho es Bush. Yo voté por ella, pero para mí, es una mezcla de la Madre Teresa de Calcuta con una reina de Belleza. Yo también voté por ella, dice Wilfi. Me parece que como todo, un buen resultado te lo da tu equipo de gente. Cuando voy a producir algo, yo me rodeo de lo mejor para lograr el éxito. Lolo le pregunta a Wilfi: entonces, ¿tú aceptarías un puesto público? Ni corto ni perezoso, Wilfi contesta: déjame con mis dibujitos, uno debe tener conciencia de sus limitaciones, no me veo como funcionario público. Mientras ellos comentan por quién votaron, yo me reservo que también voté por ella. La cueva Aunque me encanta el enredo en que Lolo vive, le pregunto qué le dicen de esta locura de casa. Lolo me responde: un psiquiatra amigo me dijo una vez: this is the real thing. Estoy de acuerdo; ¡esa es la vaina! El espacio de la sala y el comedor está tomado por caballetes, cuadros, un laterío de pinturas, pinceles, brochas, marcos, cartones, y todo lo que uno se pueda imaginar. Una sola y cómoda silla de madera, de esas largas para descansar, y una caja para el teléfono. Luego sigue un pasillo que debe llevar al baño y al dormitorio. Al frente, un balcón que de pronto mete mucha brisa y alivia el calor que en estos tiempos ha estado haciendo. Le pido a Lolo que me haga una caricatura. Mientras dibuja me dice. Vic, ¿sabes por qué Mireya no viaja en el helicóptero de Onnasis?". Ni me imagino, le contesto. Bueno, dice Lolo entre carcajadas, por si lo estrella para cobrar el seguro. De pronto se pone serio, y mientras me entrega la caricatura dice. Ahí le mando un mensaje: ¡Deje de cortar tanta cinta y por Dios, gobierne! El mal humor Según Lolo y Wilfi se está perdiendo el buen humor. Ambos coinciden en que hay mucha improvisación, sobre todo, dice Lolo, en esos programitas de supuesto humor que dan en los canales locales, que dan más ganas de llorar que de reír. Es mal humor, dice Wilfi. No hay doble sentido ni picardía sino groserías y vulgaridades. Falta de cultura, dice Lolo. No hay gracia sino desgracia, añade Wifi. Lolo y Wilfi son como dos viejos ermitaños, callados hasta que les dan cuerda. Entonces no paran de hablar. Pero tengo que ponerle punto final a esta sabrosa conversa con estos dos maestros que nos han abierto la trocha de la caricatura panameña. ¡Y por ella andamos! |
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