Panamá, 4 de mayo de 2001
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Pintores callejeros

Son artistas que convierten los espacios públicos en sitios para rendirle un merecido culto al arte

Errol E. Caballero
ecaballero@prensa.com

Jorge Dunn aparece repentinamente del interior de la Farmacia Arrocha de Paitilla, con una caja de pasteles y una barra de chocolate en la mano: su herramienta de trabajo y su almuerzo, respectivamente. Durante su corta ausencia, algunos curiosos se han acercado a apreciar sus lienzos.

“Les tengo una oferta irresistible: tres por el precio de uno”, les espeta Dunn, quien ansía realizar por lo menos una venta en el día, ya que confiesa que este año no ha sido el mejor de su vida artística. El pintor atribuye la escasa venta de sus cuadros a la merma general que sufre la economía panameña.

Con más de 50 años de carrera plástica, Dunn es un pintor absolutamente consagrado a su arte, el cual representa la única forma de subsistencia tanto para él como para su esposa e hijos.

Autodidacto orgulloso, a Dunn no le perturba que cientos de personas que transitan diariamente por su área de trabajo lo observen mientas trabaja en su “minitaller”, ubicado en la entrada de la Farmacia Arrocha de Paitilla, su lugar oficial de trabajo por 20 años.

Sus temas pictóricos se relacionan con el folclor, aunque abundan también las tinajas, y uno que otro paisaje impresionista. El artista define su estilo como “académico”.

Experiencia y maestría

Otro artífice que intenta usufructuar la afluencia de público en los centros comerciales es Martín Jaramillo, retratista profesional que con destreza y concentración atrae la atención de los transeúntes.

Carboncillo, pastel y óleo son las tres técnicas que Jaramillo domina con palmaria maestría. Aunque también trabaja paisajes, su especialidad es el dibujo del rostro humano, siendo capaz de retratar a una persona en una media hora. “Cuando uno aprende a dibujar el rostro humano, es capaz de pintar cualquier cosa”, comenta el artista.

El pintor mantiene un puesto permanente en una esquina del centro comercial El Dorado, el cual comparte con un asistente. Cada vez que sus labores de profesor de pintura se lo permiten, Jaramillo visita el centro comercial.

En su opinión, los meses de noviembre y diciembre son los mejores para la venta de retratos, por ser una época en la que los almacenes se atiborran de compradores potenciales.

Por otro lado, su talento como retratista y fotógrafo no pasó desapercibido para los militares del extinto Comando Sur, para quienes trabajó durante varios años realizando desde retratos hasta afiches publicitarios.

Al contrario de Dunn, Jaramillo dista mucho de ser autodidacto. Hizo sus primeros pininos pictóricos a la edad de cinco años, empezando a dibujar profesionalmente a los 13 años.

Por más de cinco años estudió anatomía y retrato en España. Después su afición al retrato lo llevaría a Holanda y México. Hoy en día tiene 33 años de experiencia profesional.

El retrato le permite mantener una relación más directa con el público, al contrario de otras disciplinas pictóricas. Eso sí, este oficio requiere de una dedicación mayor: hasta nueve horas diarias frente a los lienzos.

Está convencido de la necesidad de que el artista panameño reciba más apoyo por parte del Gobierno, como sucede en países europeos donde la actividad artística está subvencionada por el Estado.

Galerías al aire libre

Errol E. Caballero
ecaballero@prensa.com

Intermitentes gotas de lluvia anuncian la proximidad del aguacero. Nubarrones de tormenta se apiñan frente al litoral. Ricardo Herrarte recoge apresuradamente sus pinturas, las cuales ha pegado con cinta adhesiva en una de las bancas del parque de la Plaza de Francia, y corre a refugiarse bajo el monumento dedicado a los constructores del Canal Francés.

“Hay que aprovechar el verano al máximo, ya que es la temporada en que pasan más turistas”, señala el pintor, quien utiliza el seudónimo de Brahms para rubricar sus trabajos.

Herrarte vende sus viñetas de los diferentes monumentos del área capitalina a cinco dólares cada una. El artista ha retratado lugares tan emblemáticos de la era colonial como la Casa Miller, la Plaza de Francia, e incluso la Torre de Panamá Viejo.

Un estático calor baña la plaza. El mutismo de los cielos teñidos de gris absorbe al caminante. El pintor espera que el vendaval mengüe para salir a vender sus modestos cuadros llenos de colorido.

Otro desconocido talento que también frecuenta la Plaza de Francia con la esperanza de vender sus obras es Agustín Herrera. El artista visita la plaza, por lo menos una vez a la semana, cuando sus estudios en la escuela de artes plásticas de la Universidad de Panamá así se lo permiten, y mantiene una férrea disciplina de trabajo, levantándose todos los días a las 2:00 de la mañana para empuñar el pincel.

En la obra de Herrera predomina el pastel, aunque también trabaja con la acuarela. Al igual que Herrarte, su repertorio está compuesto principalmente por viñetas de los principales atractivos turísticos del Casco Viejo.

En el caso de Herrera, la temática de sus cuadros está, en cierta forma, dictada por la demanda, ya que la mayoría de su clientela está compuesta por turistas.

La pintura para Herrera representa su único medio de subsistencia, ya que es una actividad a la que se dedica a tiempo completo. Considera imperativo un mayor apoyo de entes gubernamentales como el Instituto Nacional de Cultura (INAC) y el Instituto Panameño de Turismo (IPAT) para promover la creación de “galerías al aire libre” en las plazas y en los parques de la capital, de tal manera que se cree una especie de vitrina en la que el arte autóctono pueda ser expuesto ante el público nacional y extranjero.

Aunque en los últimos años el pintor ha notado un incremento en la afluencia de visitantes extranjeros por esta zona, este hecho no se ha traducido en un mayor índice de venta. La mayoría de los turistas curiosea escépticamente los cuadros, siendo espantados por un fogonazo repentino de sol tropical que rompe la cerrazón del cielo.

Herrera, sin embargo, se mantiene absorto en su trabajo, sentado en una banca situada bajo la fresca sombra de un árbol, sin dejarse perturbar por la falta de compradores.


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